Dos miradas con algunos elementos en común pero bastante opuestas entre sí a este thriller en el que Odenkirk (Better Call Saul) sorprende como héroe de acción.
Nobody (Estados Unidos/2021), de Ilya Naishuller. Guion: Derek Kolstad. Elenco: Bob Odenkirk, Connie Nielsen, Aleksey Serebryakov. Duración: 92 minutos.
Crítica 1
Por Damián Pettinari
Salir a correr, tomar un café esperando el colectivo, marcar tarjeta en el trabajo, escribir en una planilla de Excel, volver a casa al anochecer, acostarse en la cama al lado de una esposa que ya duerme y al otro día correr inútilmente el camión de la basura para que el ciclo vuelva a empezar. Mediante la yuxtaposición repetitiva de imágenes y sonidos se presenta al personaje. Su vida rutinaria e infeliz parece reducirse a esos múltiples cortes llenos de velocidad y dinamismo. Es la “estética del parpadeo”, como se titulaba un artículo escrito por Ricardo McAllister, citado por Néstor García Canclini en Culturas Híbridas, donde seguidamente el antropólogo afirmaba: “Para ser un buen espectador hay que abandonarse al ritmo, gozar las visiones efímeras. Aún los videoclips que presentan un relato lo subestiman o ironizan mediante montajes paródicos y aceleraciones intempestivas.” Ilya Naishuller el director, oriundo de Moscú, además de cineasta es músico y dirigió mayormente videoclips.
Su anterior largometraje Hardcore Henry (coproducción entre Rusia China y los Estados Unidos de 2015), también es una película vertiginosa, filmada casi enteramente en primera persona. Se asemeja a un videojuego Role-Playing Shooter (juegos de rol de acción que utilizan una mecánica de tirador para el combate en tiempo real). Más allá de la destreza técnica que implica filmar de ese modo, la película carece de una estructura narrativa sólida, lo que causa que promediando la historia poco nos importe la suerte que corre el tiratiros ciborg en el que nos encontramos atrapados. Es más, dan ganas de que un game over nos rescate antes del final.
La trama de Nobody se asemeja a la de Una historia violenta, aquel excelente thriller dirigido por David Cronenberg en 2005. En ambas la violencia irrumpe en el seno familiar. En Nobody un robo desencadena una serie de situaciones inverosímiles que van in crescendo hasta provocar una guerra total con la mafia rusa. ¿Estamos frente a una autoparodia? Si lo es, no queda claro.
Pero la similitud se reduce solo al velo de normalidad bajo el cual el personaje principal oculta su pasado. En la película de Cronenberg los personajes están bien delineados y sus relaciones constituyen un arco narrativo que está listo para romperse violentamente al llegar a la media hora, cuando implosiona la trama. En la película de Ilya Naishuller, en cambio, los personajes son cáscaras vacías.
Hutch Mansell es interpretado por Bob Odenkirk, aquél abogado chanta y carismático de Breaking Bad y Better Call Saul, quien con una actuación sobria sostiene un personaje que carece de matices, tan hueco como el resto. Christopher Lloyd, el Doc Emmett Brown de Volver al futuro, personifica al padre de Mansell, en un papel que es casi una caricatura. Los roles femeninos son accesorios, mujeres pasivas frente a la acción, como la esposa interpretada por Connie Nielsen, que es encerrada en un sótano después de recibir un beso del hombre protector. El guión está a cargo de Derek Kolstad, la pluma detrás de la saga de John Wick.
Las escenas de acción en Una historia violenta se desencadenan abruptamente, son veloces, brutalmente secas, como es la violencia en la vida real. Las coreográficas escenas de Nobody, en cambio, se anuncian soberbias pero carecen de impacto. Es la violencia apta para todo público que no deja que el helado se derrita.
La historia fluye gracias a un buen trabajo de montaje. La música, otro acierto, logra dotar de cierta épica a las escenas. El soundtrack incluye canciones como I’ve Gotta Be Me, de Steve Lawrence; What a Wonderful World, de Louis Armstrong; y The Impossible Dream, de Andy Williams.
Promediando la película Hutch Mansell le dice a su mujer: “¿Recuerdas lo que solíamos ser?… yo sí”. Si bien habla de su pareja en crisis, esa frase puede ser reveladora, no solo su pareja está en crisis, todo su ser está en crisis.
El filósofo político Carl Schmitt afirma en Teoría del partisano: “El enemigo significa el cuestionamiento de nosotros como figuras […]. Por esta razón debo contender con él durante una lucha para conquistar la medida de mí mismo, mi propio límite, mi figura.” La película juega con la palabra nadie, un don nadie es una persona de poco valor. Sumida en la frustración, la clase media blanca busca enemigos para reafirmarse a sí misma y al parecer solo encuentra satisfacción construyendo un imaginario de violencia donde la salida consiste en exterminar al otro, en este caso representado por delincuentes latinos y mafiosos rusos. La película al menos es honesta, glorifica la violencia sin ningún pudor.
Mansell seguramente votó a Trump, es la pesadilla americana.
Crítica 2
Por Axel Bosso
Al ver la primera escena, ya sabemos cómo concluirá el film. El protagonista, sumamente deteriorado y vapuleado, es interrogado acerca de un hecho anterior, aún desconocido para quien observa. Esto nos da la pauta de estar frente a otra producción de acción convencional en la cual experimentaremos cómo este sujeto llegó a una posible situación de encierro, gracias a delirios de venganza y tener uno o más días de furia. Efectivamente, eso es lo que ocurre. No obstante, ya en cómo se presenta a nuestro supuesto hombre indestructible podemos notar algunas particularidades. Unos planos inesperados a la hora de mostrar diferentes partes de su rostridad, una atención al detalle en cada objeto que manipula, un gato saliendo de su atuendo, el cual será alimentado con una lata de atún también salida del mismo. Aquí hay algo más.
El miedo de haber sobre-interpretado algo en estos segundos iniciales se disipa inmediatamente al pasar a la siguiente escena. En la misma volvemos a ver a Hutch Mansell, nuestra suerte de John Wick pero más terrenal y ordinario, esta vez en un montaje de una semana típica de su vida cotidiana. Las escenas duran apenas segundos, con situaciones que se repiten (como preparar el desayuno, la monotonía en un empleo precario, el dormir en una cama con un muro de almohadones separando al matrimonio) en una secuencia que bien podría englobarse en una sola idea: es totalmente esperable sentirse alienado y embroncado bajo la vía de nuestro sistema occidental. Es un montaje fascinante, con una dirección exquisita y un sentido del humor completamente sobrio y efectivo. Al mismo tiempo, nos dice casi todo lo que necesitamos saber de este llamativo personaje.
Dicho personaje, encarnado por Bob Odenkirk, tiene un pasado más grande de lo que se observa a simple vista y que iremos desmenuzando con el correr de la película. Aunque no del todo, para mantener el asunto interesante. Odenkirk ya demostró ser un maestro comediante y dramático con décadas de sitcoms estadounidenses encima, pero quizás más consagrado recientemente con su mítico rol de Saul Goodman en las series Breaking Bad (2009) y Better Call Saul (2015). Ahora también nos explica que puede ser un miserable señor propenso a los golpes bajos, compasivo con ladrones inexpertos y una estrella de acción en simultáneo. Lo anterior queda cementado en una escena dentro de un colectivo, que presenta un tono absurdo, un ambiente íntimo, interacciones hilarantes, un aprovechamiento del entorno sublime y, por sobre todas las cosas, la utilización de planos que permiten entender (y disfrutar) cada mísero detalle de lo que está ocurriendo en todo momento. Es una de las escenas de acción más originales y mejor logradas de la última década, sin lugar a dudas.
Más allá de que lamentablemente se pierde un poco de la frescura y se encuentran lugares comunes en algunos de los sucesivos enfrentamientos, como la ¿infaltable? y algo insulsa persecución automovilística, todo se siente bombástico y adrenalínico, gracias a la mano del director Ilya Naishuller. La mente detrás de Hardcore Henry (2015), aquel alocado experimento que buscó llevar la experiencia de los videojuegos en primera persona al celuloide, se preocupa por tejer con precisión cada toma y captura de estas peleas desquiciadas. Siempre el foco donde tiene que estar, con un trabajo auditivo que acompaña al escuchar cada bala de manera cristalina. Abusa de técnicas como el slow-motion hasta quitarle su gracia, pero también encuentra nuevas formas delirantes de mantener entretenidas estas “guerras” de uno contra el mundo. Por otro lado, y afortunadamente, Nobody no es escrita por Naishuller sino por Derek Kolstad, quien mantiene el relato simple, con los pies sobre la tierra, evitando la extravagancia y complejidad innecesaria del film antes nombrado.
Las similitudes con una de las grandes figuras de acción contemporáneas encarnada por Keanu Reeves (John Wick, 2014), como ya se ha hecho alusión, son evidentes. Ambos comparten organizaciones secretas, aliados de larga historia, conflictos contra mafias intercontinentales, villanos caricaturescos y expertos en combate cuerpo a cuerpo o con un variado arsenal. Aún así, sus sutiles diferencias son todo. Lo que distingue a Nobody es lo más cercano a lo real que se siente, sin tanta sofisticación, lujo y universo expandido. Las batallas son a menor escala y también hay un pequeño drama familiar encabezado por decepcionar a un hijo y sentirse distanciado sexo-afectivamente de la pareja que atraviezan a nuestro personaje, lo cual lo vuelve menos idealizado y más palpable.
“Life is a bitch” (“La vida es una perra”), de Luther Allison, suena en cierta escena para terminar de recordarnos lo infeliz y frustrante que puede ser un “nadie” como el protagonista. Asimismo, contradictoriamente, un nadie puede ser alguien tan especial y espectacular como Hutch Mansell. Una nueva figura del género que puede pararse, sin vergüenza, al lado de mitos como John McClane, Bryan Mills, Jason Bourne y tantos otros.




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