Festival de Mar del Plata 2021: Crítica de “Re Granchio”, de Alessio Rigo de Righi y Matteo Zoppis (Comp. Internacional)

Tras su estreno en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes, se exhibió en la muestra marplatense esta bella y enigmática fábula que transcurre entre Italia y Tierra del Fuego.


Por Felipe Gorjón

Luciano es un borracho, un rebelde, un enigma. Aunque su definición más exacta es la que da el príncipe; “es un fantasma”. Luciano es un fantasma porque no le rinde cuentas a nadie más que a él mismo, porque está a la deriva; pero esencialmente es un fantasma porque su presencia existe únicamente a través del relato. Sea este verbal, cantado o a través del cine.

Es un fantasma porque, como lo indica el primer plano del film, una mano que no pertenece a nadie se sumerge en el agua para desenterrar de ella un tesoro un tanto herrumbrado y una vez obtenido, la mano sin dueño tiene ahora un propietario que no es visto en primer plano sino reflejado en el agua. Luciano podrá ser de carne y hueso, pero su existencia es un reflejo de las imágenes que se muestran en el film y de las palabras que cantan y pronuncian los ancianos a la hora de recordarlo. Es un fantasma, porque deambula en el mundo de los vivos, es decir, la Italia del siglo XIX, llena de vida, tesoros y amores. Pero también en el mundo de los muertos, esa Tierra del Fuego, árida, seca, inhóspita y fría.

Pero, como dije antes, Luciano es a su vez un rebelde, por eso es que se niega a perecer y es en las mismas orillas donde muere donde también revive y renace. Porque luego Luciano es exiliado y su lugar corresponde en el fin del mundo.

Luciano no tiene una vida, sino dos y es por eso que el film se divide en dos partes. Luego de su exilio, aquellos quienes narraban su vida dejan de saber qué le deparó el destino a su protagonista. Porque, además, el hombre al llegar a nuestro continente pierde o mejor dicho cambia su nombre pero no su propósito, Luciano no es más Luciano, es ahora Antonio, un cura en buscas de riquezas, pero también en busca de su vuelta a casa y de una redención.

No es inocente que aquello que le marca el camino al tesoro a nuestro protagonista sea un cangrejo, porque en una historia que va hacia el pasado y con un protagonista cuyo propósito es poder volver a casa, el animal predilecto debía ser aquel que camina (o que parece caminar) hacia atrás, o en todo caso que busca, como en esta historia, el camino que lo lleve de nuevo a su hogar.

Es por esto que Luciano termina en una laguna iluminada por los estrechos rayos del sol que cubren de dorado el agua, tal como sucedía al inicio del film. En esa laguna, encuentra el mismo objeto dorado que descubrió al principio y que luego fue obsequiado a su amante a quien él (aunque por error) asesina, debido a que se rebela contra su gobernante.

La historia de Luciano es del orden de lo trágico, como no podía ser de otra forma, porque aquellos que perduran en el tiempo, que tienen su relato y que van de boca en boca no son por perfectos e impolutos, sino por enigmáticos, problemáticos e imperfectos. Porque el fantasma de esta historia no anda de manera fantasmagórica, ni deja de tener cuerpo; a Luciano le corresponde la cualidad de fantasma porque quienes narran, no lo vieron, quienes luego lo conocieron en Argentina, no sabían quién era realmente y porque, ante todas las cosas, Luciano es una leyenda, su existencia puede ser o no real, lo cierto es que esto no importa porque una leyenda se mantiene viva mientras sea contada, como es el caso de este personaje que es inmortalizado por el cine.

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