Ensayo: Todd Solondz y el elogio de la incomodidad

Por Patricio Cascallar

Con apenas un puñado de películas como «Mi vida es mi vida», «Felicidad», «Palíndromos», «La vida en tiempos difíciles», «Dark Horse» y «Wiener-Dog», este director nacido en Nueva Jersey hace 60 años se ha convertido en uno de los autores más provocadores del cine independiente norteamericano de las últimas tres décadas.


Todd Solondz pertenece al grupo de directores provenientes del indie estadounidense que, año tras año, luchan por sostener su libertad creativa y darnos obras que no necesariamente sean maestras, pero que sí demuestran que se puede hacer cine repleto de contenido y crítica social sin siquiera sonrojarse.

Solondz ha aprendido con el correr del tiempo a armar una marca registrada de sus obras. Quien quiera acercarse a la misma, sabe con qué se puede encontrar y a su vez entiende las herramientas que utiliza para narrarnos una historia. 

El cine de Solondz es difícil de enmarcar en un solo género, dado que todas sus películas tienen momentos de absoluto drama con cuestiones profundas y hasta melancólicas, pero en el medio de dicho despliegue surgen momentos de un humor negro áspero y sin concesiones que puede hacer sonrojar a los más pacatos y hacer reír a carcajadas (sin dejar de sentirse incómodos con ello) a los más liberales.

Profundizando en este sentido, en Felicidad / Happines (1998), la película que lo empujó a la consideración cinéfila, presenta a un padre de familia llamado Bill Maplewood, interpretado por Dylan Baker, que vive en un idilio de familia sostenido por mentiras, una de las cuales la encarna él mismo, ya que detrás de ese padre abnegado y psiquiatra exitoso se encuentra un pedófilo en ciernes que podremos ver cómo lleva a cabo sus fechorías. Esto no suena gracioso en un texto, pero Solondz decide agregar una música romántica en el momento en que Bill Maplewood fija la mirada depredadora en su primera víctima; de esta manera, esa música nos va a incomodar, nos va a revolver el estómago, nos va a empujar a comprender un chiste amargo pero hilarante. 

Por supuesto que todo este cuento no es necesariamente sobre la pedofilia sino sobre la hipocresía de la institución familiar a la que Solondz irá destruyendo, deconstruyendo y reinventando en cada uno de sus films.

Al mencionar la música es obligatorio hacer un apartado sobre la misma, dado que cada film de este cineasta destaca en este aspecto. Como ejemplo, tomaremos a Mi vida es mi vida / Wellcome to the Dollhouse (1995), donde podemos ver a una joven Heather Matarazzo interpretando a Dawn Wiener, quien se enamora de un artista rebelde (sin ninguna vista de futuro exitoso y con muchas ganas de vivir el presente) Steve Rodgers, encarnado por Eric Mabius, que le llena de éxito a la banda de garage del hermano mayor de Dawn y nos inserta en nuestro sistema límbico la canción homónima a la película obligándonos a repetirla hasta el hartazgo. 

Cuando hablamos de las críticas que hace a la sociedad con su filmografía podemos utilizar como buen ejemplo de ello a la episódica Palíndromos / Palindromes, donde con su humor habitual nos echa en cara lo desprotegidas que pueden estar la infancia, ya sean niñas, niños o adolescentes, tomando como hilo conductor la decisión unilateral por parte de los adultos de un aborto que conllevará múltiples implicancias bastante negativas para todos los protagonistas.

No hay nada que asiente mejor con el humor negro que las muertes. Solondz tiene el hábito de mostrarnos los decesos como suelen ser en la vida real: descarnados, hirientes y desconcertantes, pero no por eso dejan de ser incómodamente humorísticos. Desde la muerte de Jon Lovitz, un amante que inicialmente juega de superado pero que a los 10 minutos del film nos confiesa su suicido, o la de Dawn por una depresión sin tratamiento oportuno que será confesado mucho más adelante en su filmografía. A partir de las muertes Solondz decide hacer humor, pero sin descartar el malestar.

Por último, debemos destacar una concatenación de las diferentes historias que narra este cineasta. No necesariamente eso nos obliga a seguir a todas las películas, pero los chistes se harán más entendibles. Un rasgo que se debe apreciar, ya que pasan los años a los personajes y a los espectadores por igual.

Cada film que estrene Todd Solondz debe ser visto y debe ser apreciado en el registro que propone: hay que reír con él y sentirnos incómodos, preparándonos para aventuras que en el mundo del maíz inflado ya no existen.

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