Crítica de “Adiós a la memoria”, de Nicolás Prividera: La imagen como resistencia

Una mirada íntima a una película en la que el director de «M» y «Tierra de los padres» se enfrenta a las imágenes, los recuerdos y la progresiva degradación de su propio padre.


Por Sofía Castro De Vito

-¿Marta Sierra era mi hermana?

-Tu esposa.

Este texto, mas que una crítica o una reseña, es un intento de transmitir las sensaciones que tuve al ver esta película.

Trabajar con archivo familiar es, desde mi experiencia, complicado y requiere mucha constancia puesto que es difícil encontrar un puerto; es común que une se pierda en la marea de material y entonces el proceso de selección se vuelva tedioso y se corra el riesgo de abandonar el viaje; sumado que al bucear en los archivos de nuestras raíces vamos a encontrarnos con silencios y dolores.

Por eso, quiero destacar que en Adiós a la memoria el guión y el montaje son impecables y nos introducen en esta historia tan íntima y propia sobre la vida de Nicolás Prividera. Durante 90 minutos vemos filmaciones en súper 8 hechas por su padre junto con grabaciones del director creadas con un celular mientras lo escuchamos narrar sus sentipensares sobre las situaciones que la vida le ha presentado: la relación con su padre, el olvido, y una madre desaparecida en dictadura. El formato del film, imágenes transcurriendo y una voz en off, me recordó a News From Home (1977), de Chantal Akerman.

A medida que pasaba el tiempo me iba apropiando cada vez más de esta historia, me conmoví como si fuera la mía, y me remito a algo que dice Nicolás en la narración: todas las películas familiares se parecen. Lo individual y lo colectivo se retroalimentan e influyen mutuamente, la historia argentina es la historia de todas las familias que habitan estas tierras. En un país atravesado por políticas que tanto daño y dolor nos han causado siempre se encuentra la forma de que ciertas figuras nos devuelvan la esperanza, como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

Michel Houellebecq en La posibilidad de una isla (de mis libros preferidos), habla sobre un futuro distópico en el que ya no existen humanes y nada queda de las tecnologías digitales; en cambio, las viejas cámaras analógicas son de los pocos rastros de humanidad que perduraron. Hay una escena que me recuerda mucho a lo que Houellebecq cuenta en el libro: cuando el padre sostiene su antigua súper 8 y manifiesta no recordar nada sobre su funcionamiento. Él ha envejecido, la cámara sigue intacta y probablemente lo sobreviva.

Y para cerrar dejo la reflexión final de Prividera: “Sobrevivirán las imágenes que puedan encender esa chispa. Acaso las que su padre filmó sin plan persistan como lo han hecho ya por 50 años, mientras que las que el hijo ha construido en una película a partir de ellas acaben desapareciendo en un abrir y cerrar de ojos gracias a la fragilidad de la memoria en la era digital”.



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