Por Candela Vey, Gimena Meilinger, Cristina Barile, Matías Campo, Vanesa Berenstein y Tomás Palese
Un muy valioso cortometraje argentino (que tiene cuatro reseñas diferentes), otro notable trabajo del japonés Kôji Fukada y un fallido documental mexicano conforman la cobertura de la cuarta jornada del festival que se desarrolla hasta el 7 de junio en YouTube.
–La siesta / The Nap (Argentina/2019, 15’), de Federico Luis Tachella
Reseña 1
El cortometraje escrito por Federico Luis Tachella y Rita Pauls, que tuvo su estreno mundial en el BAFICI 2019 (donde además fue premiado), tiene un comienzo potente: una escena en un bar lleno de mujeres completamente despreocupadas por su desnudez. Una historia intimista que invita a reflexionar sobre el deseo y el paso del tiempo, sobre la apetencia sexual de los físicos arrugados, llenos de varices y cicatrices, esos cuerpos disidentes lejos del canon de belleza y la heteronorma.
En un registro documental onírico, una joven (Rita Pauls) envuelve a su abuela (Graciela Ninio) en una montaña rusa de fantasías, invitándola a experimentar con su propio deseo a la hora de la siesta y así dejarse llevar por el erotismo, acercar los cuerpos, entrelazarlos, olerlos y lamerlos, lejos de los prejuicios y de las fronteras auto impuestas.
Tachella dirigió el largometraje Vidrios (2013) y el corto Mirko (2018), ambos fueron seleccionados por el BAFICI en diferentes ediciones. La siesta integró la competencia oficial de cortometrajes del 72º Festival de Cannes (se puede ver dentro del Programa 1 en esta muestra de YouTube) y también fue seleccionado por el de Toronto. CANDELA VEY
Reseña 2
Este cortometraje deslumbra desde la irrupción de lo cotidiano, o la naturalidad, depende el cristal con que se mire. El desnudo del cuerpo humano es algo normal, pero en el mundo en que vivimos, patriarcal, machista, corrompido por el ojo masculino y la heteronormalidad, está mal ver una mujer sin ropa.
Esta vez, en un bar típico de la ciudad de Buenos Aires, de los que estamos acostumbrados a ver en todos los barrios, donde el mozo sabe cómo poner la cucharita para que se vea mejor el café al presentarlo y las servilletas no secan, los hombres van vestidos y las mujeres no. Esas féminas al desnudo no son expuestas como algo sexual, sino sentadas a la mesa, teniendo charlas banales con sus amigas. Lo raro de todo esto es que están en piel y eso dispara en nuestras anticuadas mentes una alarma que dice que algo anda mal.
La siesta logra conmover al espectador al narrar con respeto y ternura las vivencias de estas mujeres. No sólo la de los bares que están desnudas, sino también la de una abuela con sus nietos tratando de animarla y acercándose generacionalmente a través de trucos de belleza y fotos de chicos en Instagram, de mimos y secretos. En un universo casi onírico, se entremezcla lo real y lo fantástico, dando lugar a un erotismo inusitado entre esa abuela y los nietos. La anciana es seductora, los viejos tienen sexo, y estos temas son evadidos por el mundo que castiga a quienes sienten más allá de lo establecido por cánones absurdos en los que sólo el joven y bello desea. GIMENA MEILINGER
Reseña 3
Desde el punto de vista de las instituciones de la salud, la vejez suele ser entendida como una construcción social y biográfica correspondiente al último momento de la vida humana. Esta definición, generalmente aceptada más o menos en estos términos, es una propaganda y una preparación para la muerte anticipada. Lo que en el fondo resulta trágico porque, en realidad, las personas viven hasta el último aliento y no mueren antes de ello.
Esa franja etaria tiene vida a raudales. Eso lo entendió y expresó Paolo Sorrentino en su obra Youth (Juventud), donde expone la vejez y sus problemas en personajes célebres.
En este caso, Federico Luis Tachella -entre el surrealismo y lo real- nos presenta al cuerpo que atravesó el tiempo pero que también es el lugar del goce. Aquí hay un cuestionamiento a lo instituido, a la normatividad, a lo aceptado y dado por hecho, respecto de lo que se puede y no se puede hacer con el paso del tiempo. Para ello recurre a una historia querible que llega desde el afecto entre una nieta y su abuela para dar lugar al placer terrenal. Es destacable que todo ello parte de un conjunto de imágenes respetuosas de los cuerpos, de los sentidos y de las sensibilidades. La oración final proporciona el marco propicio para exorcizar toda muerte prematura. CRISTINA BARILE
Reseña 4
Hubo una época en la que el Nuevo Cine Argentino (NCA) irrumpió con películas que cambiaron de alguna manera el panorama de lo que se filmaba en el país, el de esas películas que se habían enquistado y dividido entre la denuncia a lo ocurrido durante la última dictadura militar y el pasatismo. Ese nuevo cine argentino, con títulos como Pizza, Birra y faso, Rapado o Mundo Grúa, empezó a hacernos ver otros temas más anclados en la realidad cotidiana o en el minimalismo.
Fueron películas que abrieron camino a nuevos directores, nuevas temáticas, siempre con ideas innovadoras o arriesgadas. El problema surgió, para mí, cuando el NCA empezó a repetirse en un tránsito aletargado de películas donde el tiempo pasaba y nada sucedía o en el de la transgresión porque sí, sin que surgieran demasiadas ideas (por ejemplo, en alguna que otra película de Luis Ortega acontecía eso, director que igual respeto mucho e hizo una gran película como El Ángel).
El corto La siesta va por ese camino: intentar provocar sin un contenido que lo sustente, es un film muy breve en tiempo y en ideas, con un ambiente un tanto claustrofóbico de espacios cerrados. Tiene un comienzo algo onírico en un bar con ancianas hablando entre ellas, totalmente desnudas y con un transcurrir en la casa de las protagonistas (una nieta y su abuela postrada), donde se apela a cierta provocación sin sentido que deja todo sin resolver.
El corto fue coescrito por el director Federico Tachella y por la protagonista; Rita Pauls (hija del escritor Alan Pauls). Actriz que trabajó en productos dirigidos por Luis Ortega, percibiéndose en ella influencias de ese director, como el tratamiento transgresor que expone casi todo el tiempo, faltándole en este caso más desarrollo de contenido.
Podrán refutarme que en un corto no pueden volcarse todas las ideas que podrían mostrarse en un largometraje y no niego que pueda haber algunas ideas sueltas a desarrollar, pero lamentablemente en este caso no se expresan.
Sí quiero destacar que el corto hay una bonita canción que se interpreta en una de las escenas, llamada La cascada de tu pelo enredado e interpretada por la banda Los Besos. MATÍAS CAMPO
–Inabe (Japón/2013, 35’), de Kôji Fukada.
Después de 17 años de haber abandonado el hogar familiar en una zona rural de Japón, Naoko regresa con su bebé a reencontrarse con su hermano Tomohiro.
Luego de ponerse al día, los hermanos salen a caminar. Conversan de temas existenciales y otros no tanto, comparten recuerdos de la niñez y Tomohiro se anima a hacer preguntas pendientes. Mientras tanto, recorren a pie los caminos que transitaron de pequeños desenterrando tesoros escondidos al costado de los árboles.
Se detienen en aquellos lugares que les son tan propios como si las causas del distanciamiento no existieran. Así la cámara se posa en los senderos rodeados de bosques, en las ventanas del ferrocarril con el que jugaron carreras cuando niños en paralelo a las vías y en las piedras ancestrales del puente bajo el cual quizás se hayan refugiado en días de lluvia años atrás.
En Inabe hasta los actos más banales parecieran estar ahí por una razón, así como la acertada delicadeza con que se encadenan los planos entre sí.
Cuando los hermanos quieren ver mas allá, suben las escaleras de una pagoda que hace las veces de observatorio y pueden ver juntos el criadero donde trabaja él y vislumbrar los pueblos donde ella se asentó brevemente hasta llegar a Tokyo.
Los motivos del alejamiento no están claros en el comienzo, pero con suma sencillez y sutileza Fukada nos permite ir armando la historia de esta familia a partir de pequeños detalles que nos va entregando de a poco hasta llegar a un desenlace inesperado donde recobran sentido todos los indicios. VANESA BERENSTEIN
–45 días en Jarbar (México/2019, 78’), de César Aréchiga
En su debut como director, César Aréchiga nos muestra su experiencia enseñando artes plásticas a 15 internos de la prisión de máxima seguridad de Puente Grande, Jalisco, mientras entabla conversación con ellos sobre su arte, la vida carcelaria, sus historias personales y cómo llegaron a donde están.
Desde el vamos, la intención parece ser la de criticar al sistema y cómo el arte es una herramienta para sobrellevar los problemas y encontrar un camino a la redención personal. No es casualidad que por esto también la presentación se mantiene sobria y austera casi hasta el final. El problema con esto es que no se profundiza en ninguno de estos tópicos. Para cualquier persona con algo de conciencia sobre el mundo, y en especial para el público latino, la violencia dentro de las cárceles, la corrupción y la negligencia de las autoridades no son cosas desconocidas.
Probablemente hubo buenas intenciones detrás de la realización de este proyecto, pero fuera de esto el documental no aporta realmente nada: ni una reflexión real, ni una propuesta artística fuera de lo común, ni valores de producción llamativos, ni entretenimiento. Y no es que todos los documentales necesiten cumplir con estos últimos tres aspectos a rajatabla, pero cuando uno sale de ver uno como este, sintiendo que no aprendió ni descubrió nada, la experiencia personal no valió la pena. TOMÁS PALESE




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