Crítica de «Otra ronda», de Thomas Vinterberg, con Mads Mikkelsen: La vida es sueño

Un análisis del más reciente trabajo del director de «La celebración», ganador del premio a Mejor Película Internacional en la última edición de los Oscar.


Por Nicolás Barak

“¿Qué es la juventud? Un sueño. ¿Qué es el amor? El contenido del sueño” – Søren Kierkegaard


Desde los primeros segundos de Otra ronda (Druk/ 2020), Thomas Vinterberg demuestra que sabe muy bien lo que quiere contar. Tenemos una pantalla en negro, pasan los logos de las productoras y aparece esa frase del filósofo danés. La mención no es ni fortuita, ni gratuita, ya que entendiendo los orígenes del director con el movimiento de Dogma 95, resulta interesante que lo primero que veamos no sea una imagen.

Cuando Kierkegaard dice que la juventud y el amor son meramente un sueño podríamos entonces entender que todo lo que vivimos en nuestra infancia y adolescencia fue una mentira. Que no existe tal felicidad ni trabajo soñado y que la vida debe ser aburrida, monótona y chata. Luego de ese texto la película corta a unos jóvenes alcoholizados bailando y disfrutando de la vida, recién recibidos de la escuela. Básicamente, da inicio a esta mentira.

Martin, el protagonista de la película interpretado por un excelente Mads Mikkelsen, comienza el film muy lejos de este sueño adolescente. Es profesor de una escuela secundaria, pero sus alumnos no le prestan mucha atención ni le tienen respeto alguno. A la vez, su relación con la familia no puede ser peor. Su esposa le dice, literalmente, que se convirtió en una persona aburrida, y sus hijos no demuestran ni cariño ni interés.

Pero en un momento el protagonista tiene una reunión con sus colegas y amigos del colegio. Los otros profesores, que tampoco parecerían estar muy felices con su situación, están también ansiosos por vivir el sueño adolescente. De enamorarse con toda pasión, de vivir la vida con plenitud y ser felices en la mayoría de su existencia. Pero muchos de ellos están casados, tienen hijos y su vida es muy distinta a lo que pensaban. Dentro de esa reunión, comienza el proyecto que funciona como disparador del film. Hablan de una teoría que plantea que el ser humano tiene un déficit de alcohol en sangre y su funcionamiento más optimo se encontraría con un 0,05% de alcohol adicionado.

El alcohol, que obviamente se roba muchas de las escenas del film, se convierte a partir de ese momento en un símbolo del retorno a la promesa incumplida. Todo lo que ellos pensaban que era la vida en su juventud se materializa con la bebida. Los profesores deciden comenzar a tomar alcohol en la escuela para poder dar las clases con el nivel en sangre adecuado, y esto no para de dar resultados positivos. Tommy, el profesor de educación física excelentemente interpretado por Thomas Bo Larsen, logra que hasta sus alumnos más tímidos jueguen bien y se diviertan. Martin, por otro lado, no solo se gana el respeto de sus alumnos, sino que hasta logra que se interesen y se apasionen por la materia. La relación con su familia mejora y su esposa no parecería poder ser más feliz. Al menos eso es lo que vemos en la película. Pero recordemos que Vinterberg desde un primer momento nos comentó que viene a contarnos un sueño. Algo que no existe.

El alcohol, que distorsiona realidades desde el momento que ingresa en el cuerpo de los personajes, oculta y maquilla las falencias de los mismos. Porque si hay algo que Otra ronda tiene son personajes equivocados y que no tienen un porqué. Martin es un personaje dubitativo, que nunca está seguro de lo que hace y siempre termina tomando la decisión errónea. Los primerísimos primeros planos que vemos en el film son la precisa demostración de esta duda.

Fiel a su estilo proveniente del Dogma, el director nos muestra a sus personajes con cámaras sucias, temblorosas e indecisas. En una multitud de ocasiones vemos al personaje de Martin con la mirada perdida mientras sus amigos hablan. Lo que para cualquier otro director promedio sería una conversación de plano y contraplano, con personajes que hablan y otros que escuchan, para Vinterberg es una oportunidad de narrar. Y lo que narra es justamente eso: la duda, la falencia.

Estas equivocaciones generarán distintos resultados a los personajes. Algunos de ellos tendrán tragedias menores, solucionables y que funcionarán como alarma para entender cómo estaban atravesando su vida previa y qué quieren vivir en el futuro. Otros personajes serán víctimas de tragedias absolutas, que en su misma condición de irresolubles esconderán las consecuencias de sus actos. Aun así, no hay ningún mensaje aleccionador en la película. Las cosas pasan y el espectador las ve, siendo prácticamente igual de responsables que los personajes.

Y es en la última secuencia de Otra ronda, la que más ruido hizo en redes sociales sociales y se robó toda la atención del film, donde está la esencia de esta historia. Porque sí, la promesa de una juventud puede ser un sueño. El amor puede ser el contenido del mismo. Pero eso no significa bajo ninguna cuestión que es una mentira. Aun en las peores situaciones, los sueños según Vinterberg merecen la pena ser soñados.



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