Dos críticas de “Blade Runner 2049”, de Denis Villeneuve: El futuro ya llegó

Dos versiones de análisis de una misma película: una para un medio de divulgación general y otra para una publicación cinéfila.


Por José Rey

Blade Runner 2049 (Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Hungría, España, México/2017). Dirección: Denis Villeneuve. Elenco: Ryan Gosling, Dave Bautista, Harrison Ford y Robin Wright. Duración: 164 minutos.


Crítica periodista

Luego de casi 40 años, el cine nos vuelve a transportar al universo futurista y distópico de Blade Runner. Se trata de una secuela que tiene a Ridley Scott como productor y en la silla del director al canadiense Denis Villeneuve, nominado al premio Oscar por su trabajo en Arrival. Bajo el título de Blade Runner 2049 se trata de la continuación de una película de culto (base del posterior cine de ciencia ficción) que nadie pidió pero que se aprecia. Incluso se agradece.

La película tiene un reparto liderado por Ryan Gosling. Actores de peso como Jared Leto y Robin Wright y, otros que están emergiendo como Ana de Armas y Dave Bautista. Además, cuenta con la presencia del icónico Rick Deckard interpretado por Harrison Ford. Treinta años después de los eventos de la primera entrega, el Agente K (Gosling) descubre durante una misión un secreto que podría llevar al caos a la poca sociedad que queda. Esto hará que cuestione todas sus creencias e inicie un largo camino en búsqueda de respuestas.

En una época donde los remakes o secuelas sin objetivos claros inundan semanas tras semanas las salas de cine, tocar un film como Blade Runner es tarea complicada. Sin embargo, esta entrega sale muy bien parada. Se trata de una película que no se siente para nada forzada. Mantiene la filosofía, esencia y atmósfera del cyberpunk de la original con una historia interesante. Siempre buscando reforzar la idea de humanidad y existencialismo presentados en 1982. Expande el mundo de una manera que, aun al vivir en estos tiempos modernos, sigue sorprendiéndonos con temas futurísticos como las relaciones interpersonales. Todo esto sin que se sienta como una copia.

Eso sí, vale la pena advertir que para algunos puede llegar a ser una película muy larga. Sin embargo, gracias al trabajo del director de fotografía Roger Deakins es muy difícil no verse tentado a transportarse a la pantalla grande. Blade Runner 2049 puede ser muchas cosas debatibles si se quiere, pero hay una irrefutable. Es hermosa visualmente. Deakins hipnotiza con los colores y juego de luces que presenta. Hans Zimmer, encargado de la banda sonora, tampoco se queda atrás. Alineado a la película, respeta el trabajo de la primera entrega de Vangelis e intensifica por momentos su aura.

Blade Runner 2049 también tiene algo muy noble y atípico de ver en las salas hoy en día. Es un película que se niega a reducir su tiempo o bajar su tono para volverse comercialmente más accesible. No se encarga de vender (por momentos directamente parece no interesarle eso), sino de reunir a un montón de extraños en un recinto por algunas horas para contar un historia y generar algo en los afortunados que asisten. El film de 1982 nos dejaba pensando en que los replicantes puede ser humanos. En ésta ese mensaje se extiende. Habla de la esperanza en la humanidad que transciende al mismo ser humano.


Crítica cinéfila

Considerar a una máquina como un ser humano es una idea que genera muchos conflictos. Tomarse el tiempo para entender qué es lo que nos define como esta especie dominante tardaría más de una vida. Quizás a Descartes y a su famoso planteamiento filosófico “pienso, luego existo” nos debemos encomendar. ¿Qué es pensar? Al igual que las máquinas, las personas tienes conexiones eléctricas que hilan sus pensamientos, entonces… ¿qué nos separa a los humanos de los robots? Puede ser la carne, los huesos o eso inexplicable que llamamos alma. Estas preguntas a las que solemos responden con un “no sé” vienen de planteamientos existenciales que han intentado ser respondidos desde hace muchos años por el cine. Blade Runner (1982), película de culto que fracasó en su momento a nivel comercial, es uno de los films más reconocidos que toca este tipo de temas. Casi 40 años después, presenta una secuela que nadie esperaba pero que busca realizar el mismo efecto de su primera entrega: cuestionarnos.

Blade Runner 2049 nos introduce al Agente K, interpretado por Ryan Gosling, un replicante que se encarga de buscar y eliminar a modelos viejos. Durante una misión descubre un secreto que podría destruir a la poca sociedad que queda. El concepto del humano y su razón de ser quedarían más desdibujabas que nunca. Esto pone en duda a todas sus creencias y lo obligará a buscar respuestas. De un momento a otro, su jefa (Robin Wright) le pide que resuelva el asunto con el propósito de mantener el orden. K, por un momento, duda. Por un momento, existe. Comenta que nunca había eliminado a algo que ha nacido, y que eso significa que nunca ha eliminado algo que tenga alma. Rápidamente Wright le pone un freno al asunto y él sigue con el trabajo a pesar del cuestionamiento.

Mientras el film de casi tres horas avanza, vamos reconociendo a K más como un humano. Hasta el punto que lo llegamos a considerar como alguien realmente único. Todas las pistas están ahí, la historia entrega al espectador momentos que nos hacen creer que incluso en el futuro más sombrío, contaminado, clasista, racista y distópico, podemos llegar a ser especiales. Hasta que cae el baldazo de agua fría. “¿Te imaginaste que eras tú el especial? Sí, a todos nos gustaría serlo”.

Se podría decir que las películas de esta etapa hollywoodense del canadiense Denis Villeneuve coinciden en que el contexto y atmósfera siempre van primero en un orden prioritario, superando al personaje. En Enemy (2013), Prisoners (2013), Sicario (2015) y Arrival (2016) encontramos personajes que creen que tienen la respuesta del asunto y terminan siendo absorbidos por el hueco que genera la situación. Nuestro elegido puede morir en un accidente de autos, quedar enterrado bajo tierra, verse superado por la situación de su trabajo o perder a una hija. El contexto siempre va adelante y el protagonista es solo una pieza para empujar a que termine sucediendo todo como debe suceder. El Agente K termina siendo solo una pieza para que la verdadera elegida pueda surgir.

En una época donde la sociedad nos grita por todas las vías posibles que debemos ser distintos, únicos y especiales, Blade Runner 2049 nos pide bajar los cambios y reflexionar un poco más. Entender que hay cosas que nos superan y que no todos estamos destinados a liderar a una revolución. Cuando en realidad todos si estamos destinados a algo, solo que hay que encontrarlo y aceptarlo. Al final K cumplió con su propósito, y lo mejor es que a la película no le interesa lo demás. No le interesa realmente qué va a suceder con la revolución de los replicantes o con Deckard (Harrison Ford). Lo único importante era el camino del personaje de Ryan Gosling, a quien, cuando duda por primera vez ante su jefa, lo vemos nacer. Y ante la nieve, lo vemos partir.

Todo esta atmósfera se concibe también gracias al trabajo de Roger Deakins, el ya mítico director de fotografía de The Shawshank Redemption, Fargo, Skyfall y otras, quien hace que la película se vea grabada en 2017, pero con las ambientaciones y sensaciones que nos transportan al mismo aire de la de 1982. Cada plano y cada color es un deleite puro. En los próximos años, a la hora de pensar en grandes películas visualmente retratadas, Blade Runner 2049 deberá estar en varias de esas listas. Por otro lado, Hans Zimmer entrega otro muy buen trabajo con una reinterpretación de los temas originales de Vangelis.

Ridley Scott desde la producción, Hampton Fancher como guionista y Villeneuve en la dirección entendieron que lo mejor era hacer una película que no utilizara los recursos que abundan todos los fines de semanas. El film no avanza de golpe, ni quiere llegar rápidamente al grano. No hay escenas absurdas y forzadas para dar risa. Se permite un respiro en cada momento para que el espectador no se pierda de nada con actuaciones que fluyen a través de los diálogos que se toman su tiempo. El resultado es una historia de casi tres horas que se niega a reducir su complejidad para volverse comercialmente más accesible. No será la película perfecta, ni la más innovadora, pero es del tipo que necesitamos cada vez más en las salas de cines.

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