Por Rubén Darío Rodriguez
Incansable e inclasificable, el prolífico director chileno parece emular el espíritu curioso e inquieto de su admirado Raúl Ruiz. Este texto intenta dar algunas claves sobre un cineasta singular.
Existen en el mapa del cine chileno tres directores que han forjado con su obra un territorio propio y definido. Uno es Raúl Ruiz, ese prócer, realizador enciclopédico, casi un hombre del Renacimiento, cuya filmografía tiene alcance internacional. Otro, Ignacio Agüero, quizás el mayor cineasta chileno de la actualidad. Un tercero, de culto y casi mítico: Cristián Sánchez. Tras ellos aparece un continuo de directores jóvenes entre los que destaca con brillo propio José Luis Torres Leiva. Nacido en Santiago en 1975, estudió en la Universidad de Artes, Ciencias y Comunicación (UNIACC) de Chile, donde fuera alumno del propio Sánchez, quien ejerce una fuerte influencia sobre él.
Si bien depositario de la tradición de los anteriores, Torres Leiva es, por prepotencia de trabajo, uno de los cineastas contemporáneos más relevantes de Chile, con una estética y voz propia desarrollada de manera continua y sostenida.
Torres Leiva es un hombre curioso. Probablemente hizo suya la sentencia bíblica del “levántate y anda”, que en su caso es un “levántate y filma” y ha construido una sólida obra fruto de una mirada personal y multifacética. Ha recorrido diversidad de géneros y formatos. Experimentaciones sobre el movimiento, estudios etnográficos sobre barrios y territorios de Chile, catástrofres naturales, la locura, el amor en todas sus formas y, sobre todo, las vivencias de los hombres comunes. Ficciones y documentales conviven en su filmografía con particular simbiosis. Cada modalidad narrativa alimenta a la otra y ambas se entremezclan en una hibridación permanente.
En su cine pueden reconocerse influencias de cineastas clásicos (Carl T. Dreyer, Robert Bresson, Jean Renoir, Eric Rohmer, los hermanos Lumière, John Ford), como así también de los contemporáneos (Chantal Akerman, Pedro Costa y Apichatpong Weerasethakul). Entre sus coterráneos: Ignacio Agüero, también protagonista de algunas de sus películas. Pero las influencias no limitan, sino que alimentan su propia mirada: delicada, sutil y atenta a mundos ajenos. Su estética es la de la contemplación y el tiempo suspendido. En su cine la temporalidad es ontológica, revelando otro modo de concebir la realidad. Hay un respeto por la densidad del tiempo y su influencia en las vivencias humanas que usualmente deviene en angustia, alienación y desesperanza.
El dispositivo fílmico de Torres Leiva responde a una concepción muy fuerte sobre qué es el cine y cuál es el concepto estético a alcanzar. En todas sus películas encontraremos el mar, los pájaros, el viento entre las hojas, la lluvia, los paisajes boscosos, el cielo y el paisaje. Siempre la atención al detalle y la valorización de las pequeñas cosas y gestos. Los pliegues de la piel, una mano descansando sobre un hombro, las circunvoluciones de una oreja, los labios sobre un cuello, un mechón de pelo, las articulaciones de un dedo o la sensibilidad de un pezón. El sonido, mayormente directo, sea la cadencia del mar, el ulular del viento entre las hojas, la tormenta a la distancia o el canto de los pájaros, se torna de vital importancia en su universo narrativo. La distancia a la que filma, el tiempo de los planos, cómo se desarrolla la progresión narrativa son elementos que parecieran querer hacer coincidir el tiempo de la narración con el tiempo de visionado. A un espectador con la mirada atrofiada por la proliferación de imágenes él quiere enseñarle a mirar, introducirlo en la contemplación. Quizás su credo sea la sentencia de uno de sus personajes: “Pensar que al caminar por ahí está todo frente a uno”.
Su obra, desarrollada en el período 2002-2020, consta de cinco largometrajes de ficción, trece documentales, 18 cortos y una serie de 48 capítulos disponibles en la plataforma YouTube. Una producción intensa y variada para un hombre tan joven. Quizá en esa intensidad intente emular lo prolífico y variado de su admirado Ruiz, a quien rindió films de homenaje y con el cual compartió a su director de fotografía. Destaca, también, la construcción de una relación de largo plazo y profundidad con algunos de los actores y colaboradores que se reiteran en sus películas (Julieta Figueroa, Amparo Noguera, Rosario Bléfari, Inti Briones, Ignacio Agüero).

La mirada…
Nos adentraremos en su obra sin distinción de géneros o formatos, simplemente con un criterio cronológico, ya que el patrón común en todas ellas es su modo de mirar que, en definitiva, es nuestro objeto de análisis.
En sus películas de ficción aplica una mirada extendida, esto es, la progresión narrativa discurre suavemente, parece tener una respiración más relajada, con lo cual alcanza mayor densidad temporal. En los documentales utiliza una mirada de proximidad distanciada. Hay un acercamiento profundo a los personajes y entornos, pero con el suficiente distanciamiento hasta volver imperceptible su presencia. Quizás pueda emparentarse su trabajo en este sentido con ese otro gran documentalista que es Frederick Wiseman. Son los cortometrajes su campo de prueba y donde da rienda suelta a sus múltiples intereses e inquietudes. Aplica aquí una mirada experimental permanente.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (2019)
El título de la película refiere al poema de Césare Pavese. Una pareja de mujeres que viven, y se redescubren durante el período de agonía de una de ellas. Una película intimista, poética en sí misma (hay otra escena donde la protagonista recita los versos de la poeta, también suicida, Alejandra Pizarnik). La acción transcurre en una casa alejada, en medio de un entorno boscoso donde los sonidos, el viento, las hojas, los pájaros, favorecen el clima de intimidad. Hay un trabajo de encuadre y fotografía excepcionales que permiten paladear estéticamente múltiples detalles: manos en reposo, rostros durmiendo juntos, un perfil, un pecho, un ojo sobre el que se posa la sombra, un perro que es a la vez mensaje y alegoría. Párrafo aparte merece el final con la canción de Rafaella Carrá. La frase “en el amor todo es empezar” deja abierta la posibilidad de que aún después del dolor haya esperanza y, a la vez, resignifica la escena en la cual Ana, la enfermera, sentada en el comedor del hospital pasea su vista atraída por la nuca y el semiperfil de otra mujer.
Sobre cosas que me han pasado (2018)
“Sobre cosas que me han pasado” es un diario de sensaciones. Basada en el libro del escritor Marcelo Matthey, que narra su propia vida, es un viaje a través de las impresiones inmediatas que pasan por su cabeza, fugacidades que usualmente se pierden en el tiempo y que son captadas en imágenes y sonidos. El tiempo, sus efectos y permanencia. Una puesta en escena intimista y un personaje entrañable.
Contra todos los males del mundo (2017)
Lois Albert, artista esquizofrénico, seguidor acérrimo de Virginia Woolf, quien al igual que ella proclama, “No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente” da vida al relato, enfrentando su lucidez a las dificultades que lo atormentan. Contradicciones, logros, alegrías y dolores, van construyendo un lenguaje emotivo y de reflexión que da cuenta del misterioso mecanismo de la mente humana.
El viento sabe que vuelvo a casa (2016)
“El viento sabe que vuelvo a casa”, título tomado de un verso de “Crónica del forastero”, del poeta chileno Jorge Teillier, es una película que transcurre como un documental sobre la gestación una película. En ésta un cineasta, Ignacio Agüero (se interpreta a sí mismo) recorre Meulín, una isla del Archipiélago de Chiloé en busca de indicios que lo lleven a descubrir los orígenes de una historia ficcional, casi mito, que escuchó alguna vez sobre dos jóvenes enamorados impedidos de estar juntos por su origen y que han desaparecido para siempre. Agüero recorre ambos sectores de Meulín: El sector sur, llamado El Tránsito, donde históricamente ha vivido la población mestiza, y el sector norte, llamado San Francisco, donde se ha asentado la población indígena mapuche. Mientras conversa con los habitantes de la isla para profundizar en las relaciones de rivalidad históricas entre ambas partes, realiza “castings” con los jóvenes de la zona y que intervendrán en la ficción que contaría esta historia. Torres Leiva es un director que a lo largo de su carrera cinematográfica se ha movido constantemente entre el documental y la ficción. El dispositivo que utiliza es simple, y debido a esa simpleza, afloran la belleza del azar y las coincidencias, logrando construir un relato cargado de emociones. La habilidad de Agüero para la escucha permite que los pobladores hablen libremente y en confianza generando escenas entrañables, como la de la anciana hablando de sus nueve hijos, o, sobre el final, Agüero hablando con un niño sobre dinosaurios y pulpos. “El viento sabe que vuelvo a casa” es una película hecha desde el respeto por el otro, y un enorme cariño por sus personajes, empezando por la admiración que Torres Leiva profesa a Ignacio Agüero. También desde el asombro ante la belleza que paisaje y personas pueden ofrecernos.
Ver y escuchar (2013)
“Ver y escuchar” es un documental acerca de la discapacidad física: la ceguera y la sordera, pero estos temas son apenas el disparador para pensar las dimensiones vinculadas a la percepción, el lenguaje y la conciencia de otros mundos que intuimos pero que ignoramos por completo. «Ver y Escuchar» narra tres encuentros, tres historias, tres momentos, en donde personas ciegas y sordas intercambian y comparten experiencias, recuerdos y sensaciones sobre la luz, la oscuridad, el silencio y el sonido del mundo que los rodea. Mediante otros códigos intentan aprehender impresiones sobre el sentir: el brillo de la luna, la textura de la arena, el sonido de una piedra al caer en el agua.
Entre una historia y otra Torres Leiva intercala imágenes de video intervenidas y convertidas en abstracción: pasos descalzos, naturaleza, flores. Sin otros detalles más que esos, la película invita a reflexionar sobre lo frágil del código y el soporte que utilizamos. En definitiva una reflexión sobre lo milagroso del azar que permite que nos comuniquemos por medio del lenguaje.
Verano (2011)
“Verano” es una película más sensorial que narrativa. Un gran mural compuesto de pequeños momentos y detalles. La película transcurre en las Termas de Cauquenes mientras algunos personajes vacacionan en ese lugar, y otros, trabajan en el centro turístico. Torres Leiva simplemente registra a unos descansando y tomando el sol a orillas de la piscina y a otros, laborando.
Hay momentos en que la cámara fija la atención en la brisa que va construyendo un paisaje plástico: pasa a través de las hojas de los árboles, entra por una ventana, hace bailar el velo de la cortina o juega con el pelo de los personajes. En ese verano los personajes tienen diferentes preocupaciones: una mujer piensa si tener o no tener un hijo, otras se fastidian ante una aspiradora descompuesta, otro personaje se apena por un amor que dejó escapar, un hombre simplemente observa y alimenta a una perra que acaba de parir. Toda la película avanza desde esas pequeñas historias. “Verano” representa muchos veranos, y la forma como lo viven un conjunto de personajes. Es más bien sobre todos los veranos que ya pasaron y que persisten cohabitando con el presente, en forma de sensaciones, de texturas, de olores, de descubrimientos, pero básicamente en la memoria.
Tres semanas después (2010)
El 27 de febrero de 2010 un terremoto de magnitud 8,8 afectó el territorio Chileno. “Tres semanas después” narra el viaje a la zona más afectada por el sismo mostrando imágenes y sonidos vividos durante ese período. El mar, el viento entre las hojas, los perros deambulando, sonido de pájaros. Un continuo de destrucción. Ruinas y personas viendo la demolición y remoción de escombros. Algunos tratando de recuperar lo poco que les quedó, otros mirando el espacio vacío de lo que antes fue su casa, gente limpiando, máquinas trabajando. Pura imagen sin diálogos. Alguien, un corredor, en medio de esa destrucción, trota. La vida que sigue, a pesar de todo.
El cielo, la tierra, y la lluvia (2008)
“El cielo, la tierra y la lluvia” es una película sobre cómo el entorno moldea las almas y los comportamientos de los hombres. Sobre el transcurrir del tiempo, la soledad y el silencio. Cuatro personajes: Ana una mujer tímida y vuelta hacia adentro trabaja en una tienda y cuida de su madre postrada; Verónica, su amiga, segura de sí misma e independiente; Toro, un boxeador que vive aislado y vela por Marta, enferma mental, su hermana. El entorno excelentemente retratado en la fotografía de Inti Briones (colaborador habitual de Raúl Ruiz) se fusiona con los personajes y es uno más de la historia.
El tiempo que se queda (2007)
“El tiempo que se queda” es una mirada contemplativa a la vida cotidiana del Hospital José Horwitz Barak, uno de los más antiguos recintos psiquiátricos de Chile, ubicado en el norte de Santiago. No es una película que trate sobre la locura, sino sobre el tiempo y cómo transcurre en aquel lugar, reflejado en las cosas simples: los rostros, los objetos, la naturaleza, los lugares, los detalles, la humanidad de las personas retratadas. Es una película donde la relevancia está dada por la sutileza de cada elemento visual y sonoro.
Ningún lugar en ninguna parte (2004)
Una exploración, casi etnográfica, del barrio “La Matriz” en Valparaiso es el disparador para un ejercicio visual documental. Un collage de imágenes. Aparece el mar, la niebla, una pared de ladrillos, una piedra, un árbol , rostros de gente común mirando a cámara. La atención a los detalles no solo naturales, sino también urbanos. Como telón de fondo la música de una sesión de práctica entre chelo y violín.
Y además…
El sueño de Ana (2017)
Un sueño sobre la muerte reciente. Mismos personajes que en “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos” (2019). Quizás un boceto de esa película.
Todas las cartas que nunca envié (2017)
“Los besos por escrito no llegan a destino, se los beben los fantasmas por el camino» dijo Kafka. Historias que habitan en las cartas que nunca llegaron a destino ni destinatario.
Nada pertenece a la memoria (2017)
Sueños y obsesiones de un artista. Reconstrucción de la obra y motivaciones del cineasta Pedro Chaskel.
Los recuerdos (2014)
La persistencia de la memoria. El cineasta filma a familiares, amigos y conocidos relatando distintos recuerdos en una serie de 48 cortometrajes.
¿Qué historia es esta y cuál es su final? (2013)
Arte y vida confluyen. El documentalista chileno Ignacio Agüero comparte su álbum de fotos familiar con la editora de sus últimas películas.
El brazo de Sandow (2013)
El cuerpo como disciplina. A partir de imágenes del siglo XIX el director cuenta la historia del culturista chileno Marcelo Muñoz Salcedo.
Algunas veces sucede en una tarde de otoño (2013)
La palabra ahogada. Primera parte de una Trilogía silente.
11 habitaciones en Antártica (2013)
Un hotel, un cantante, once habitaciones que son canciones. Un video clip sobre el álbum “Antartica” (2013) del cantante chileno Leo Quinteros.
Copia imperfecta (2012)
El mar y un amor sonámbulo. Pequeño tributo al gran cineasta chileno Raúl Ruiz.
Las palomitas blancas (2011)
Dos mujeres, unas cartas y una charla confesional. Pequeño homenaje a la memoria del cineasta Raúl Ruiz (1941-2011).
En verano (2011)
Lo cotidiano que emerge cuando el tiempo veraniego parece detenerse. La simpleza del tiempo libre en la zona de Coya y Cauquenes.
Primer día de invierno (2010)
Un hombre, la duda y un secreto. Juan viaja con su hija a la ciudad y se reencuentra con su hermana
Un minuto de silencio (2010)
Amor filial. Una reflexión estética de la naturaleza humana por medio de la imagen de una mujer amamantando a su hijo.
Si todas las historias fueran una (2009)
Todas las historias de infancia conforman un mundo La realidad, la fantasía, la libertad de ser y hacer lo que uno quisiera. Un ejercicio visual en el cual niños frente a cámara cuentan sus historias.
Ilusión de movimiento 1, 2, 3 (2009)
Movimientos, gestos e ilusiones. A partir de las imágenes del fisiólogo Étienne-Jules Marey la película descubre los gestos invisibles en el movimiento
Intermedio (2008)
Luces, sonidos y formas. Un experimento sensorial con el fondo musical de Steven R. Smith.
Trance 1-10 (2008)
Gestos, rostros y paisajes urbanos. La captura de.pequeñas historias en diez relatos.
Obreras saliendo de la fábrica (2005)
El mar como remanso. Un instante de felicidad en el alienado mundo del trabajo. Un grupo de mujeres trabajadoras deciden tomar un día de descanso.
Los ojos abiertos (2004)
El castigo de vivir con uno mismo. Una reflexión visual sobre las sensaciones de la muerte y la pertenencia. Una mujer explica cómo y por qué cometió asesinato.
Empezando de cero (2004)
La vida entrelazada de hombres y gatos. Vivencias, dolores y memoria a lo largo de una vida de cien años.
El Mal (2004)
Un plano picado, una pareja durmiendo. Nubes los sobrevuelan como un mal augurio. Simples gestos cotidianos. Los personajes nada dicen, nada expresan. Se ingresa a la vida de esos seres a través de la mirada, proponiendo al espectador completar lo ausente de la historia.
No tengo nada que decir (2003)
Un detalle no es el mundo, pero todo el mundo cabe en un detalle. Un ejercicio visual sobre el uso del primer plano.
Confesiones de un caballo suicida (2002)
Un collage articulado sobre textos y vida de artistas diversos. Diane Arbus, Jean Eustache, Robert Walser, Alejandra Pizarnik, Franz Kafka y Carmen Jung conviven en un relato fragmentado.
Epílogo
(O un dejo de querer más…)
Transitar la extensa filmografía de José Luis Torres Leiva es una tarea gozosa. Para el espectador, su producción, variada y rizomática, depara un enorme placer estético y sensible. Hay una cierta melancolía en sus películas. A veces se las podría pensar como afines a un universo zen, pero probablemente la palabra que me mejor las defina sea el concepto anglosajón de “kind of blue” cuya profundidad y alcance no son de tristeza sino de desapego, una resignación vital ante la vida y una comprensión profunda del destino.
Seguramente en Torres Leiva se cumpla la apelación de Susan Sontag de no interpretar, y podamos decir, sin dudar, que en sus películas encontramos una erótica del cine.




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