“Danzas macabras, esqueletos y otras fantasías”, de Rita Azevedo Gomes, Pierre Léon y Jean-Louis Schefer: Del placer de la conversación

Por José Emilio González Calvillo
(desde Ciudad de México)



Danzas macabras, esqueletos y otras fantasías (Danses macabres, squelettes et autres fantaisies, Francia-Portugal-Suecia2019). Dirección: Rita Azevedo Gomes, Pierre Léon y Jean-Louis Schefer. Duración: 110 minutos.

Danzas macabras, esqueletos y otras fantasías es la última película de la cineasta portuguesa Rita Azevedo Gomes, realizada de manera conjunta con Pierre Léon y Jean-Louis Schefer. El film se estructura a partir de una larga conversación que tienen estos tres amigos ­­–pero en la que Schefer tiene la palabra la mayoría del tiempo– sobre las pinturas alegóricas de las danzas macabras a finales Edad Media, así como una posible constelación que estas forman con la obra de El Bosco y con las pinturas rupestres localizadas en Foz-Côa. De tal manera, la conversación discurre lúcidamente sobre los orígenes de la imagen, el arte y su potencia, y, ante todo, sobre el placer que provoca el acto de conversar en sí mismo: la palabra compartida se pone en escena dando pie al aprendizaje y al asombro.

Luego de una suerte de prólogo en el que se introducen a los interlocutores y algunos de los espacios en los que se desarrolla la película, en un plano general se advierten Azevedo Gomes, Léon y Schefer. Es un plano fijo, el tipo de plano más recurrente en el film y el cual establece su tono: el estatismo y la continuidad que estos planos producen posan nuestra mirada sobre estos sujetos y son un llamado de atención y de apertura del oído para detenerse en su discusión. Si bien la película tiene como centro la conversación, no se trata, empero, de ser ingenuos y de pensar que estamos ante la mera erudición puesta en cámara, ya que esto no tiene por qué resultar interesante en términos cinematográficos. Azevedo Gomes y sus colegas lo tienen claro. Durante una secuencia en la que Léon y Schefer están dialogando en un comedor hay una serie de cortes que sitúan el punto de vista afuera de la habitación en la que se encuentran. Así, pues, los vemos desde la ventana, pero esto repercute en el plano sonoro de la película: desde este punto de vista los escuchamos a ellos a la distancia, al tiempo que se oyen el canto las aves y el rumor del viento, lo que provoca una suerte de inmersión casi naturalista en la que se nos invita como espectadores a formar parte de esta conversación. Otra idea más sobre el acto de hablar: la platica crea una calidez envolvente que nos abrasa a partir de todas las posibilidades del encuadre. Danzas macabras, esqueletos y otras fantasías es como estar en el hogar.

Como el título de la película lo anuncia -y como se confirma en los diálogos que entablan los cineastas- la pintura ocupa un lugar central. Sin embargo, la presencia de esta disciplina artística no ocurre sólo mediante las sabias alusiones que hace Schefer en el diálogo, sino que la imagen pictórica en sí misma es empleada como materia cinematográfica. Las pinturas medievales llenan el encuadre y la cámara se mueve alrededor de éstas, mediante una serie de tilt-up/tilt-down y de paneos son descriptas en detalle. Estos movimientos dotan a las obras de un relieve dramático y les otorgan una vivacidad kinestésica. Y, además, esto contrasta con la fijeza de aquellos planos en los que se encuentran los interlocutores hablando: si el plano fijo en el que se encuentran ellos demanda del rigor nuestra escucha atenta, los planos de las pinturas movilizan todo ese conocimiento que las palabras nos proveen, le dan cadencia y le dan sentido.

Así pues, el placer de la conversación se prolonga y se multiplica más allá de Schefer, Acevedo Gomes y Léon. En un primer nivel se encuentra, sí, la conversación que ellos sostienen que, si bien destaca por sí misma, es igualmente un diálogo con aquellas obras artísticas a las que aluden. Además, la película conversa con la historia del cine: en el filme se insertan secuencias de Dreyer, Renoir, Mizoguchi y Buñuel –por mencionar algunos– que resuenan con la función original de la danza macabra. Las danzas macabras eran alegorías: recordatorios de una finitud compartida a la que hacerle frente con placeres mundanos y colectivos. Así, la película muestra que a lo largo de su historia el cine comparte con las danzas macabras esa capacidad de ser memento mori. Más aún, si bien Danzas macabras… tiene esa puesta en escena amistosa y familiar, ésta se puede leer como alegoría también: aquí ese placer mundano es el diálogo entre pares. Y este diálogo no se cierra entre Azevedo Gomes, León y Schefer, sino que se prolonga, necesariamente, hacia los espectadores. Una conversación supone que alguien hable y que su interlocutor responda. Por lo tanto, Danzas macabras, esqueletos y otras fantasías interpela al espectador, brindándole una cátedra asombrosa que incita a ir más allá, a investigar sobre las pinturas, autores, piezas musicales y cineastas referidos para volver el placer de la conversación algo incesante y el aprendizaje subsecuente una materia fértil.

(Texto inédito)

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