Por Tomás Corredor
(desde Nairobi, Kenia)
-Es raro que alguien tan chistoso nunca se ría, que sea tan serio -dijo Mateo.
-Es serio, pero es muy bonito -respondió Lucas, sin quitar la mirada de la pantalla en negro, así la película ya hubiera terminado.
De la misma manera en que Mateo y Lucas dicen que soy el mejor papá del mundo, llegará el día en que dirán que soy el responsable de algunos, o de todos sus problemas. Por eso mismo, por lo inevitable del destino, vivo como quiero frente a ellos y lucho desde mi ejercicio diario tratando de aclarar esa definición que separa al competente del competidor, esa que se ha hecho gradualmente más difusa gracias a la concepción, casi generalizada, de lo que debe ser una persona exitosa en este momento de la historia en el que parece que ser millonario, es una profesión.
Lucho por alejarme de esos padres y madres convertidos hasta el agotamiento en esclavos bajo la tiranía de sus hijos, tratando de llenar como sea, y a cualquier precio, los cortos periodos de concentración de sus sobre estimuladas crías. Lucho por reforzar la individualidad en este momento uniforme en el que la niñez no ha aprendido a convivir con ella misma y exige acompañamiento permanente para cubrir todos los espacios copados por su desproporcionada y demandante inutilidad, esa que solo se combate ofreciendo recompensas. Lucho por impedir que mis hijos sean maniquíes de post en redes sociales con los que demuestro que tienen más privilegios de los que yo pude tener. Lucho por no acomodarme a los bajísimos estándares éticos actuales que, desde la legalidad, le permiten a muchos sentirse limpios así su porquería los cubra hasta más arriba del cuello. Pero lucho, sobre todo, por no perder mi capacidad de encontrar la belleza de las cosas, de asombrarme, y lucho porque ellos, en este mundo de distracciones efímeras, tampoco la pierdan.
Lucho y toda lucha necesita héroes. Por eso, buscando uno que, en contrapunto con todo lo que combato, resultara seductor para los destinatarios de estos esfuerzos, encontré a Buster Keaton.
Keaton, ese que siempre aparece rodeado de hostilidad, perseguido o envuelto en difíciles combates en los que nada tiene que ver, pero a los que llegó como consecuencia de alguna de sus buenas acciones. El mismo que siempre está rivalizando, en desventaja obviamente, por el amor de una mujer que lo hace avanzar sincero, seguro e inocente. El que, a pesar de los golpes y las burlas, se reconstruye a punta de una terquedad a prueba de mareas que lo llevan de un lugar a otro, de vientos que lo arrastran y sobre él hacen caer las gigantes estructuras de los decorados, desde las que emerge hasta triunfar. Así es, Keaton es un héroe del que nadie espera nada, pero que lo logra todo.
Llamé a Mateo y a Lucas a la sala, cerré las cortinas, prendí el proyector y vimos El espantapájaros / The Scarecrow (1920). Nunca antes los vi reírse como en esos 20 minutos en los que cerraron la brecha de 98 años que separaba la primera proyección de la película, con la nuestra; mientras que con palabras como cool, extremo y pro, analizaban, concluían y reafirmaban que ese hombre, el de la mirada más profunda que yo haya mirado, también es desde ahora, para ellos, un héroe.
-Sí Lucas, es muy bonito -respondí y por eso, por esa belleza descubierta y ese asombro compartido les leí, sin importar qué lleguen a recordar después, lo que de la mirada de Keaton escribió García Lorca: “… Sus ojos infinitos y tristes como los de una bestia recién nacida, sueñan lirios, ángeles y cinturones de seda. Sus ojos que son de culo de vaso. Sus ojos de niño tonto. Que son feísimos. Que son bellísimos. Sus ojos de avestruz. Sus ojos humanos en el equilibrio seguro de la melancolía”.
(Texto inédito)




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