La ópera prima del hoy celebrado director japonés estrenada en 1995 permite advertir algunas claves de su notable filmografía.
Por Lautaro Romani
La obra del director japonés Hirokazu Koreeda ha mantenido a lo largo del tiempo y en líneas generales una continuidad temática vinculada al ambiente familiar y las interacciones que se establecen entre los diferentes integrantes de un núcleo, cuestión que excede la relación únicamente sanguínea. El culmen de su narrativa cinematográfica a nivel global se dio en 2018 con la Palma de Oro del Festival de Cannes para su película Somos una familia.
Estas temáticas ya se vislumbraban, de forma incipiente, en su ópera prima Maborosi (1995), ya que, si bien las relaciones familiares y matrimoniales tienen un rol relevante en la historia que nos cuenta, el foco principal de conflicto es ese supuesto básico de la existencia como es la muerte. En ese sentido, la película se encuentra más emparentada con su segundo largometraje After Life: la vida después de la muerte (1998) con quien comparte el tratamiento de la muerte, aunque esta última lo aborde desde una perspectiva que integra la fantasía como elemento fundamental.
Maborisi está basada en la novela del escritor Teru Miyamoto y con guion de Yoshihisa Ogita. Luego de esta primera incursión en la dirección de largometrajes de ficción, Koreeda escribirá, casi siempre, los guiones de sus películas. La protagonista del film, Yumiko (Makiko Esumi), es en quien se concentra todo el relato, ya que los otros personajes que aparecen giran en torno a su figura y a cómo la influyen. Vemos pasar un fragmento de la vida con ella, pero no existen recursos como la voz en off o un narrador que nos cuente exactamente qué es lo que se encuentra pensando o sintiendo. Podemos intuirlo, sabemos por dónde pasa el conflicto puntual, pero nunca podemos estar seguros de qué es lo que ella piensa. Con esa ambigüedad y falta de certezas, Yumiko se enfrenta a una dolorosa perdida. Acompañamos el viaje de la protagonista en un ambiente contemplativo y contextualizado en una suerte de poesía de la vida cotidiana. Esta forma de narrar visualmente muestra la fuerte influencia de los directores Yasujiro Ozu y Mikio Naruse en el trabajo de Koreeda, de quienes toma tanto elementos visuales como narrativos. Para destacar la dirección de fotografía de Masao Nakabori –quien ya fotografiara Mujo (1970), de Akio Jissoji- quien logra que cada plano sea como una pintura que acompaña los momentos trascendentes y ordinarios de la vida, los cuales suelen tener una distancia cualitativa muy corta, dependiendo del ojo que mira.
La película nos revela pinceladas indirectas acerca del tratamiento que hace la cultura japonesa sobre la pérdida y lo que sobreviene a la misma. Pareciera haber un cierto pragmatismo a la hora de abordar estas cuestiones, donde el tiempo lógico para metabolizar o transformar cuestiones vinculadas a lo doloroso de un duelo choca con ciertas necesidades imperiosas por parte de familiares y vecinos de rearmar una vida, según una visión propia externa que no consulta a la persona que ha sufrido esta perdida. Yumiko parece sumida en un letargo pasivo durante una parte de los sucesos, pero este letargo se ve alterado por un cambio de contexto, de un lugar físico, donde comienza a tener momentos de felicidad, los cuales son eso justamente: solo momentos.
Los duelos suelen producir grandes transformaciones subjetivas y Hirokazu Koreeda podría haber caído en cuestiones propias del género melodramático con esta historia, pero esquiva esos lugares donde se dice mucho para explicar lo que se siente. La protagonista habla muy poco durante todo el metraje, pero sus silencios también nos hablan. Son silencios mientras la protagonista pasea sola o, también, silencios en compañía de otras personas.
Hay un momento del film donde ella logra poner en palabras, simbolizar la pregunta que la apremia, la pregunta que no tiene respuesta ni sentido. Solo las personas podemos encontrar o construir un sentido donde no lo hay y es a través de este otorgamiento de sentido que nos enfrentamos a la muerte. La libertad nos permite esto último, comprender que no todo tiene una explicación racional. De esta forma, Yumiko encuentra su respuesta. O no.




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