Recuerdos de un comienzo sin final

Por Rubén Darío Rodríguez

Una carta de amor que propone un viaje imaginario por el cine de Terrence Malick, Béla Tarr, Pedro Costa, Aki Kaurismäki, Terence Davies, Robert Bresson y Raúl Ruiz.


“Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.”

Konstantinos  Kavafis


1. El y Ella

Un hombre y una mujer se encuentran en un viejo bar por primera vez. Nunca se vieron antes. No se conocen, pero se intuyen. Como si los hubiese reunido allí Ildikó Enyedi, son, sin saberlo, los personaje de On Body and Soul. Hablan, se miran, se cuentan sus cosas. Aparecen los libros, la música y el cine. Ella habla de su maestro Fernando Birri. Él de sus influencias. Palabras como flechas, miradas que atraviesan. Hablan y hablan, se turban, se acometen en ese juego de seducción. Son muchas las horas de charla y café. Desfilan directores, notorios y desconocidos. Películas de culto y clase B. De pronto Él deja caer un nombre: Aki Kaurismäki, entonces los ojos de ella refulgen. Él percibe la señal. Ha dado en el blanco. Las manos se entrelazan. Salen. 

El primer beso fue en la calle. Los besos censurados de Cinema Paradiso son los que se prodigaron durante toda aquella primera noche.


2. El Chico

Tenía nueve años cuando el televisor llegó a su casa. Hasta ese momento eran las historias de los abuelos, las lecturas incesantes y los juegos en la calle. En un extremo de ese improvisado living pusieron el aparato mágico. Lo primero que recuerda es la llegada del hombre a la Luna (¿Kubrick tal vez?). Nunca olvidará la marca que esas imágenes dejaron en su memoria. Ahora las historias venían a su encuentro a través de esa pantalla en blanco y negro. En ese viejo Ranser lo asustaron Lon Chaney y Vincent Price, resolvió enigmas con Hitchcock, bailó con Fred Astaire y cantó bajo la lluvia con Gene Kelly. Nadó coreográficamente junto a Esther Williams, se descolgó de los arboles con Johnny Weissmuller, conquistó barcos piratas como compañero de Errol Flynn y esperó el tren a Yuma junto a Glen Ford. 

Luego llegaron las películas de Sábados de Súper Acción y Acción a las Diez. Más tarde vinieron las salidas con el Padre, toda una tarde en continuado en el viejo cine de barrio, el maní con chocolate, James Coburn en Flint: Peligro supremo, Godzilla y los extraterrestres también. 

Creció, pero ya tenía el cine en continuado para sí. Allí siguió las historias de los spaghetti westerns, los policiales y, cuando podía camuflarse en las últimas filas, las películas de la dupla Isabel Sarli y Armando Bo como estímulo para su despertar adolescente.


3. El Joven 

Noche de sábado. Un grupo de jóvenes se prepara para la salida habitual de ese día: la disco. Entre todos uno desentona, no quiere más Fiebre de Sábado por la Noche. Desea otra cosa, o como dijera Rulfo: “se conoce que lo arrastraba el ansia. Y el ansia deja huella siempre”. Lee a Magrini en El Cronista, le hablan de un tal Akira Kurosawa. Propone la visita al cine previa a la trasnoche de boliche. De tanto insistir, convence. Frente a la pantalla se deslumbra con los ejércitos de Lord Ichimoji, los castillos incendiados, las batallas por el poder entre Jiro y Saburo. Mira flamear los mismos estandartes que asombraron a Daney. Su sensibilidad desborda de gozo. A la salida el grupo, de cara larga y refunfuñando, reclama ante un joven extasiado por esas 2.40 horas de “aburrimiento”. No sabía decir entonces que el aburrimiento no es una categoría estética. Sí supo, en ese momento, que debía dejar su Itaca natal y seguir su propia huella.


4. Esa Mujer

Esa mujer se parecía a la palabra nunca”, dijo Gelman. A Él le parecía “la libertad”.  Todas las posibilidades además del amor: cine, música y libros. La vida que Él quería. Vivieron juntos. 

Aparecieron en esa época las jornadas en la Cinemateca de la SHA, cientos de películas en copias rayadas vistas desde aquellas butacas quejumbrosas. También las funciones a cielo abierto en el National Palace de la avenida San Juan, o el continuado del Select Boedo.

Para Él aquella mujer parecía saber todo. En una época en que no existía Internet, ni IMDb, registraba las películas en cientos de fichas de archivo acumuladas en cajoncitos apilados a un costado de la biblioteca. 

Él quería acortar distancias: miró enfervorizado, leyó hasta enrojecer, estudió sin parar. ¡Ay, pobre iluso!, cuánto le faltaba saber. 

El cristal por el que miraba se empañó. Todo fue intenso, pero se consumió rápido. El espejismo se deshizo tan pronto como empezó a caer la noche. 


5. El Pase del Testigo

Muchos años después, cuando pusieron en sus brazos aquellos pequeños cuerpos, supo que su vida había cambiado para siempre. Ahora era Él quien sabía. Enseñó, explicó, mostró. Se fueron acumulando Nemo, Toy Story, Harry Potter, Ratatouille  y Fantasía. Aparecieron Charles Chaplin, Buster Keaton, los hermanos Marx,  Chihiro y Totoro, todo Estudio Ghibli también.

Puso entonces, los cimientos para una nueva generación. 


6. Ellos

El hombre y la mujer del comienzo están juntos. Ella le dedica sus libros, Él le regala músicas y cuentos. El cine los juntó. Viven y respiran cine. 

Hablan de Krasznahorkai (Ella dice que nadie lo leyó completo como Él) y de Tarr (Él responde que leer a László es necesario para comprender a Bela); del valor de la papa para la subsistencia en Turín, también. 

Aman a Pedro Costa, a Vitalina y a Ventura. A Malick y Terence Davies. No se ponen de acuerdo con Apichatpong Weerasethakul ni con Tsai Ming-liang. Entre mirada y mirada surgen Tarkovsky, Mekas, Godard, Marker, Cassavetes o Kramer. A través de las caricias emergen Bresson o Raúl Ruiz. Como en una Cinta de Moebius hecha de celuloide se deslumbran, se emocionan y discuten en interminables contrapuntos rizomáticos. 

Mutan y aparecen Jonathan Rosenbaum y Adrian Martin. Tambien Bazin, Daney y los Cahiers. Ella le regala un Roy Andersson y Él la agasaja con Côté o Schanelec. Ellos juegan a quererse en derivas sin fin.

El hombre, que antes de Ella fue llaga, sanó. Como en el antiguo arte japonés del Kintsugi reparó las fracturas del alma, pero reemplazó el oro por el amor, a Ella y a las películas. Él mira hacia atrás en el tiempo y sonríe, sabe que el viaje valió la pena; sabe que en el camino, mientras avanzaba, de vez en cuando, vio breves destellos de belleza.

Fotografía: Terrence Malick – Days of Heaven

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