Crítica de “Oslo, 31 de agosto”, de Joachim Trier: El abismo

Por Diego Conesa


Esta película disponible en la plataforma de streaming MUBI es la versión actual de la novela «Fuego fatuo», del escritor francés Pierre Dreu La Rochelle, llevada al cine por primera vez en 1963 por Louis Malle. Un conmovedor relato sobre la adicción a las drogas y la lucha por salir vivo.


Luego de un dramático y fallido intento de suicidio en un lago cercano, un joven regresa -aún empapado- al centro de rehabilitación en el que se encuentra internado por su adicción a las drogas. La mañana siguiente deberá enfrentar su primera salida por 24 horas y ese es el eje y el lapso de tiempo que retrata la película dirigida por el danés (criado en Noruega) Joachim Trier.

En ese soleado día de agosto, Anders intentará reencontrarse con personas y lugares, fragmentos rotos que le permitan repensar o recomenzar su vida. Un recorrido físico y emocional en búsqueda de algo impreciso; ayuda, comprensión, amor, perdón o sólo algún sentido para seguir adelante.

El cine ha retratado en muchas ocasiones el problema de las adicciones como un descenso a los infiernos, una exhibición explícita de patetismo, abandono y promiscuidad (este sería el caso si fuera dirigida por el otro Trier, célebre primo lejano de Joachim). Lejos de ese registro, Oslo, 31 de agosto elige un ritmo sereno y un tono melancólico, definitivamente triste por momentos. El film busca y logra un equilibrio entre la cercanía emocional al personaje y una distancia casi respetuosa. Los hechos y las conversaciones nos van develando partes, fragmentos que nos permiten asomarnos a la historia reciente de Anders, sin explicarlo todo, sin acudir a dramáticos flashbacks de sus días más descontrolados.

En sintonía con el tono del relato, la conmovedora interpretación de Anders Danielsen Lie logra plasmar con gestualidad mínima el desdoblamiento entre la aparente serenidad de Anders y el desesperante estado de angustia y soledad que lo invade. Una actuación justa y contenida nos deja ver en sus ojos y algún gesto el interior quebrado del personaje, mientras sonríe, conversa y bebe. El registro actoral, el punto de vista de la historia y la mirada compasiva con un personaje enfermo la conectan con El hombre del bosque (2004), probablemente la mejor interpretación de Kevin Bacon, en la que se narra el intento de reinserción de un condenado por el peor de los delitos.

La empatía que vamos entablando con Anders en este recorrido nos permite entender y vivenciar el abismo que separa la realidad del adicto de la vida cotidiana del mundo que lo rodea. Esto se plasma de manera notable en una escena -también presente en la versión de Louis Malle- en la que Anders se encuentra solo, tomando algo en un bar, mientras observa la gente en su mesas. En un ejercicio imposible de planos sonoros, parece poder escuchar desde su mesa todas las conversaciones: confesiones, dilemas de amor, charlas de trabajo, risas, sueños y deseos de propios de la juventud. Un mundo de normalidad que lo rodea, del que no forma parte, ni sabe ya cómo hacerlo.

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