Una historia de amor

Por Candela Vey

La Lugones y el Malba, Nanni Moretti y Werner Herzog, los gatos y la vida en común. Y el cine -siempre- como alimento y pasión.

Cruzaron sus miradas en un bar unos meses antes de conocerse, él hablaba sobre la fotografía que iba a realizar en un cortometraje de la escuela, ella había pasado a saludar con un novio de la mano. Se volvieron a cruzar a la salida de un cine, se unieron a un grupo de amigos. Volvieron a intercambiar miradas en un bar, pero esta vez se quedaron más tiempo sosteniéndolas. Hablaron de cine toda la noche, los amigos se deslizaban en los sillones y se internaban en un sueño profundo mientras ellos seguían hablando de cine y de directores: Woody Allen, François Truffaut, Nanni Moretti y Werner Herzog. Él le había contado que iba a todas las retrospectivas del Malba y la Lugones, ella hablaba menos pero lo escuchaba embelesada.

Por un tiempo siguieron saliendo en grupo, pero ellos siempre se quedaban atrás en las caminatas hablando de cine y de música. A ella ya le gustaba, él se dio cuenta y la invitó a la Lugones a ver Hammett, de Wim Wenders. En esa primera cita cenaron en Banchero, pidieron una pizza mita y mita, él se paró para servirle la cerveza, a ella le gustó el gesto. Corrieron por Av. Corrientes para llegar a tiempo a la función, compraron dos entradas en la boletería y subieron al décimo piso. Se sentaron adelante sin preguntarse nada, a los dos les gustaba la misma ubicación. Durante 90 minutos se internaron en un policial negro en color que quedaría grabado para siempre. A la salida, a ella le dio miedo el desamor —hacia poco que se había separado y todavía estaba dolida—, le preguntó qué colectivo iba a tomar y él le respondió, sin apuro, que primero la iba a acompañar a la parada. Caminaron en silencio acompañados por la banda sonora de la película que todavía sonaba en sus pensamientos mezclados con la ansiedad de dar el siguiente paso aquella noche, pero no. 

Ella quería olvidarse, sentía que todavía no estaba preparada, pero él avanzó y se presentó en su casa con un montón de películas de regalo, en la pila de DVDs había una rareza: El desencanto, de Jaime Chávarri. Ella era mitad argentina, mitad española y aquella película se convertiría en un rito iniciático para la realización de documentales en pareja, pero eso llegaría un tiempo después. Pasaron la tarde juntos, charlaron, rieron, volvieron a mirarse como ya lo habían hecho, pero con más ganas. Finalmente él le dio un beso y ella se dejó. Se abrazaron, él sonreía y ella le preguntó el por qué y él respondió que estaba contento, había encontrado a su chica cinéfila. Caminaron por el pasillo del PH sin decir nada, él entrelazó sus manos con las de ella y allí, en ese acto, se fusionaron para siempre.

Pasó apenas un mes y ya habían viajado a Mar del Plata y pasaron su primer año nuevo juntos. A la vuelta de ese viaje vendría el primer cumpleaños, pero a él no le gustaba festejarlo. Ella pensó que ese día no quería verla pero él le dijo: “Yo voy a festejar al Malba viendo películas todo el día, cuando quieras sumarte te espero ahí”. Ella se puso contenta y compartieron juntos las primeras sesiones cinéfilas —eclécticas— con Los paraguas de Cherburgo y The Rocky Horror Picture Show. Luego vendría la primera panzada cinéfila con la retrospectiva dedicada a John Ford y en una de esas funciones míticas sentados siempre en las primeras filas les dieron ganas de aplaudir cuando John Wayne le dice al personaje de Lee Marvin: “Ese era mi bistec”, mientras se agarraba los pantalones para no matarlo en ese mismo instante.

Los años pasaron viajando, concurriendo a festivales de cine y comprando antiguos afiches de cine. Todas las semanas vieron los estrenos en el Belgrano Multiplex, siempre cenando en La Farola antes o después de la función; si no iban cerca del barrio al cine de Devoto, las últimas fueron antes de las vacaciones (y de la pandemia) cuando vieron las de los Oscars. Durante casi 13 años vieron muchas películas, tantas que él llevó un diario de espectador mientras ella guardó todas las entradas desde la primera a la última. Es tanto lo que aman al cine que armaron un cine club en el living de su casa al que bautizaron En construcción —por la película de José Luis Guerin— y desde 2013 proyectan películas todos los viernes para contemplar el cine colectivamente con sus amigxs. 

Hoy se dedican a hacer películas pero también siguen siendo cinéfilos, adoptaron dos gatos, a uno le pusieron Nanni y al otro Werner, en homenaje a sus directores favoritos. Se casaron, armaron su nido, pasaron situaciones complicadas pero el cine los levantó de cada caída. Como el primer día, comparten sus gustos, él además es profesor de historia y se dedica a la historia del cine argentino (su tríada favorita es Hugo del Carril, Leopoldo Torre Nilsson y Leonardo Favio). Ella es guionista y ahora anda mirando películas con perspectiva de género y descubriendo tardíamente a Chantal Akerman y Elaine May, pero sus favoritas siguen siendo: Agnès Varda, Ana Katz y Greta Gerwig. Todos los años se acomodan en el sillón junto a los gatos a revisar una de las tantas películas que los marcó: Aprile (Nanni Moretti, 1998) y, cuando la función termina, se van a la habitación y se adentran en una nueva historia, una que trata sobre la búsqueda del primer hijo y cada uno piensa íntimamente en un nombre, por ahora fantasearon con algunos homenajes cinéfilos y bautizarlo: Pietro o Bianca, pero para eso todavía falta…

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