A 150 años de la Comuna de París y a casi dos décadas de su primera proyección en el BAFICI 2002 se exhibió (ahora en una versión más corta que la original de casi 6 horas) la notable película del legendario director británico.
Por Rosario Pilar Roig
En tiempos de auge la conjetura de que el hombre
es una cantidad constante, invariable, puede entristecer o irritar;
en tiempos que declinan (como estos) es la promesa
de que ningún oprobio, ninguna calamidad,
ningún dictador podrá empobrecernos.
Jorge Luis Borges, en La Historia de la Eternidad, 1936.
En 1871, noventa años después de la Revolución Francesa, tuvo lugar en la ciudad de París uno de los acontecimientos históricos, políticos y sociales más significativos y, al mismo tiempo, más fugaces en la historia de Europa Occidental.
En un proceso de toma de poder del gobierno de la ciudad por parte del pueblo trabajador y con las mujeres a la cabeza, la Comuna de París fue conformada por pobladores y pobladoras de ciertos distritos, en una decisión deliberada y colectiva de arrancar de las garras de los burgueses el control de sus propias vidas. Podríamos decirlo así o pensarlo también al revés: no fue la Comuna una creación de sujetos que unieron razones y voluntades individuales persiguiendo sus propios intereses, lo cual conformaría un enunciado en espíritu liberal, sino la consecuencia de una fuerza colectiva en estado de acción; o podríamos complejizar y pensar, además, que aquellas personas cuyas existencias se encontraban en extrema vulnerabilidad debido al estallido de la guerra franco-prusiana un año antes, no solo fueron capaces de gestar un órgano que devendría en la revolución que hiciera temblar los cimientos de la burguesía europea y norteamericana, sino que, a partir de él, estos sujetos crearon las condiciones para transformarse y agenciarse en la historia, para no volver a ser los mismos nunca más.
Hablar, escribir o filmar sobre la Comuna o sobre cualquier proceso que implicara un conflicto social, conlleva asumir una voz o un punto de vista en la trama de la historia. Esto significa, tarea no menor, que el hecho de volver a narrar los acontecimientos es redefinir un quehacer histórico, en tanto ejercicio de mirar hacia atrás, desde el punto exacto en donde estamos parados, siendo quienes somos. Walter Benjamin lo dice de forma atroz: “Articular históricamente el pasado no significa conocerlo tal como verdaderamente fue, significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro…”
Si esa es la tarea, si para contar la Historia habrá que asumirnos parte de su reescritura porque, tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence, y este enemigo no ha cesado de vencer, cabe preguntarnos: ¿Qué lugar ocupamos nosotrxs en ella? ¿Qué historias nos pertenecen? Esta articulación entre el pasado y el presente, este apoderarse del recuerdo, con todo el peso que la expresión conlleva, es lo que La Commune (París, 1871) elabora y pone a funcionar a través de un formato de falso documental durante algo más de cinco horas y media, si bien la versión que se proyectó durante este BAFICI, fue de casi tres y media.
En la primera escena, y a través de una imagen en blanco y negro, la película empieza con el plano de una puerta abierta. La cámara, tambaleante, ingresa en ella, y en su interior nos topamos con lo que pareciera ser un estudio de grabación y sus técnicos, sentados alrededor de una mujer y un hombre, vestidos ambos con atuendos de otro siglo. Como si fuese el detrás de cámara, nos comentan sobre su papel en la película, su nombre y el de su personaje, el trabajo que realizan y sus vicisitudes: “Me llamo Aurelia Petit, e interpreto a Blanche Capellier, periodista de la TV Comunal. En primer lugar, lo más difícil fue que ella es una persona crédula, con un optimismo ingenuo, y conociendo el final de esta historia, y lo que pasó con La Comuna, no fue fácil conservar la sonrisa.” Gerard Watkins, el otro periodista, agrega: “En abril de este año, Peter Watkins y 13 Production comenzaron a construir un decorado para la película, que recrease la atmósfera del distrito XI en tiempos de La Comuna de París. Ahora nos gustaría mostrarles nuestro lugar de trabajo durante las últimas tres semanas.” Así, la cámara los pasa de largo y continúa por el estudio, una especie de galpón, donde se ve montada la estructura de un barrio acaso de bajos recursos, destruido.
Las voces en off de los intérpretes-comuneros comienzan a relatar, mientras la cámara recorre el lugar junto al sonido de sus pisadas, qué espacio se representó en las habitaciones por los que va pasando, por qué vemos todo destruido, vacío. Así es como conocemos el Ayuntamiento, las calles, la silla donde Oficiales del Ejército del Gobierno sentenciaron a muerte inmediata a cientos de personas, un saldo de asesinatos que hacia el final del proceso fue de entre 20 y 40 mil personas; la cafetería donde “rodamos la discusión de los actores sobre la revolución y la sociedad contemporánea”, el depósito de cañones pertenecientes a la Guardia Nacional y adquiridos con los recursos públicos para la defensa del asedio prusiano, etcétera.
Cuando finaliza el recorrido nos piden imaginar que estamos al 17 de marzo de 1871. Nos es necesario. Sin un corte, la cámara avanza en su recorrido con la aparición de otra voz que, presentando otro personaje, nos indica que la película comenzó. En los siguientes planos vemos a estas personas que, sin desubjetivarse nunca de su presente, ofrecen su perspectiva respecto a las vivencias de los comuneros: un educador y su estudiante, el panadero y su esposa que relatan cómo es hacer pan cuando pan es casi lo único disponible para comer luego de un asedio, mujeres que trabajan en condiciones de explotación en talleres de costura, dueños de una joyería, maestras de escuela que trabajan sin recibir paga… Todo esto se intercala con placas negras que ofrecen información textual sobre los decretos y decisiones políticas por parte del gobierno de Francia, y la situación de la población como consecuencia.
De esta manera, la película va a recrear a lo largo de su metraje los hechos reales, a partir de la dramatización casi teatral llevada a cabo por sus más de doscientos intérpretes (ciudadanos de París) en un trabajo que, en base a escenas como la expulsión del ejército francés a mano de las mujeres del distrito, o la lucha armada en el levantamiento de la barricada mientras los periodistas entrevistan a los combatientes, transmite una profunda implicancia grupal, un atravesamiento del pasado en el presente de los cuerpos de los actores que roza el orden de lo místico. En la intervención de los periodistas de la TV Comunal durante la lucha en la escena mencionada, se interroga a los actores respecto a lo que están viviendo, que responden a los gritos y en estado de euforia. No puedo más que citarlos: -¿Qué harías hoy? -No sé si esta clase de barricada nos ayudaría a luchar contra la globalización económica. No estoy segura. -¿Entonces qué? -Ahora estoy asustada. No sé dónde están mis enemigos. No los veo. No sabemos quiénes son, están por todas partes. Ya no podemos construir barricadas así. Tenemos que luchar en los medios. Tenemos que usar las mismas armas: ordenadores, internet, televisión. Ahora es el momento, ¡joder!
Es así como La Commune (París, 1871) funciona como una cinta de Moebius en varios sentidos: no hay un verdadero límite, una verdadera línea que separe el adentro y el afuera, su parte exterior de su parte interior, la historia pasada de la presente y el efecto que esa integración es capaz de producir tanto en quienes formaron parte de la película como en el espectador. Los periodistas narran los hechos tanto para los comuneros como para nosotrxs. En el uso de los planos generales, vemos en todo momento el techado del galpón donde se llevó a cabo el rodaje, sin las pretensiones estéticas de los grandes estudios de filmación y, aun así, el dispositivo suscita la imaginación permitiendo que el espectador forme parte de esta reescritura histórica.
En este sentido, la ultima obra de Peter Watkins se diferencia de films históricos como Mank (2020), de David Fincher, nominada a 10 premios Oscar, a partir de la cual cabe preguntarse qué excusas son válidas a la hora de apelar a la simulación de imágenes en blanco y negro, planos sonoros analógicos y estéticas vintage que, en este caso, responden más a fetiches algorítmicos de plataformas como Netflix que a una revisión del pasado que se desmarque de las lógicas posmodernas de consumo: pensar en ambas películas habilita a preguntarnos por el futuro del cine.
En este sentido, la inclusión a último momento de La Commune (París, 1871) en el 22° BAFICI -se cumplen 150 años de La Comuna- llama al ejercicio de pensar e incursionar en un cine que, en la medida en la que se permita mirar hacia atrás, al mismo tiempo destrabe las puertas y marque nuevos senderos cuando el horizonte por fuera de la pantalla se percibe difuso.




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