Por Melisa Silva
La directora soviética de “La epopeya de los años de fuego” ofrece en esta película de 1967 una mirada muy particular y valiosa sobre la Segunda Guerra Mundial.
Lo inolvidable / Lo que no se olvida / Nezabyvayemoye / The Unforgettable (Unión Soviética/1967). Guion y dirección: Yuliya Solntseva. Duración: 118 minutos
Se puede afirmar sin mucho temor a la equivocación que quien construyó, para la mayor parte del mundo, el imaginario acerca de la Segunda Guerra Mundial fue Estados Unidos. Resulta entonces novedoso descubrir y ver por vez primera Lo inolvidable (1967), que desde otro lugar narra la experiencia de ese horror.
No hay, por supuesto, algo intrínsecamente valorativo en ello, mas aflora al ver las películas de Yuliya Solntseva (1901-1989) algo determinante: lo que es vivir la guerra en la propia tierra, lo que es luchar mientras la casa, la aldea, la familia de uno no está a salvo cruzando el Atlántico o lo que es convivir con los recuerdos que dejó la Segunda Guerra Mundial de sí misma. He ahí una ‘particularidad’ del cine de esta directora soviética que muchas veces ha sido injustamente catalogada como una extensión de Aleksandr Dovzhenko, su maestro y pareja.
Solntseva inicia su film con la reunión de la familia Chavan. La directora presenta primero un plano del fértil paisaje ucraniano en el que el verdor de los árboles y la hierba resalta junto al inmenso lago. Unos niños atraviesan el plano corriendo y dan paso a la llegada de Ivan con su familia. Miembros de la familia que no veremos más terminan de conformar la mesa que Tatiana, la madre, encabeza. Cuando ésta última canta, la directora monta un paneo del paisaje que ya nos había mostrado y que sirve no solo para contextualizar, sino también para quizás unir la significación de la madre con la tierra.
Pienso que esto se apoya también en las palabras que Tatiana les demanda a sus hijos: honrar la tierra y trabajarla. Es en esa demanda cuando se ve interrumpida por un sonido que invade la escena, una explosión trae el recordatorio de la guerra y la confirmación de que eso que está aconteciendo no es más que una excepción. La guerra se presenta como algo disruptivo gracias a la elipsis que une la escena del almuerzo con la separación de la familia. Se escamotea gracias a ese recurso que la escena siguiente corresponde a otro momento (las ropas de Tatiana y la de sus hijos son distintas).
La disrupción también se plantea desde el color; aunque a simple vista podría pensarse que los cambios en el registro del color podrían corresponder a plantear una dicotomía entre momentos alegres y dolorosos; bajo mi perspectiva el color pareciese más bien señalar momentos de excepción dentro de la regla que es la guerra; así, el color aparece en la reunión familiar como en momentos de desautomatización de la muerte y en el desarrollo de una historia de amor, que en la diégesis del film comportan momentos únicos.
La descripción del paisaje también sufre un cambio, el terreno por el cual corre Tatiana para despedir a sus hijos no parece corresponder con el verde campo que recién habíamos visto, parece ya signado por la infertilidad que trae a la tierra los armamentos bélicos. A su vez, el paisaje adquiere importancia en la puesta en escena debido a su omnipresencia y por brindar no solo un contexto, sino por expresar el arraigo de los personajes con su tierra.
La narrativa que Solntseva crea sobre la guerra plantea cuestionamientos al heroísmo – por siglos ligados a la guerra – por medio de la caracterización que hace de los soldados soviéticos jóvenes. Vasyli e Ivan constituyen las figuras principales de ese grupo y son sensibles antes que heroicos, nostálgicos del hogar antes que intérpretes de grandes hazañas. El heroísmo o la demanda de ello, si es que existe, lo está más bien en generaciones anteriores como el padre de Khrystia o Petro, quien lleva adelante la hazaña más grande del film. Solntseva no jerarquiza las escenas bélicas por sobre las demás. Así, la trama de Khrystia es igual de importante que la de Ivan o Vasyli; de hecho, podríamos decir que es ahí – en las escenas no estrictamente bélicas – o en las penurias de los personajes femeninos donde el film adquiere su profundidad.




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