Por Emilio Ladetto
Análisis de las principales características de la filmografía del siempre polémico director italiano
«Con Michelangelo Antonioni desaparece no sólo uno de los más grandes directores, sino también un maestro del cine moderno. Gracias a él llegaron a la gran pantalla las problemáticas más duras y difundidas del mundo contemporáneo, como la incomunicación y la angustia», señaló el alcalde de Roma, Walter Veltroni, en su funeral.
Un adelantado en su época, en la década de 1940 Antonioni dejaba su profesión de crítico de cine para empezar su carrera como director, diez años antes que los franceses y su Nouvelle Vague. Un total de 57 años de cine, dos matrimonios (primero con Letizia Balboni y el segundo con Enrica Fico, quien fuera su asistente de dirección en El pasajero) y una gran guerra, que lo mantuvo alejado del cine entre 1942 y 1947.
Podríamos escribir de sus comienzos neorrealistas de la mano de Roberto Rossellini y su preocupación por el proletario y los aspectos rurales de la vida o bien de su etapa final junto a Wim Wenders tratando de autoemularse. Cualquier acercamiento que quisiéramos hacer resultaría efímero comparado a la magnitud de sus aportes.
El Festival de Cannes de 1960 fue el comienzo de lo que se conoció después como “La trilogía de la incomunicación”: La Aventura (L’ Avventura, 1960), La noche (La notte, 1961), El eclipse (L’eclisse, 1962), una de sus etapas más logradas debido a su madurez como artista. El tema principal que trató en esta famosa “incomunicación” es básicamente sobre la falta de emocionalidad en el hombre moderno de posguerra, una sociedad neocapitalista y la alta burguesía. La mujer es la referencia principal en sus tres películas, especialmente con Monica Vitti, su actriz fetiche.
La pérdida, la derrota, el desasosiego no fueron las únicas características de esta etapa, según Adolfo Vásquez Rocca en Música y filosofía contemporánea; “También concedía gran importancia a los silencios y a la banda sonora con ruidos naturales y efectos sonoros, en algo muy próximo a la música concreta, dejando la música —en el sentido tradicional— en un lugar secundario”. El silencio jugaba mucho con su estética y ayudaba a la pasividad de sus imágenes. Continuando con esto, Aldo Tassone y Ángel Lozano Coello en Antonioni, Michelangelo un poeta de la visión, agregan que el director “advierte que ciertos movimientos de la cámara se ajustan mejor a ciertos colores: una panorámica es eficaz con un rojo brillante, pero no se consigue el mismo resultado con un verde áspero. Creía que había cierta relación entre el movimiento de la cámara y el color, así se lo comentó en una ocasión a Godard.”
Blow Up (1966), su segunda película a color tras El desierto rojo (Red Desert, 1964), tiene también la particularidad de ser su primera película fuera de Italia, esta vez adaptando un cuento de Julio Cortázar como Las babas del diablo, la historia de un fotógrafo inglés que investiga una intrigante foto que saco. Este contexto le da pie para mostrar la superficialidad y desencanto de la modernidad, temas que todavía le seguían resonando en su cabeza. Este fue uno de los puntos más alto de su carrera, no solo por su Palma de Oro en Cannes, sino también por sus nominaciones a los premios Oscar (Mejor Director y Mejor Guion), y a los Globos de Oro.
Antonioni es muy poco valorado en la actualidad, seguro menos de lo que se debería. Su cine social, critico, artístico, con una mirada única del lenguaje cinematográfico, sus silencios, su innovadora apuesta por una escasa trama que usó en la citada trilogía (y que molestó a más de uno). Son todas características que perdió el cine con su muerte.




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