Viaje a los orígenes de mi cinefilia

Por Diego Conesa

Iniciamos una serie de ensayos personales sobre cuestiones ligadas a la experiencia cinéfila. En este caso, una que va de Dino Risi a Arthur Penn, pasando por Peter Medak, John Cassavetes, Ettore Scola, Thomas Vinterberg y Ken Loach.


La culpa la tiene -en gran parte- Hugo. Mi viejo es bastante responsable de esta condición que me define, de este amor (excede la mera pasión) profundo e intenso por el cine, que con los años no hace más que empeorar.

Como quien no quiere la cosa, desde muy chico me contaba anécdotas muy graciosas mencionando a tipos como Sordi, Gassman, Tognazzi y Manfredi, otras más profundas con nombres como Mastroianni y Trintignant, y otras más sensuales bajo el nombre casi excluyente de Sofía Loren. Era común que cerrara sus frases con un pícaro “Modestamente….” (Il sorpasso, Dino Risi, 1962).

Cada tanto, me llamaba para ver en la tele algunas rarezas, entre las cuales recuerdo especialmente El globo rojo (Le ballon rouge, Albert Lamorisse, 1956), por su belleza, su magia y su triste final. Con los años ese amor por el cine de su juventud fue evolucionando hacia un descubrimiento mutuo de nuevas películas y autores.

Pero, volviendo al origen de este mal que me aqueja, debo decir que Hugo no es el único culpable: el azar hizo lo suyo también. Puedo encontrar los primeros rastros en dos películas que se me cruzaron por casualidad (¿o no?) en la tele, en aquellos sábados de trasnoche. De la primera (era muy chico, no puedo precisar la edad) recuerdo perfectamente el impacto que me causó el violento asesinato de esa pareja de ladrones enamorados, ametrallados contra su auto. Esa noche me costó dormir. Venía disfrutando de sus aventuras y sus escapes hasta que el sangriento desenlace me dejó helado y triste. Con el paso del tiempo comencé a sospechar de que se podría haber tratado de Bonnie y Clyde (Bonnie and Clyde, Arthur Penn, 1967 ). Lo confirmé recientemente cuando me decidí a verla. Nada era como lo recordaba -los trucos de la memoria- excepto el violento fusilamiento, tan impactante hoy como entonces.

La otra fue algunos años después -rondaría los 12- pero esta vez yo me la busqué. La tele venía anunciando con gravedad una temible película de terror y no me la iba a perder. Luego de verla, esa noche tampoco me podía dormir, pero no tanto por el miedo o la impresión sino debido a una nueva forma de placer que aún no tenía nombre. La película me había desbordado. No me alcanzaba con haberla visto, necesitaba contarla… muchas veces. Así, en una suerte de obsesión -y durante demasiado tiempo, me temo- le relaté Al final de la escalera (The Changeling, Peter Medak, 1980) con acting, creación de climas y lujo de detalles a todo amigo, amiga y amigue que quisiera escucharme.

Tiempo después, y a medida que me fui empapando del mejor cine de autor en busca de mi carnet profesional de cinéfilo consumado, asumí que esta película de mi infancia habría sido seguramente una de terror menor, como tantas medio pelo de las que daban en la tele. Hace unos días, para mi sorpresa, la ví en una lista de 10 películas imprescindibles, en un ranking que “dicen” escribió Martin Scorsese. También la reivindica un prestigioso blog de cine de terror como una de las películas que más influyó sobre posteriores corrientes del género, en especial el asiático.¿Fui injusto con ella? ¿Cuál es su valor real? ¿Debo volver a verla? ¿Elijo dejarla en el mejor de los recuerdos y ya no juzgarla?

Llegaron la adolescencia, las hormonas, el amor y la confusión. Me conmueven tanto Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988 ) como Top Gun (Tony Scot, 1986) y Karate Kid (1984, John Avildsen). Quiero ser Salvatore, Daniel Larusso y Maverick, todo en uno. Pero otra vez el azar (¿o no?) me devolvería con toda la fuerza al camino del mejor cine. Sucedió una tarde de vacaciones en Mendoza, en la que acordamos con un grupo de amigos y amigas ir al cine a ver Héroes, el documental sobre la Copa del Mundo que ganamos en 1986. Pero el combo (todavía había algunos cines con funciones dobles, con pausa para ir al baño y comprar golosinas ) venía precedido por un “plomazo” italiano titulado La familia (La famiglia, Ettore Scola, 1987 ). Si, yo también me pregunto cuál fuE el extraño criterio para armar este combo. Pero lo cierto es que aquí me cruzo con la película más determinante, la bisagra, que marcaría definitivamente mi rumbo.

Todos salimos excitados con la gesta heroico-deportiva, bufando por el plomazo italiano que la había precedido. Yo no podía confesarLE al grupo lo conmovido que estaba por esa historia de vida que no podía dimensionar aún.

Pero el efecto de esta obra maestra protagonizada por Vittorio Gassman, Stefania Sandrelli, Fanny Ardant y Philippe Noiret, que no está en ningún ranking obligado del manual cinéfilo, volvería con mucha más fuerza, varios años después, al reencontrarme con ella a una edad más adecuada para poder entenderla y apreciarla. Desde entonces la vi una cantidad de veces que me resulta bochornosa, no la voy a confesar, y tampoco tengo el número exacto. Lo cierto es que para mí La familia funcionó mucho tiempo como un cuadro en una casa: podía cruzarme con ella a diario y nunca cansarme.

Otro hito importante fue ya en mis veintipico y con bastante cine encima. Un viernes por la noche alquilamos con Hugo una película inglesa titulada La canción de Carla (Carla’s Song, Ken Loach, 1996). La mezcla de ficción con momentos de apariencia documental, el realismo al mezclar actores y campesinos, una historia de amor dentro de una denuncia política del intervencionismo de EEUU en los gobiernos de Latinoamérica.¿Qué era todo eso? ¿Quien es Ken Loach? Me compré un libro sobre su vida y su obra, me metí de lleno, vi sus películas y podríamos decir que entré en una nueva fase, en la cual el placer de descubrir y ver películas se expandía hacia el placer de investigar, analizar, relacionar y escribir apuntes sobre sobre cine.

El siguiente cachetazo fue doble. Finales de los ’90, Escuela de cine, Gustavo Postiglione insistía -un poco a la fuerza- para que nos gustara un cine difícil de digerir: Glauber Rocha, Jean-Luc Godard, Leonardo Favio. La cosa no me entusiasmaba, incluso me frustraba: ¿No estoy a la altura de esos autores? ¿Acaso no soy digno?!! Pero una noche Gustavo proyectó una larga escena de Faces (John Cassavetes, 1968) y fue amor a primera vista.Desde entonces, y por muchos años, John fue mi referente, mi guía, mi modelo y héroe del Cine Independiente.

De manera casi simultánea, me golpeó con toda su fuerza La celebración (Festen, Thomas Vinterberg, 1998) y los muchachos del Dogma 95. Y aquí voy a hacer una defensa encendida de este movimiento que muchos denostan y califican de marketinero, tonto y efectista. Para muchos de los que queríamos ser realizadores por aquellos años, significó una inspiración. La nueva tecnología digital, y este sistema de restricciones fue una manera radical de decirnos: “Ya no hay excusas para filmar la historia que quieras contar, una camarita basta y así te lo demostramos”.

Con los años, y con distinta intensidad según las circunstancias, me seguí llenando de cine, aunque sin hitos tan claros ni marcados. Pero podemos hablar de un último click. Esos que te llegan sin buscarlo, cuando tienen que llegar. Luego de tanto cine de autor, independiente, joyas, clásicos, palmareses y vanguardias que suponen el mejor cine, comencé a “permitirme” explorar, encontrar y disfrutar de cierto cine de género, que siempre lo tuve en un escalón más bajo. Volver al cine de terror, la ciencia ficción, el policial, el thriller, el western, la comedia, el cine bélico y las fusiones más variadas.

Esperando siempre descubrir el siguiente hito, la nueva corriente, el nuevo cine de ese remoto país, ese nuevo o escondido autor o autora, a esta altura tengo claro que se trata de buscar, abrir, expandir, equivocarme y crecer. Nunca excluir, cerrar, restringir y menos aún cancelar.

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