El nuevo trabajo del prolífico cineasta narra las desventuras de una joven que subsiste y resiste como puede en la precariedad del conurbano bonaerense.
Por Joaquín Lefiman Luna
Hoy la vida para una trabajadora se puede sentir como una fría cuenta regresiva, no mucho más. En la que para sobrevivir es posible perder la moral, perder amistades, rendirse ante pulsiones insanas. Todo sea por resistir o encajar ante diferentes exigencias institucionales. Y, al final, nada parece salvarnos.
Eso se puede sentir en la nueva película de César González o, al menos, lo podemos sentir quienes sufrimos cierta precariedad. El reloj, las alarmas, presionan. Mientras, el tiempo desparrama frustraciones y la rutina es tan mecánica como la maquinaria de cualquier fábrica. Justamente, la película inicia con el registro de imágenes de una producción fabril y sigue con una alarma que inicia la rutina de la joven de Villa Domínico, protagonizada por Nadine Cifre. Tales decisiones y la forma particular de darle una estética a la alienación, a la angustia, y al desánimo recuerda a otros registros de vidas de trabajadoras. Aki Kaurismäki lo hizo en La chica de la fábrica de fósforos (1990), en la que un ambiente deshumanizante también lleva a la protagonista a tomar decisiones polémicas, y Marin Karmitz hizo lo propio en Golpe por golpe (1972), donde la sonoridad apabullante de las máquinas es determinante para causar que trabajadoras tomen una fábrica textil.
El retrato de la precarización que hace González es pertinente a esta contemporaneidad incierta. Movimientos de cámara inquietantes, cierta desprolijidad visual y la distorsión de sonidos, decisiones que son recurrentes en su cine. Si bien en su último trabajo, La nobleza del vidrio (2021), había una búsqueda más experimental y sensorial, su cinematografía siempre está puesta para representar a sectores populares desde las bases. Al correrse del discurso y las representaciones neoliberales de la marginalidad, González logra un trabajo sincero, en constante experimentación y de importancia social, al mismo tiempo que logra un enfoque muy personal y particular.
Difícilmente alguien que vea Reloj, soledad quede indiferente. El director busca no dejarnos indiferentes. Su cámara nos advierte y sugiere a qué prestarle atención. Cuando aparece en pantalla un trabajador de plataformas digitales, la imagen se ralentiza y el sonido se distorsiona. Tenemos que detenernos ahí. Estar alerta a ese nuevo eslabón de una cadena de precarización laboral que solo parece extenderse.
La banda sonora, por momentos brutal, acompaña momentos significativos. Como esa decisión clave de la protagonista que podemos entender como una acción de rebelión, como un impulso desesperado ante necesidades o como mera corrupción del espíritu “ejemplar”. Tras su experiencia de vida, González nos provoca y nos presenta una mujer del conurbano bonaerense con las contradicciones, necesidades y problemas que puede tener cualquiera y que algunos buscaremos comprender y otros nada más que juzgar.




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