Crítica de «El porvenir», de Mia Hansen-Løve: La reinvención

Por Matías Campo

Isabelle Huppert es la protagonista de este valioso largometraje de la talentosa directora de Todo está perdonado, El padre de mis hijos, Un amor de juventud, Edén y Maya.


Mujer divina es un tema del cantante de boleros Agustin Lara, (reversionado hace pocos años por Natalia Lafourcade) que habla de un hombre exaltando a la mujer que ama a través de metáforas. Podríamos pensar y asociar esas mismas metáforas amatorias a las heroínas de las películas de Mia Hansen Love: (Sonatina pasional en Un amor de juventud, que está mostrado por un amor tatuado en el corazón de una adolescente, que se replica de adulta y logra superarlo; «El altivo porte de una majestad» de Mujer en El padre de mis hijos, sobre una mujer que queda viuda de un productor que se suicida por sus deudas y, sin embargo, ella asume ese desafío con fuerza y determinación; y -siguiendo este hilo de metáforas- «El hechizo de la liviandad» queda exacto para Nathalie,, la protagonista de El porvenir (L’Avenir), película con la que Mia Hansen-Løve ganó el premio a Mejor Dirección en el Festival de Berlín 2016.

Y, aunque empezamos hablando de música, en este film hay poco uso de la misma, excepto en dos escenas fundamentales. No se utiliza un leimotiv que nos lleve o nos fuerce a tener empatía o pena por las malas situaciones que le suceden a la protagonista, no cae en el facilismo del cliché de la historia melodramática porque justamente la película quiere que la acompañemos y miremos lo que le sucede sin juzgar.

Sin embargo, como anticipé hay dos escenas donde la música es fundamental, dos momentos clave en la vida (¿o nueva vida?) de Nathalie (Isabelle Huppert), que reflejan una pérdida y una ganancia según su propio pensamiento.

Cuando ella deja por última vez Bretaña, lugar donde vacacionaba desde que se casó, suena en el auto un Lied de Franz Schubert basado en un poema llamado Cantando en el agua, que habla de un amor que recién comienza, aunque aquí se perciba uno que termina. Ese poema sugiere un estado de somnolencia que se acerca a un sueño: el fascinante y breve momento del crepúsculo. La oscuridad pronto vendrá sobre el paisaje y la maravillosa imagen se desvanecerá con el anochecer, quizás por eso la paradoja del significado de la canción en la escena.

El segundo también se da con su protegido Fabien (Roman Kolinka) en un auto, donde están escuchando un tema de Woody Guthrie (cantante folk de los años ’30 idolatrado por Bob Dylan, que cantaba temas sobre los oprimidos, contra la explotación humana y el fascismo) y ella descubre que, pese a las pérdidas que tuvo en ese tiempo, se siente más libre que nunca, que ha recupero esa libertad de la adolescencia.

¿A todo esto de qué va la película? Nathalie, la protagonista, tiene más de 40 años, es profesora de filosofía, tiene una madre manipuladora que finalmente fallecerá, un marido que la dejará por una amante y un trabajo en una editorial donde abandonarán sus escritos, ¿Qué podría hacer con toda esa carga?, ¿Sumirse en la tristeza?, ¿Tener algún ataque de ira? ¿Enfocarse en seguir sobrellevando su vida y sus contratiempos?
Ella opta por esto último y Hansen-Løve nos lo manifiesta con una puesta en escena compuesta en su mayoría por planos amplios y luminosos. ¿Y por qué elige filmarlo así?

Nathalie, siendo profesora de filosofía, intenta hacer pensar a sus alumnos, a reflexionar sobre el amor, la libertad, la verdad; incluso en las caminatas con su protegido Fabien por los parques o en el campo habla con él de esos tópicos. La directora entiende que eso debe filmarse en espacios abiertos, con luz natural, con brillo. No convierte a Nathalie en una persona oscura o sumida en la depresión. No es casual que los momentos más angustiantes (como cuando su madre queda internada en el geriátrico, el llamado que recibe con la mala noticia de su fallecimiento o cuando su marido le dice que tiene un amante) sean en espacios cerrados o de noche porque la mayoría de la película es abierta y diáfana.

Tranquilamente la película podría haber sido tratada desde otro ángulo más oscuro, donde el melodrama se impusiera sobre la protagonista y eso nos llevara a que fuese como esas películas donde las situaciones son en su mayoría propagadoras de lágrimas y pañuelos, pero se nota en la directora una búsqueda más profunda acerca de cómo pensar en los contratiempos que la vida nos impone y una búsqueda de otros caminos para sobrellevarlas, en una idea de resiliencia clara y continua.

Incluso esa búsqueda se ve en la forma lateral que incluye un tema político de ese momento y que encarna dos extremos; la juventud y la madurez; los estudiantes reclamando con huelgas sobre el problema de la jubilación. Y la protagonista en el medio, una mujer que está más cerca de su jubilación pero con alma jovial, que sigue, entre otras cosas, luchando por enseñar, alejándose de esa manera una vez más de la idea de final.

Puedo deducir que Hansen-Løve filma con tranquilidad, con paz, como si quisiera con sus cambios de planos entre generales, medios y algunos primeros planos (que no grafican ni sugieren melodramas, como ya dijimos), con una elección estética y de montaje; mostrarnos los diferentes tonos que maneja y que le suceden a Nathalie. La manera en la que filma la directora es simétrica a cómo toma la protagonista las cosas que le ocurren, con una paz y razonamiento superior. Con la liviandad que Agustin Lara se refería a su amada en la canción, así es como Nathalie acepta su destino. Con una liviandad exenta de carga, de pesar, que le deja seguir caminando hacia adelante, hacia un porvenir que, con la llegada de otro tipo de amor, el de su nieto (como se ve en la última escena con ella cantándole una canción para dormirlo), se adivina venturoso y feliz.

Deja un comentario

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑