Por Claudia Maricel Aguinaldo
Recuerdos de aquellas conmovedoras epopeyas de la infancia y la adolescencia de viajar a la ciudad de Córdoba para ver en familia a Los Superagentes, al Sylvester Stallone de Cobra o a Roger Moore como James Bond.
Si tuviera que presentarme, diría que soy parte de y fui criada en esas típicas familias obreras. Mi madre cedió su título de docente de primaria que decidió guardar en un ropero para cuidarnos, porque mi papá iba a ser el que de lunes a viernes haría un viaje de 75 km. durante algo más de 15 años para trabajar de operario en la “Córdoba fabril”.
Lo que para mi viejo eran idas y vueltas de calor, de frío, en colectivos rotos o que no llegaban a horario, para mi hermana y para mí el corazón saltaba cuando llegaban las vacaciones de invierno porque el sueldo siempre daba (o tenía que dar) para que los cuatro fuéramos a pasar un día a la ciudad y la diversión comenzara.
Cuando pasábamos cerca del lugar donde trabajaba nuestro padre, era su motivo de orgullo escucharlo decir: “Ven allá esos vagones de trenes y esas máquinas… las hacemos con unos compañeros”.
Llegada a la terminal, algunas compras de aquello que no se conseguía en “la Villa del Rosario”, almuerzo clásico de milanesas a caballo y allí comenzaba mi felicidad: poder ir al cine. Nunca supe bien quién elegía las películas, eso sí mi mamá se cercioraba de que fuesen para toda la familia.
Llegar al cine era toda una aventura porque había que comprar algo de golosinas antes de entrar y porque la sala ya estaba oscura y seguramente con la película empezada. Nunca pude imaginarme la cara de aquellos que nos escuchaban entre paquetes y bolsas y la voz de mi vieja: “Vamos Claudia hay que sacarse el saco y la bufanda porque acá hace calor y después te vas a resfriar”, pero ya me había evadido, parada con la boca abierta y metida en alguna escena.
¿Y qué es lo que íbamos a ver en familia antes de la era Marvel / DC? Las películas de Los Superagentes; las de “Mojarrita, Tiburón y Delfín”; las del “tonto – simpático, el inteligente – seductor y el ingenuo – fortachón”. En la sala no había lugar para demasiado silencio porque afloraban risas o tenues murmullos con un “bien”, cuando los tres iban contra todas esas “caras de malos” que querían hacerle algo grave al mundo.
Quizás porque, como decía mi papá al salir “estas películas son todas iguales”, es que hoy no recuerdo cuál me gustó más o menos y ni siquiera recordar los nombres de la saga, pero -a pesar de todo sus deficiencias artísticas- hay que reconocer que desde fines de los ’70 y comienzos de los ’80 Los Superagentes fueron nuestros héroes porque sabíamos que siempre iban a resolver todo, que nunca les iba a pasar nada y que siempre estarían los tres juntos.
Desde esta lejanía en recuerdo motivan una sonrisa los cuadros de las escenas que por allí quedaban cortados o cuando no se hacía foco; el sonido de las balas que no mataban a nadie; las “piñas” de Delfín que coreográficamente se veían una y otra vez de la misma manera; o esos besos a las chicas voluptuosas que siempre amaban a los altos, fuertes y lindos y nunca al “pobre Mojarrita”, que apenas recibía uno en su mejilla.
En la preadolescencia el ritual familiar se siguió manteniendo, pero las películas elegidas habían cambiado y allí el que apostaba por películas de acción era mi papá. Llegó la época de “las prohibidas para 13”, pero que sí podíamos ver porque se entraba al cine con un adulto.
Hay dos films que se volvieron inolvidables y al que una y otra vez vuelvo en mis pensamientos, y hasta en la manía de tener hoy colecciones de VHS que se vuelven un disfrute de vez en cuando: 007 En la mira de los asesinos y Cobra, una de las tantas de Sylvester Stallone.
Haciendo un salto en el tiempo podemos decir que ambos films dejaban en claro que la figura masculina tomaba toda su prestancia, pero también avasallaba, dejando poco margen a la figura femenina como coequiper de los protagonistas centrales.
Volviendo a la primera de las películas citadas, en este caso el agente 007 estaba interpretado por Roger Moore que aquí enfrentaba al magnate Max Zorin, en un rol interpretado por el siempre carismático Christopher Walken. Las chicas Bond que aparecían cumplían con el rol prefijado de engalanar la pantalla y al agente (en este caso una de ellas era Tanya Roberts, que venía de su paso por la TV interpretando a una de las agentes de Los ángeles de Charlie). Particularmente me quedó muy presente la presencia de Grace Jones, que en el film oficiaba de amante y guardaespaldas de Zorin. Su imagen andrógina que supo desplegar más allá de la pantalla y establecerla como un sello personal para su carrera como cantante y modelo en 007 En la mira de los asesinos es capaz de desafiar al más famoso agente británico en la recordada secuencia de la Torre Eiffel. Ese marco escénico sirvió de base para la elaboración del videoclip que acompaña el tema central del film, interpretado por el grupo británico Duran Duran, cuyo vocalista Simon Le Bond le aportaba un plus con su estilo glamoroso y fashion.
Al año siguiente, 1986, se estrenaba Cobra con Sylvester Stallone, film que le posibilitó posicionarse como uno de los popes del cine de acción de los ’80. Acá Stallone es Marion Cobretti, cuyos rasgos distintivos son: pistola Colt 45 que tiene grabada una cobra, como su alias; jeans y remera ajustada negra para exhibición de tríceps con cuello en V para que podamos apreciar la piel morena transpirada y su cadena, botas texanas, anteojos oscuros, guantes negros y entre sus dientes un fósforo; maneja un Mercury coupé gris de 1951 (aunque al final toma una moto que ha dejado perfectamente estacionada un integrante de la “Nueva Orden”). Justamente la historia gira en torno a esa organización que tiene como objetivo prioritario hacer desaparecer a la empresaria y modelo Ingrid Knudsen por haber sido testigo de uno de sus crímenes.
¿Qué podemos decir de la presencia de Brigitte Nielsen en el rol femenino protagónico? Poco, porque se mueve como una figura decorativa, aunque en algunas escenas desafía con su altura al propio Stallone; ella es la bella e inocente chica protegida de Cobretti, que se espanta ante el menor destello de violencia. No esperemos ver alguna escena un poco más osada entre Cobra e Ingrid, lo más romántico será escuchar Loving on Borrowed Time interpretada por Gladys Knight y Bill Medley, mientras los dos aguardan en una cama de motel la llegada del día para enfrentar a la banda enemiga.
Última anécdota en torno a la película de Stallone y que converge en esta incipiente cinefilia de niñez y adolescencia. Aunque los recuerdos se pierden un poco cobran luz a través del relato materno. Salida del cine en plena peatonal de Córdoba, pasar por un local de música y pararme a reclamar que me compren el cassette con la banda sonora del film; parece que me dieron el gusto porque aún conservo esa cinta y el walkman donde Stallone y los sonidos hard rock (Jean Beauvoir, Robert Tepper, Sylvester Levay) de los temas siguen acompañándome.




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