Ensayo: Gabriel Figueroa y el paisaje mexicano

Por Celia Sutton


A partir de sus trabajos con realizadores de la talla de Emilio «El Indio» Fernández, Roberto Gavaldón o Luis Buñuel, Figueroa se convirtió en uno de los directores de fotografía más talentosos y con estética propia dentro del cine mexicano y mundial.


Si a nuestra mente vienen expresiones muy claras del paisaje mexicano, forjado en una rica gama de grises, con un marcado y rotundo contraste, un diestro manejo de sombras profundas y una dramática iluminación, es debido a la fuerte influencia del máximo exponente y creador de imágenes para el cine en México, Gabriel Figueroa, quien sin duda fue el principal director de fotografía que ha tenido dicho país.

Su mirada única y contundente sumado a un distintivo estilo fotográfico fueron elementos imprescindibles para impulsar la industria cinematográfica de México en sus mejores y más prolíficos años, aquellos que se conocen como la Edad de Oro, iniciando aproximadamente en 1936 con la película Allá en el rancho grande, de Fernando Fuentes, hasta la trágica muerte del ídolo del cine mexicano Pedro Infante, en 1957. Allá en el rancho grande fue la película que catapultó la carrera de Figueroa, que incluso le valió un reconocimiento por su fotografía en el Festival de Cine de Venecia.

La fotografía de Gabriel Figueroa nos transporta hacia un México mágico, plagado de figuras y estereotipos que se han grabado en la conciencia colectiva del pueblo mexicano. Ha contribuido de gran forma a fundar su ideología nacional, además de formar una imagen del país hacia el exterior. Así como pinta a México en las películas en las que colaboró como fotógrafo, es como se le reconoce y caracteriza internacionalmente. Arquetipos como la mujer buena y abnegada que cae rendida ante el típico charro mexicano, la madre fuerte y dominante, los paisajes rurales de enorme belleza, la variedad de costumbres, el pueblo y sus canciones, el indígena sumiso y pobre, entre muchos otros, se han convertido en una serie de etiquetas ahora tan comunes, pero que en su momento fueron creadas a partir de un ideal de estado erigido tras la revolución, y que sirvieron para unificar la conciencia del nuevo México.

A través de esta retórica nacionalista y posrevolucionaria, Figueroa, con la motivación central en la creación de un estilo propio, con un sello artístico personal y a la vez nacional, de la mano de los muralistas y artistas mexicanos, entre los que destacan, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y, por supuesto, Diego Rivera, se desarrolla un proyecto de construcción y definición de la cultura mexicana, con una clara participación del estado como promotor.


Su técnica fotográfica

A los 17 años Gabriel Figueroa alternaba sus estudios en el Conservatorio Nacional de Música con las clases de arte en la Academia de San Carlos, y también aprendía fotografía en los Estudios Eduardo Guerrero. Sin embargo, por cuestiones económicas se ve obligado a abandonar sus lecciones y comenzar a trabajar. En un principio ingresó como ayudante en un estudio de fotografías instantáneas, para más adelante servir de asistente del fotógrafo José Guadalupe Velasco, el primero en utilizar luz artificial, creando retratos estilizados y teatrales. Los procesos de iluminación y de impresión fascinaron al aprendiz, y fueron determinantes en el rumbo que tomó su destino a partir de entonces.

Más adelante, Figueroa consiguió una beca para estudiar en Estados Unidos con quien fuera su mentor y más grande influencia en el desarrollo de su arte cinematográfico, Greff Toland, director de fotografía del film El ciudadano (Orson Welles, 1941), entre muchos otros.

Figueroa perfeccionó con esmero la técnica y, debido a su excepcional conducción de la lente, incluso un solo cuadro sacado de contexto puede hoy considerarse una obra de arte en sí mismo. Si descontextualizamos las imágenes de las películas en las que se hallan insertas, podemos observar que tienen voz propia, que son arte puro y que hechizan al espectador porque transmiten un fuego abrazador. A través de un alto contraste, un manejo impecable de la luz y grandes acercamientos a los rostros de los protagonistas su fotografía se hace inconfundible. Se vale de claroscuros, escorzos, de cielos profundos, con nubes que amenazan, para penetrar en la conciencia del espectador y con la idea de un México imaginado por él mismo.

Figueroa experimenta con la luz, con los distintos lentes y filtros, además de procesos diversos de revelado, para llegar al resultado que arduamente busca. Es fundamental que, para obtener un efecto artístico, el director debe dar libertad de acción al fotógrafo; magia que se consiguió entre Figueroa y varios de los directores con los que trabajó, como Emilio «El Indio» Fernández, Roberto Gavaldón o Luis Buñuel.

Sus repetidas colaboraciones con “El Indio” Fernández le permitieron esa posición de autonomía para la creación artística, ya que entre ellos había un profundo respeto por el trabajo y la obra de cada uno. Figueroa describió su trabajo con El Indio, como el de un director de fotografía con facultad para decidir y crear el estilo visual de las películas, con un total control sobre la composición, la iluminación y el emplazamiento de las tomas.

Así, Figueroa tuvo la oportunidad de perfeccionar su don artístico y dar peso y valor incluso a historias no tan buenas. Su sello es rápidamente reconocible, se deja ver en los paisajes contrastados, en los blancos muy bien logrados, en los negros pronunciados, en los rostros fuertes y miradas profundas, o en la suave textura de la piel de sus actrices. Sumado a esto, supo plasmar en sus paisajes rurales una topografía reconstruida, manipulada por la tecnología para crear un entorno un tanto mítico y muy bello.

Con el Indio Fernández exploró un sinnúmero de posibilidades artísticas y fotográficas, ya que por sí mismo captaba la idea que sus películas deseaban transmitir, e incluso llegaba a enriquecerlas cuando hacía falta. Así fue como una larga relación de trabajo produjo importantes resultados, en los que “Figueroa traduce magníficamente las intuiciones del Indio, equilibra con la fuerza de las imágenes las disparidades del relato y rectifica con la belleza visual el desarreglo de la trama” (Carlos Monsiváis, en Las profecías de la mirada, 1993).

Su trabajo en mancuerna tuvo una duración de 13 años, bastante prolíficos en cuanto a recaudación en taquilla, como en elogios de la crítica. Recibieron menciones y apoyo tanto del gobierno como inversión extranjera. Ellos contribuyen en gran medida a crear la imagen de la conocida época de oro del cine mexicano.

Así como lo explica claramente en su libro Nuevas perspectivas (Porrúa, 2008), la doctora Ceri Heggins, investigadora y especialista en el trabajo de Figueroa: “Ya que la cinematografía es precisamente el control y la creación de espacio a través de la elección de lentes, el emplazamiento de la cámara y la luz, de ahí se infiere que el trabajo de Figueroa, por definición, expresa los conceptos culturales de clase, raza, poder e identidad… la centralidad del trabajo de Figueroa …lo ubica como el punto de referencia para las imágenes cinemáticas de nación, a lo largo del siglo XX”.

El deseo de alcanzar un México ideal e irreal, se traduce en obras de arte muy bellas, que se cuelan en las conciencias colectivas, y junto a los artistas de su tiempo, comparte el proyecto ideológico del estado.

Se puede afirmar que Gabriel Figueroa fue el inventor del paisaje mexicano como lo conocemos ahora. Inmediatamente vienen a nuestra mente, cuando se menciona la época dorada del cine mexicano, las poderosas imágenes creadas por este genio de la lente, que dotaba a cada cuadro de una fuerza y poder impresionantes. De tal forma que, si se arrancara uno de ellos del conjunto, hablaría por sí mismo como una obra de arte con vida propia.

(Publicado previamente en El Espectador Imaginario)

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