Por Claudia Maricel Aguinaldo
Reseñas de dos largometrajes sobre el tema del miedo en el marco de las sociedades posmodernas que fueron presentados en la Competencia Internacional del 5º Festival Internacional de Cine Ambiental (FINCA), que este año tuvo una edición 100% online.
TITO Y LOS PÁJAROS (Brasil – 2019 – 73′), de Gustavo Steinberg, Gabriel Bitar y André Catoto.
BIENVENIDOS A SODOMA (Austria – 2018 – 90′), de Florian Weigensamer y Christian Krönes.
Pacho O’Donnell comienza el primer capítulo de su libro La sociedad de los miedos diciendo: “Ser distinto significa, etimológicamente, tener otro tinte o color. Es ser otro y por lo tanto peligroso, pues los demás podrán proyectar en él aquello que temen o les desagrada (…) La diferencia suele castigarse con la discriminación, que en el mejor de los casos se vehiculiza como marginación…”. Más adelante, transcribiendo una entrevista realizada a Eduardo Galeano, el periodista y escritor uruguayo, sostiene: “Habitamos un mundo gobernado por el miedo. El poder come miedo, ¿Qué sería del poder sin ese alimento que él mismo genera para perpetuarse?”.
Pero… ¿cómo nos situamos en este marco a partir de las imágenes ligadas al tema de interés de este artículo?
Tito y los pájaros es una ópera prima de animación que tiene como personaje central a un niño de 10 años, tímido y aprendiz de investigador, que vive junto a su madre y pasa su tiempo con dos amigos. Un día, una epidemia se desata en la ciudad, haciendo que las personas se enfermen por el solo hecho de tener miedo. Tito empieza a deducir que una máquina que construía su padre interpretando el lenguaje de los pájaros tiene la cura.
La historia va girando alrededor de tres parámetros: social, ambiental y político. La vida en las grandes urbes ha adormecido el contacto con la naturaleza, la diferencia de clases se ha vuelto un punto excluyente (interesante los diálogos y situaciones que vivencian Tito y sus amigos Buiu y Sarah) y las mezquindades de intereses (en el padre de Teo) tienen la palabra central.
En relación a otros títulos animados destinados a toda la familia y surgidos dentro de la industria cinematográfica norteamericana, acá los héroes son personas comunes, seres de “carne y hueso”; los villanos no son tales; no hay lugar para cataratas de situaciones emocionales que tengan al público pendiente, la atención se dirige a una fuerte reflexión sentimental.
Cabe señalar que el retrato que la película muestra en torno a la enfermedad devenida por el miedo se legitima en los fuertes trazos del dibujo y en las tonalidades que se aplican, donde prevalece la paleta de naranjas y amarillos. Eso es lo que resulta atrayente a lo largo del metraje.
Desde el Brasil ficticio asediado por una epidemia pasamos en Bienvenidos a Sodoma a la vida cotidiana en un vertedero de chatarra electrónica: Agbogbloshie, el mayor del mundo, situado cerca de la capital de Ghana. Allí, a través de la cámara y las voces de algunos protagonistas de una urbe de alrededor de 6.000 personas, se desarrolla una subcultura alimentada por el dualismo centralismo-periferia.
Desde los países desarrollados llegan anualmente toneladas de material electrónico en desuso. La periferia recibe estas montañas que propicia un foco altamente contaminante. Poco importa si los que allí están son personas o quizás un WALL-E, están solos y sin una visión de futuro, la única que puede aflorar es aquella utopía del escape aunque no sepan si van a llegar en esa travesía o si van a perecer en el camino.
Los realizadores austríacos Florian Weigensamer y Christian Krönes, sin embargo, se permiten una perspectiva de pasado, pasando por la amplia mitología africana. Por eso, al comienzo del film y utilizando una voz en off se aprecian en diferentes primeros planos a un camaleón, que fue el encargado de anunciar a la humanidad que los hombres eran inmortales. En este caso, regresa para enojarse con la raza humana por haber hecho de la tierra un infierno, un basural contaminante. A partir de allí, muchas de las escenas se vuelven abrumadoras: el sonar de los martillos que rompen componentes de computadoras y eternas fogatas para que el plástico desaparezca y aparezca el “oro” (cobre) que será canjeado por míseras monedas.
¿Dónde está presente en Bienvenidos a Sodoma el miedo del que hablábamos en un comienzo? Surge en los diálogos que mantienen estos seres anónimos, tan anónimos que a veces la cámara se aleja demasiado para mostrarnos un horizonte que se desdibuja entre tanto gris, el de la basura y del humo.
El miedo a la travesía que hay que emprender porque uno se vuelve rápidamente viejo en ese espacio, acaso: ¿cuántos años tiene la aguatera que ya no soporta largas caminatas y envía a las niñas que sí pueden hacerlo? El miedo a mostrar la identidad de género porque en una sociedad patriarcal como la africana, donde no hay lugar para un “gay, judío y exconvicto”; tampoco para ser una “chica” que revuelva en la basura; el ser “chico” es la única forma de negociar un precio más justo entre los objetos que se encuentren.
Ese miedo a que nos miren diferente nos convierte en piedras, nos vuelve mudos, nos deja apartados. Los pájaros de Tito y el camaleón que el dios zulú Unkulunkulu nos envió están observándonos.




Deja un comentario