Análisis de la última película de Naruse (1905-1969), uno de los directores más valiosos de la historia del cine japonés.
Por Gastón Navarro
Nubes dispersas (Midaregumo, Japón/1967). Dirección. Mikio Naruse. Duración: 108 minutos.
Cuando se dice que el número de películas a ver es casi infinito, se puede estar hablando del cine en general o específicamente del japonés, ese que desde los primeros trabajos famosos realizados hace ya cien años atras (por ejemplo Jiraiya el héroe, de 1921) hasta hoy en día, no ha parado de sacar films que abarcan todos los géneros y temáticas, a tal punto que es prácticamente imposible estar al día incluso con alguno de estos géneros en particular. Por supuesto, no todo es de la mejor calidad, pero si hay una época en donde la mayoría de los trabajos eran extremadamente buenos (muchos de ellos considerados a estas alturas como indispensables), esa es la del llamado «cine japonés clásico».
Probablemente el primer nombre que se venga a la mente cuando se habla de este periodo sea el de Akira Kurosawa, tal vez el más reconocido fuera del continente asiático y que junto a Yasujirō Ozu y Kenji Mizoguchi componen la tríada japonesa por excelencia en cuanto a cine nos referimos, un término tan cierto como injusto, porque a lo largo de las décadas hubo nombres con igual o más peso pero menos reconocimiento del debido fuera del continente, tales como Shohei Imamura, Nagisa Ōshima o Mikio Naruse. En este último vamos a concentrarnos.
Naruse es, junto a Ozu, uno de los grandes exponentes del «shomin-geki», un cine concentrado en mostrar las situaciones y los personajes más cotidianos del Japón contemporáneo, pero siempre con una mirada crítica, en su mayoría historias poco felices y alejadas de géneros como el «jidaigeki» que se encargaba de los famosos samuráis, un cine que tan famoso hizo al ya mencionado Kurosawa o a Masaki Kobayashi, por ejemplo, otro de los grandes directores nipones.
A Naruse esto mucho no le interesaba. Lo que él mostraba era, básicamente, a la clase media-baja japonesa y su día a día, amores y desamores, dramas familiares, tragedias, problemas económicos, y principalmente mujeres haciendo frente a una sociedad altamente prejuiciosa, fría y machista, con costumbres fuertemente arraigadas. Hay una decena de películas en su filmografía en donde la mujer tiene un rol clave, desde Callejón sin salida (1934), la última película muda del director en donde la vida de una mujer cambia radicalmente (y para mal) después de ser atropellada, pasando por El relámpago (1952) con una joven viuda que decide independizarse de su familia, La voz de la montaña (1954), que tiene como protagonista a una mujer con una vida bastante infeliz, engañada por su marido y que debe recurrir a su suegro por ayuda emocional; hasta llegar a Cuando una mujer sube la escalera (1960) y Tormento (1964) que nos presentan a dos mujeres viudas que deben hacerse cargo de negocios en medio de una crisis, cada una en un contexto diferente, con edades diferentes, pero con objetivos en cierto punto similares. Esto es el cine de Mikio Naruse, uno sumamente actual con problemáticas que a más de uno le puede resultar familiar, hasta incluso feminista en una sociedad con pensamientos diametralmente opuestos, y su último trabajo, Nubes dispersas (1967) no es la excepción.
Esta película, como muchas otras del director, parte de una tragedia que irrumpe en la vida aparentemente normal de la protagonista Yumiko, quien espera un bebé y celebra el reciente ascenso de su esposo, próximo a trasladarse de Japón a Estados Unidos por razones laborales. Pero la tragedia se transforma en un vehículo, y es muy interesante cómo Naruse utiliza ese vehículo de forma literal y simbólica. Literalmente porque el esposo de Yumiko fallece repentinamente en un accidente de tránsito, atropellado por un auto, y simbólicamente porque ese accidente sirve para que Yumiko conozca a Mishima, quien estuvo involucrado involuntariamente en el suceso y que a pesar de ser considerado legalmente inocente, cree tener una deuda moral casi impagable hacia ella, un concepto muy común en esa cultura conocido como «giri». Pero este sentimiento de deuda lentamente se va transformando en amor, y ahí es donde Naruse empieza a mostrar por qué realmente esta historia aparentemente simple es el trabajo crepuscular de alguien con un nivel cinematográfico altísimo y una carrera de cuatro décadas impecables.
Su objetivo no es mostrar un cuento de hadas, porque conociendo un poco de la sociedad japonesa comprendemos enseguida que esa relación entre los protagonistas es prácticamente imposible de ser aceptada y Naruse, además, es un autor que siempre mostró la dura realidad, principalmente la de la mujer.
Esto queda claro en los primeros minutos cuando conocemos la vida ideal de Yumiko a través de un montaje bastante acelerado y planos que no trasmiten mucho acercamiento a los primeros personajes que llegan a escena, porque esa vida va a terminar siendo fugaz, volátil, y a partir de ahí lo que sucede es un viaje hacia un destino bastante triste. Incluso lo primero que vemos es a la protagonista yendo de un lugar a otro, un tren (algo muy común en la filmografía de Naruse) y a Yumiko en él viajando a encontrarse con su esposo, conversaciones sobre viajes, y minutos después a la propia mujer ensayando repetidas veces una frase en ingles que dice «¿Qué autobús debo tomar?», como una premonición del viaje literal y simbólico que ella y el segundo protagonista realizarán durante la película.
Cuando conocemos a Mishima, Naruse empieza a cambiar los recursos. Partiendo de una puesta en escena cuidadísima, pensada para no distraer, simple, con muchos interiores (tal vez una de las constantes más marcadas del director), en donde cada objeto que vemos es utilizado o resignificado, el montaje empieza a desacelerar, el mundo pasajero de los protagonistas empieza a mutar y parece cada vez más pesado, con elipsis entre escenas como muestra de que el paso del tiempo y todo lo que arrastra con él no se puede detener, para bien o para mal, los vehículos y los lugares se empiezan a repetir pero con otro significado, y los planos pasan a ser en su mayoría cortos, concentrados en algo que va a ser clave a partir del primer acto: la mirada.
La historia entre Yumiko y Mishima se desarrolla a través de miradas. Primero las que hay entre ellos, que empiezan con sentimientos de odio de ella hacia él, algo perfectamente entendible tras el accidente, y una mirada de culpa del protagonista hacia Yumiko. La primera ocasión en la que los protagonistas se encuentran físicamente y hacen contacto es a través de dos primeros planos concentrados en sus ojos, y desde ahí será una constante. Pero con el correr de los minutos las miradas, tanto las que se hacen como las que no, empiezan a mostrar lo que los dos no pueden decir con palabras justamente porque hay una tercera mirada en juego, la de la sociedad, que es la más crítica, la que consideraba una vergüenza que Yumiko se enamorara del «asesino» de su esposo, pero a su vez la misma mirada veía a la mujer poco más que una propiedad y que sin un hombre a su lado, o la aprobación de su familia, nunca podría tener éxito. Esto se repite a lo largo de la película porque Yumiko es expulsada de la familia de su esposo, lo que significa no tener pensión, e ir de un lado a otro buscando un sustento, rechazando propuestas de hombres e incluso de su propia familia que consideraban tener más poder de decisión sobre su vida que ella misma, y lo contrario le significaría tener que cargar con el rechazo. Uno de los momentos más duros e incómodos es cuando Yumiko regresa a su pueblo y su hermana dueña de un negocio la obliga a conocer a un grupo de hombres, mientras vemos cómo Yumiko apenas puede mantener el contacto visual con el resto de las personas en la escena sin sentir repulsión. «Quiero vivir sin estar atada a nada ni a nadie» le comenta a su hermana, algo que, de lograrse, tendría un costo muy alto.
Mishima también es víctima de esta mirada, un poco menos evidente, pero víctima al fin. Su personalidad es diferente a muchos de los hombres que vimos en anteriores películas del director. Es un hombre decente, trabajador, querido por su madre y que claramente no comparte la mirada de sus pares hacia el otro sexo. Por eso justamente parece que es castigado por la vida, no solo por ser parte del accidente, sino porque su empresa lo considera mala publicidad, un simple número que debe ser trasladado hacia un lugar en donde no sea una molestia. El lamento de ellos pasa por el hecho de que la persona muerta trabajaba para el Ministerio, pero la muerte en sí no les interesa. Su futuro suegro, que además es su jefe, desaprueba la relación con su hija, por eso directamente obliga a Mishima a irse a otro lugar, y su novia tampoco hace mucho por detenerlo, aunque tal vez lo quiera de verdad.
Los dos protagonistas terminan constantemente unidos por situaciones directas o indirectas, aun cuando apenas se conocían. En cierto momento Mishima le dice a Yumiko que al verla se alegró y sintió que casi eran familiares, cuando apenas se habían visto un par de veces y ya había pasado tiempo desde el accidente.
Naruse se toma su tiempo para desarrollar una historia imposible, pero principalmente mostrar por qué es imposible. Todo esto llega a su punto máximo en una de las últimas escenas cuando convergen dos de los principales temas de la película, los vehículos y las miradas. Mientras Yumiko y Mishima viajan juntos en taxi con la intención de empezar una relación, se detienen por el paso de un tren, y sin decir nada, solamente con miradas, empiezan a comprender que no tienen futuro, que ambos son víctimas y que van a estar atados de por vida, pero mediante una tragedia que tal vez no sea simplemente la muerte del esposo de Yumiko, sino la de coincidir en el lugar y el momento equivocado.
Los momentos finales reafirman esto, y el último plano que Naruse elige entregar nos muestra cómo hacer de la tristeza algo tan hermoso.




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