Por Cristina Barile
Seis etapas de la vida, seis maneras de vincularse con el cine. La construcción de una identidad y las películas como ámbitos de refugio, descubrimiento y formación.
Uno: El cine como guardería
El cine siempre estuvo en mi vida desde muy chica. Era nuestra salida familiar y el tiempo de alegría infantil. Vivíamos en la calle Campana y Mosconi, a media cuadra del cine Aconcagua. Recuerdo que pasamos allí, mi hermano y yo, varias tardes de cine continuado. Mi madre nos llevaba bien temprano bajo la serena, respetuosa y atenta mirada del acomodador que, seguramente, era también el dueño del lugar. No estábamos solos, nosotros nos sumábamos al bullicio de niños en la sala de edades similares. Mi memoria infantil me lleva a imágenes de dibujos animados de la era Disney de los años ’60. A eso de las 18 mis padres nos pasaban a buscar luego de sostener una amena charla con el acomodador para ver cómo nos habíamos portado. Pero nosotros no éramos niños difíciles, así que imagino que esa charla incluía alguna propina generosa por habernos cuidado. Cosas de adultos de aquella época, que habían encontrado el modo de disfrutar esas horas sin niños alrededor.
Dos: El cine como diversión
Con el tiempo, mis padres se separaron y con ello llegó un caos familiar de afectos, mudanzas, cambios de colegios y de amigos. Nosotros dejamos de ser tan niños y nos acercábamos a la adolescencia. Vienen a mi memoria largas tardes en el cine de la avenida Álvarez Thomas, grande, espacioso y con techo corredizo para los días calurosos. Creo haber visto allí toda la producción de spaghetti western, la saga de Trinity, las películas de Louis de Funes y La fiesta inolvidable en reposición, varias veces. En alguna parte, en este tiempo, he visto Cupido Motorizado, dirigida por Robert Stevenson, cuyo primer intérprete fue Dean Jones, un joven actor de la órbita de Disney.
Tres: El cine reparador y reflexivo
La adolescencia y el inicio de la vida adulta no fueron fáciles para mí ni para la Argentina. El retorno a la Democracia fue estimulante, auspicioso, lento, pero instaló un modo de ser y estar en el mundo por la palabra dicha y escrita que contrastaba con el silencio de los años anteriores. Esta etapa me encontró viviendo sola en el primer departamento alquilado con mi propio sueldo en Corrientes y Riobamba, a metros del Teatro General San Martín que, en aquel tiempo, era el lugar ideal para los recitales gratuitos, el cine y el teatro no convencional.
Una tarde, después del trabajo y volviendo a casa, tuve una discusión con mi novio de aquel entonces, que terminó en ruptura. El dolor emocional se vuelve dramático por su conciencia de la pérdida de algo querido. Recuerdo caminar por Corrientes llorando y tratando de disimular lo que era imposible disimular. La sala Lugones me quedaba de paso, pagué la entrada sin fijarme qué película daban. Tampoco importaba mucho, sólo quería un espacio oscuro para llorar, desahogarme y luego volver más relajada al departamento. Y, efectivamente, eso fue lo que pude hacer durante el primer tramo del film hasta que algo me sorprendió, me sacó del llanto continuo, mis ojos repentinamente vieron algo increíble en la pantalla. Una especie de animal emergía y rompía el vientre de un hombre sobre una mesa no quirúrgica. No sé a dónde fue mi dolor anterior. Acababa de estremecerme con la reposición de Alien, el octavo pasajero, de Ridley Scott. A partir de entonces, nada volvió a ser lo mismo ni para mi vida ni para mi vínculo con el cine.
Cuatro: Narrar la pérdida
Ver y disfrutar juntos el cine fue un rasgo distintivo de nuestro matrimonio, ese mismo que me trajo a vivir a la Patagonia que, además, se volvió mi lugar en el mundo.
En tiempos de video club y DVD, primero alquilábamos y luego comprábamos películas que aún habitan en esta casa. Las mismas que analizábamos juntos o con amigos como si estuviéramos en un café después del cine.
Revisamos el neorrealismo italiano, la nouvelle vague francesa, el expresionismo alemán, gracias a los coleccionables que ofrecían los periódicos. Hacíamos mucha vida interior ,pero íbamos al cine local toda vez que podíamos. Ocurre que aquí, en Comodoro Rivadavia, todo queda lejos del centro, donde están los cines, y por eso es muy común organizar encuentros en casa de algún otro.
Pero un día todo esto se acabó. Él estaba enfermo y, aunque todo tratamiento se hizo, los dos sabíamos que la ausencia final llegaría y llegó. No es fácil narrar la pérdida. Lo que se terminó no fue sólo el vínculo emocional amoroso sino un proyecto de vida y para ello no hay reparación, sino aceptación.
Cinco: La reconstrucción
Tengo que decirles que esto tampoco fue fácil. Después de 15 años de matrimonio es muy difícil volver al transcurrir de los días sin el otro. Había iniciado mi carrera profesional como Profesora en Historia en la universidad, pero eso no me alcanzaba para superar la pérdida. Entré en terapia el mismo día que falleció mi esposo, pero seguía llorando por la mañana, la tarde y la noche. Las clases y el aula ayudaron un poco, bien poco. Al cabo de un año mi vida era un desastre pero lloraba sólo por las noches. Una de esas noches, encontré varios DVD en casa que no había visto antes. Descubrí, al verlos, que no entendía nada de lo que estaba viendo. Repentinamente, la pantalla se volvió ajena, un misterio a resolver, se trataban de El almuerzo desnudo, dirigida por David Cronenberg; Terciopelo azul, de David Lynch; y La tempestad, de Peter Greenaway.
No sé si estas eran las mejores películas para atravesar un duelo pero sí sé que me enfrentaron con la idea, el principio fundante de “no entender”. Esta esencia de la incomprensión fue suficiente para sacudir alguna estantería interior. En el mismo momento en que decido hacer un posgrado en Buenos Aires, me inscribo en un curso sobre teoría de la imagen. A partir de allí, otro mundo se abrió, otro modo de estar en el mundo, otro proyecto de vida asomaba guiado por el estudio en mi área de formación y en el análisis del cine. En aquel curso pude ver y analizar Hitler, dirigida por Hans Jurgen Syberberg; Malina, de Werner Schroeter; El año pasado en Marienbad, de Alain Resnais; y Dos o tres cosas que yo sé de ella, de Jean-Luc Godard. En perspectiva, algunas de estos films parecían más difíciles que aquellos otros que motivaron el inicio del estudio sobre cine. Al mismo tiempo. me iba quedando en claro la singularidad de estos directores, algunos nuevos para mí, que resolvían cuestiones técnicas y simbólicas a su manera y muchas veces con escasos recursos.
Seis: Pasado y presente
Puedo mirar el pasado con la ternura del que ha vivido y con la alegría recuperada de quien atravesó las grandes aguas. El cine, sin duda, ha sido una constante ataviada de distintas formas, según la edad y las circunstancias. No me quedan dolores antiguos, pero sí un presente de mucho estudio tanto en mi área de formación como en el cine. La escritura sobre crítica cinematográfica se ha vuelvo una tarea frecuente y llena de satisfacciones que comparto en las redes sociales y en la radio. Quizás este sea el mejor ejercicio, reconocer los caminos que nos posibilitan la vida, la felicidad y seguirlos para ver a dónde nos llevan. A lo mejor se trata de una vida de película.
Comodoro Rivadavia, 19 de julio de 2020




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