Ser del palo (o el origen de mi cinefilia)

Por María Eugenia Costa

Desde 1969 hasta hoy han pasado muchas cosas (y muchas excelentes películas que nos marcaron para siempre) tanto en la Argentina como en el resto del mundo. Este es un recorrido por más de 50 años de historia en la vida de una cinéfila apasionada.


En un intercambio de opiniones relacionado con las versiones posibles y probables de El regreso de  Mary Poppins y el original musical de 1964, un crítico de cine me preguntó si yo era del palo. Para quienes  no  interpreten ciertos modismos o expresiones argentinas “ser del palo” quiere decir que alguien pertenece al  ambiente del arte o de la música, aunque también puede extenderse a otras cuestiones.

En este caso, es obvio que el ambiente que nos convocaba y por el cual yo me desvivo es el cine.

Vale aclarar que mi respuesta fue… “No, no soy del palo”. A  lo que él me contestó  que daba toda la sensación de que sí pertenecía. Nuestra charla terminó derivando en la cuestión de  cuándo nació mi cinefilia. Creo que en ese momento, para salir del paso, le eché la culpa a mis padres por esta obsesión.

Ahora, tomando un poco de distancia de los eventos, tal vez la locura  se origina más atrás en ciertos eventos familiares.

Nací en agosto de 1969, el hombre había llegado a la Luna y unos días después se gestaba Woodstock, considerado el festival más grande en la historia del rock, sobre todo por quiénes fueron los convocados para participar del mismo. Ese año se darían también los eventos de Cielo Drive, y Charles Mason pasaba a la posteridad como el monstruo que fue. En materia de lo fílmico Busco mi destino / Easy Rider inundaba el mundo, protagonizada por  Dennis Hopper y Peter Fonda, una road movie a bordo de una Harley Davidson al ritmo de Born to be Wild. Para esa misma época otro dúo de perdedores interpretados por Dustin Hoffman  y John Voight paseaban por las calles de Manhattan mientras sonaba Everybody’s Talking en la maravillosa Perdidos en la noche / Midnight Cowboy, o  también  los acordes de Raindrops Keep Falling on my Head le daban un marco de eternidad mientras Butch Cassidy, Sundance Kid y Etta Place hacían de las suyas en Butch Cassidy & Sundance Kid. Los geniales Paul Newman, Robert Redford y Katherine Ross les daban vida en la pantalla.

Eran las épocas en que Costa Gavras dirigía a Ives Montand e Irene Papas en Z, en que Clint Eastwood volvía al cine con un western musical como La leyenda de la ciudad sin nombre / Paint Your Wagon luego de su intervención en los spaghetti westerns de Sergio Leone, en que John Wayne era el protagonista de Temple de acero / True Grit film dirigido por Henry Hathaway, del que cuatro décadas después los hermanos Ethan y Joel Coen harían una remake con Jeff Bridges.

En ese año también Gene Kelly tomaba las riendas del musical, que se creía perdido y dirigía a Barbra Streisand en Hello Dolly y Federico Fellini dejaba su marca con Satiricón.

Ese fue el marco en el que nací y crecí. En mi familia en general eran fanáticos del cine (y eso se remonta a mis abuelos de ambos lados). Había épocas en que nos movíamos en tándem familiar yendo al cine, eran los años en que se exhibían dos películas seguidas, y que a la salida era sagrado ir a tomar leche con chocolate o café con leche y ensaimada a la Fonte D’Oro que estaba y sigue estando en la esquina de Córdoba y San Martín, en plena peatonal marplatense.

Tengo muchas imágenes de films de los primeros años de mi infancia, pero entre los que más recuerdo están unos de dibujos animados llamados Bernardo y Bianca ( 1977) y Los aristogatos (1971). También experimenté el miedo con Tiburón (1975) o Tentáculos (1977), mientras que La aventura del Poseidón (1972) me hizo jurar que nunca me iba a subir a barco alguno (hasta ahora cumplí).

En los años ’80 quise ser periodista como Nick Nolte y su cámara Nikon F,  en Bajo fuego / Under Fire (1983) y también quise ser  bailarina como Alex en Flashdance (1985). En esta década fui de paseo al mundo de David Lynch y su Terciopelo azul / Blue Velvet (1986), fui compañera de Tom Cruise en Top Gun (1986), fui parte de la masacre de Vietnam en Pelotón, conociendo así a Oliver Stone, o Cuenta conmigo (1986), de Rob Reiner. Y cómo olvidar la película de Jean Jacques Annaud de ese mismo año, El nombre de la Rosa; o Laberinto, con una muy jovencita Jennifer Connelly y un genial David Bowie; o Cinema Paradiso (1988), de Giuseppe Tornatore.

Históricamente, durante los años ‘70 y los ‘80, pasó de todo: gobiernos militares, dictadura, conflicto con Chile por el Canal de Beagle, recuerdo cuando a ciertas horas se debía oscurecer y bajar las persianas de las casas. En 1982, la guerra de Malvinas; en 1983, las elecciones y la vuelta a la Democracia.

Aun en medio de todo ese marco, pasamos las mejores épocas con mi hermano  Gustavo en cines como el Ambassador en su sala enorme (aún existe), el Atlas,  el América, el Odeón, el Gran Mar, el Atlantic. Muchas dejaron de existir, a manos de Iglesias “universales”, de estacionamientos, otras se reformaron y pasaron a ser varias salas chicas

En los ’90 llegaron El silencio de los inocentes (1991) , Lo que queda del día (1993), La edad de la inocencia (1993), Cuatro bodas y un funeral (1994), Casino (1995), Pecados capitales (1995), El club de la pelea (1999), Magnolia (1999) y otras tantas que marcaron el canon personal en esa década, cuando los videoclubes también hicieron gran parte de mi mundo ( hubiese dado mi vida por trabajar en o por ser dueña de uno).

En 1996 volvió a instaurarse el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, (desde su origen en 1954 duró hasta su interrupción en 1970), ahí mismo perdí el rumbo. El cine puso a prueba mi fidelidad. A partir de entonces, durante diez días todos los años de mi vida, desde ese comienzo y hasta la actualidad, están dedicados a ver cine. Vivo, sueño, como y respiro cine. Todo el año entreno el cuerpo y la mente para organizar el qué, el cómo y el cuándo, decido y diagramo qué ver, cómo congeniar horarios, a qué masterclass asistir, aunque ello implique no tener otra vida que esa. Adoro correr entre película y película, adoro esa adrenalina que me produce entrar en una sala de cine, no hay nada que me prive de ello (este año la pandemia tal vez  juegue una mala pasada, veo difícil que pueda celebrarse el festival este 2020).

Si alguien hoy me volviera a preguntar si soy del palo, diría que sí. No concibo la vida sin cine y sin películas. Hay una escena que amo y con la que siempre lloro, y es el final de Cinema Paradiso. La expresión en la cara de Jacques Perrin mientras ve el montaje final lo es todo. Eso es el cine para mí.

Soy, vivo, sueño y respiro cine.

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