Por Cristina Barile
Con solo dos largometrajes y apenas 34 años, este director neoyorquino ya ha generado más debates (siempre intensos) que la mayoría de sus colegas en todas sus carreras. Aquí algunas reflexiones sobre un realizador que utiliza el terror para ofrecer una mirada poco convencional sobre el tema de la muerte.
He muerto muchas veces
Acribillado en la ciudad…
Charly García (El fantasma de Canterville, 1976)
Los censos de población indican que en los últimos decenios ha aumentado la esperanza de vida de la población. Y, aunque esta es una excelente noticia, nuestro mayor tiempo en la Tierra es, además, un indicador de que morimos varias veces antes de que nos llegue la definitiva muerte física. Lo cierto es que, cuando las breves muertes cotidianas nos desbordan y se suman al duelo del fallecimiento de otro, vivir se convierte en algo, por lo menos, complicado. Sobre esta cuestión abunda el director Ari Aster en los dos films que conocemos El legado del diablo (Hereditary, 2018) y Midsommar: El terror no espera la noche (2019).
En la década de 1970 Phillippe Ariès escribió su ya clásico libro El hombre ante la muerte, reeditado en 2012 por Editorial Taurus. Allí, a partir de una investigación minuciosa, el autor revisa las transformaciones de la sensibilidad ante la muerte desde el medioevo hasta la actualidad, caracteriza por etapas y reserva para el presente la categoría de la “muerte invertida”. Se trata del modo en que hoy nos alejamos de la muerte porque aparece investida de insania, despojos de enfermo que son tratados en hospitales o clínicas donde se muere en soledad, alejados de los vivos. Y con ello, los vivos también se alejan del duelo y todo lo que encierra, sea por temores propios o por las presiones de la sociedad actual que nos exige ser más productivos y menos dolientes. La muerte hoy parece haber perdido una antigua dignidad.
De cierto modo, ver y pensar el cine de Ari Aster lleva a reflexionar sobre la inmensa tarea que se dio Ariès porque las producciones de este director incluyen un largo recorrido por lo mortuorio, recuperando perspectivas presentes pero también creencias ancestrales reales o ficcionales que apelan a un sentimiento profundo, íntimo, interior, temeroso, perturbador y respetuoso de las cosas de la muerte. Para ello se vale de varios recursos narrativos y cinematográficos que buscan introducir a los espectadores en los universos de sus protagonistas partiendo desde el inicio mismo del film donde emerge la muerte y el duelo.
En El legado del diablo (Hereditary) un anuncio mortuorio nos indica que entramos de lleno en el dolor de una familia desde el fallecimiento de la abuela. Con ello da inicio al drama que involucra varios duelos por distintas razones. La abuela ha muerto y con ella muere la protección que sentía la pequeña nieta. La abuela ha muerto y con ella la crisis matrimonial como drama familiar se volvió evidente. La abuela ha muerto y, con los diálogos de Toni Collette en el grupo de autoayuda, nos enteramos que dejó varios dolores pasados e historias poco claras sin resolver. La abuela ha muerto y de allí en más los duelos no tendrán nada de regular. Para transmitir tanto dolor la cámara pasa por planos generales y cenitales para descender, atravesar e instalarse en las miniaturas artísticas que realiza la madre que reproducen escenas de la vida cotidiana familiar. Esto opera, además, como recurso cinematográfico tenebroso porque las miniaturas representan una realidad y pueden ser parte de la misma retroalimentándose. Los silencios, ruidos atenuados y sonidos de ticks clicks van elevando el clima de misterio y temor. En El legado del diablo (Hereditary) los rituales, los colores (sepias, marrones, verdes, beige) y la lentitud son parte de una opacidad que se va develando a través de signos y evidencias en objetos cotidianos que van advirtiendo sobre algo que desconocemos y no logramos descifrar. La historia que se cuenta se dinamiza y tensiona cuando, repentinamente, aparecen o desaparecen personajes. Es el caso de la médium que interpreta Ann Dowd que opera como hilo conductor del destino trágico de los personajes o la madre cuando desde una escena en contrapicado nos advierte del cambio de su condición al aparecer suspendida en el techo. La ficción creada por Ari Aster, después de haber abierto nuestras sensibilidades, la curiosidad y el temor, opta por un giro final inesperado, pero intuido, hacia lo diabólico. Pero como lo que se hereda no se roba, quizás podamos identificar un rictus en la cara del joven hijo que, demonio entre demonios, parece haber encontrado algo semejante a la felicidad en medio de tanta tragedia.
En Midsommar: El terror no espera la noche también ingresamos al film por la muerte. Se trata de una crisis, se ha muerto el amor de pareja sin poder encontrar el mejor modo para expresarse. A ello le sigue la muerte de la familia de la protagonista que se narra con imágenes. La cámara recurre al enfoque normal pero a la altura de los ojos de la hermana suicida generando que la tragedia se nos revele con profundidad, con la intensidad de lo inexplicable, de lo inalterable. Aquí el director nos hace pensar en el rol de la familia como depositario de una historia, de una identidad que se construye en su seno y que a la vez es referencia de seguridad. Sin esto nos sentimos perdidos. En este estado, la joven protagonista atraviesa los duelos con las incertezas de la pérdida y en medio de un grupo de otros jóvenes carentes de empatía.
En estas circunstancias, su vida dará un giro cuando llegue a la comunidad de Harga para las celebraciones del Midsommar. A medida que toma conocimiento de ella, su ánimo también irá cambiando con la ayuda de algún té alucinógeno.
Aquí, el director vuelve a las imágenes cenitales como indicadores de cambio de lugar y de estados de ánimo, vuelve a los rituales que expone como un conjunto de tradiciones de la comunidad donde lo que prevalece es el carácter bucólico, floral con colores blancos, celestes de naturaleza primaveral. Este conjunto resulta tranquilizador, relajante, parece el mejor espacio para atravesar duelos y, en principio, nada nos pone en sospecha de que hubiera algo incongruente capaz de alterar ese paisaje. Pero, nuestra experiencia sensible y vital nos indica que los problemas van con uno a todas partes, incluido el paraíso. En este escenario, la muerte de los otros extranjeros y otros habitantes de esa comunidad encuentra referencia en sus tradiciones.
Nuevamente la dinámica se motoriza y tensiona hacia la última muerte ritual, último escalón emocional donde la joven protagonista, reina del trabajo, encuentra el reemplazo familiar y los afectos en medio de esa comunidad. Lo sabemos porque allí, en el momento final, aparece un breve instante de felicidad en su cara.
Los dos films, de estímulos inquietantes y condensación de emociones, nos revelan a su director como aquel que conoce y expone que el agotamiento del amor, todo amor, es el anuncio de la llegada de la muerte de algo, de un vínculo, de un acuerdo, de un sentimiento, de un cuerpo, de algo.
En los márgenes de la incertidumbre que nos provoca la finitud recuperamos la pregunta que encierra el libro de Ariès: ¿Cómo reconciliar la muerte con la felicidad?. Para los teóricos de los estudios sobre el duelo y para Ari Aster esto es posible sólo si permitimos que el dolor nos atraviese.




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