Un recorrido personal que va de la infancia a la adultez, de «Star Wars» a «El Señor de los Anillos», de «Blade Runner» a la animación de Miyazaki y de «Moebius» a «Invasión«.
Por Alex Dan Leibovich
Star Wars es una de esas cosas que recuerdo desde que tengo memoria. Mi papá me había grabado las películas originales en VHS de la televisión. Sentado en el suelo, miraba hacia arriba (como quedó plasmado en una de aquellas fotos perdidas en los álbumes de la familia), hacia unos títulos que descendían de las estrellas al son de una batuta rimbombante, hacia las naves surcando el espacio con un sonido imposible, hacia un sable láser entrechocando contra otro en un rugido cósmico, hacia aquel planeta arenoso y el héroe mirando un atardecer de dos soles, mientras una banda sonora entre melancólica y poderosa teñía el horizonte.
Los paisajes sonoros y espaciales que entraban en mi retina, la de ese mundo de fantasía envuelto en ciencia ficción, de alguna forma se fueron ramificando en mi interior. Se había formado un portal hacia un arte que contenía esos otros géneros, esa potencia narrativa, ese camino del héroe, esa forma de reír, llorar, sorprenderse, inmutarse, enojarse, gritar, saltar mientras contemplaba ese televisor cuadrado de tubo.
Aquel pequeño televisor fue luego una pantalla enorme de cine, en unas de las primeras experiencias en una sala que me sacudió todo el cuerpo. Mi papá me había llevado a ver Star Wars: Episodio III – La venganza de los Sith con tan solo ocho años (la película era para mayores de 13), y quedaban unos pocos asientos libres. Nos sentamos en la cuarta fila y, desde allí, medio inclinado hacia atrás, recibí el peso de una película que se abalanzaba sobre nosotros, tal vez la mejor de las precuelas de la saga y la primera de toda la franquicia que vi en la pantalla grande: una tragedia griega bajo el manto de la ciencia ficción (o más bien, fantaciencia) hizo palpitar mi sangre con la inevitable caída de un héroe.
Esas cintas que increíblemente contenían películas en su interior se transformaron más tarde en discos giratorios de reflejos de colores. Los alquilaba yo mismo en los dos videoclubes del barrio (uno era mejor, pero a veces no tenía lo que el otro sí), y copiaba las obras en otro DVD con un par de programas de la computadora. En ese momento no sabía nada de torrents e Internet no era tampoco tan potente, por lo que era mi manera de ir aumentando poco a poco cierta colección propia, a la que podía volver cuando quisiera.
Y así también descubrí y me obsesioné con los extras de las películas, que venían en un segundo disco. Habré mellado las capas y capas de esos DVDs al ver cómo George Lucas había originado la historia y se había inspirado en El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell, para fabricar a sus personajes (aún no sabía que se había “inspirado” también en la obra de Asimov y en Duna, de Frank Herbert); en cómo efectuó aquella loca idea en la forma de una compañía y en los sets, props y criaturas que componían aquel mundo; en cómo eligió a los actores, en cómo los filmó y en cómo, luego, supervisó el diseño del sonido, la edición, la música o los fascinantes e innovadores efectos visuales.
Esa manera de querer entender el cine y todo lo que había detrás de bastidores se trasladó pronto a los larguísimos detrás de escena de otra saga épica que marcó mi vida, tanto en la literatura como en el cine: El Señor de los Anillos, de Peter Jackson. Tanto como las potentes imágenes de un viaje para destruir un anillo maldito, me fascinaba esa construcción de un mundo complejo, bello y en gran medida intimidante, en lo que fue un rodaje titánico de 438 días, con un equipo técnico de más de 2.400 personas, en todo tipo de locaciones de un espacio que podría haber sido tranquilamente la Patagonia argentina pero que fue el lugar oriundo del director, Nueva Zelanda.
Recuerdo que la primera vez que la había visto había sido en la tele, casi terminando la tercera parte, en uno de esos zappings habituales. A pesar del gran spoiler, me zambullí en otro mundo, esta vez no bajo el manto de la ciencia ficción, sino más bien de la fantasía épica. Hasta el día de hoy, la veo frecuentemente, tanto solo como con amigos. Y siempre, como en Star Wars, se siente como volver a un hogar, cálido, acogedor y conocido, pero sumamente mágico. Obi-Wan o Yoda eran acá Gandalf, Luke era Frodo, Darth Vader era Sauron. El camino del héroe continuaba y se ramificaba, y conformaba cierta narrativa con la que crecí.
Pero hubo una película que rompió esa senda tradicional, al menos un poco. Los videoclubes fueron cerrando y la materialidad del DVD pronto se disolvió en la virtualidad evanescente de sitios como Cuevana, la ya extinta CultMoviez o, más tarde, las descargas de torrents. Ya no recuerdo en qué espacio de aquellos fue que me había sentado a ver Blade Runner. Mi historia con esa obra fue tan enrevesada como la trama laberíntica de cyberpunk, de dilemas existencialistas y de una atmósfera tejida con los sonidos inefables de Vangelis, el guion basado en la obra de Philip K. Dick y escrito por Hampton Fancher y David Peoples, que pendulaba entre el policial negro y sci-fi, y la dirección exquisita y estética de Ridley Scott. La primera vez que la vi no me había gustado, la segunda me había cautivado, la tercera me había obsesionado.
Ahí había un aprendizaje: a veces, el visionado no es lineal; a veces, algo que fascinó en cierto momento puede palidecer en otro; a veces, algo que simbolizó en una época de la vida, puede mutar y convertirse en otra cosa. Blade Runner es una obra de tantas capas que el paso del tiempo la resignifica, engrandece y expande. La estética de una megalópolis de neón y cromo, los subtextos de una tecnología que invade al ser humano hasta el punto de que este es casi indistinguible de ella, la atmósfera inmersiva de un mundo fabricado con el pulso de un artista: aquel era un portal para no solo disfrutar y vivenciar el cine, sino también para reflexionarlo y fabricar a partir de él otros tantos mundos.
En tiempos con una menor carga de las redes sociales, mis buceos fueron por listas de películas. Entre portales, saltaba de obra en obra mientras el mouse y el teclado ejercían atajos entre ventanas virtuales. En esa internet viva recuerdo haber rastrillado películas de ciencia ficción y fantasía y así fue que luego de Blade Runner, llegó la otra joyita de Scott, el horror cósmico de Alien; mis paseos derivaron en las soviéticas Stalker y Solaris, de Andrei Tarkovski, que me reconfiguraron la cabeza; mis ojos se posaron en los delirantes Brazil y 12 monos, de Terry Gilliam, que me abrieron otra visión estrambótica del género; los anime cyberpunk de Akira y Ghost in the Shell fueron otra forma de entender al subgénero; la paranoia incisiva de Invasion of the Body Snatchers o de The Thing me hicieron conocer ciertas mixturas y formas de contener subtextos en obras de género; las películas de los colegas de George Lucas me hicieron entender que había maneras alternativas de hacer cine, con Taxi Driver, La conversación o Apocalipsis Now. El terror llegaría más tarde.
De El Señor de los Anillos descendió la magia perfecta de las películas de Studio Ghibli, con Hayao Miyazaki a la cabeza. Cuando era chico, con mi abuela teníamos cierta rutina: ir al por entonces Village Recoleta (ahora Recoleta Mall), recibir de regalo un libro de Cúspide y luego ir al cine. En una de aquellas ocasiones vi El castillo vagabundo. Creo que no entendí muy bien lo que había visto en ese momento, con apenas 9 años. Pero produjo un magnetismo permanente en mí. Así, años más tarde llegué a El viaje de Chihiro, que se fue transformando, como Blade Runner, en una de esas obras luminosas que siguen entregando diferentes significados con el tiempo. La búsqueda de la identidad de la protagonista es una que tiene un signo diferente si se la ve de niño, con el probable horror de los padres transformándose en cerdos, o si se la ve de más adulto, con aquel retorno a este plano que implica también un crecimiento en la experiencia. Y la imaginería desatada y atemporal de Miyazaki llega hasta nuestros días, en lo que también es uno de los cines más vitales, resistiéndose a abandonar la silla del director.
Cuando de las páginas web pasé a las redes sociales, y de las redes sociales a eventos festivaleros y a escribir por cuenta propia sobre lo que veía, me volví a topar con el cine argentino y de ciencia ficción. En uno de esos viejos recorridos previos había entendido que, pese a las falencias presupuestarias, se podía hacer gran cine de género en el país. Dos ejemplos fueron los que quedaron orbitando en mis retinas por años: Hombre mirando al sudeste, de Eliseo Subiela, e Invasión, de Hugo Santiago. En ambos casos, la poética y lo filosófico, ejercitados con un guion inteligente, lograban eclipsar cualquier ausencia de efectos visuales. De alguna forma, la ciencia ficción argentina encontró aquellos pasajes que la new wave había desarrollado en los países anglo en los setenta, y que tenían que ver más con un viaje hacia dentro que hacia afuera; con subtextos psicológicos, sociales o políticos, más que con las ciencias duras o las leyes de la física.
Hasta que me encontré con Moebius, de Gustavo Mosquera R. Ver la película, pese a la mala calidad que poseía en aquel momento, fue como perderme en un subte laberíntico, borgeano por momentos, cyberpunk en otros, en una Buenos Aires indefinidamente futura. Varias secuencias se me quedaron impregnadas en la memoria y en la retina: un topólogo, cuasi-detective, al borde del precipicio de una autopista inconclusa; aquel personaje subiendo las escaleras hasta llegar a una Ciudad Universitaria teñida por un atardecer, como si fuera un cuadro de Turner; aquel mismo hombre huyendo de un subte a toda velocidad, la mirada de horror marcada en su rostro.
La ciencia ficción argentina era posible. No todo debía ser un atardecer doble en un planeta lejano o una megalítica ciudad de rascacielos incognoscibles. Se podían fabricar piezas que tuvieran puentes tan sólidos hacia otros mundos como aquellos sin perder en el proceso cierta idiosincrasia nacional ni influencias literarias locales. Moebius fue una de aquellas obras que me despertaron las ganas de hacer algo en retorno, fuera escribir y analizarla, fuera entrevistar a su director, fuera filmar un documental sobre ella.
Mi memoria se fue componiendo por cuadros como esos. Un collage de cierta luz que, bajo determinado tratamiento, puede componer historias. El concepto de hiperstición, que aprendí hace poco, le viene al dedo: esas ficciones no crecen aisladas, no están en burbujas o en planos que son un mero escape, sino que repercuten directamente en nuestra materialidad. Y no tengo dudas de que lo que hago día a día, en charlas con amigos, con mis papás o con mi novia, en mi propio trabajo o en la escritura de textos como este, son el resultado directo de aquella vez en que miraba Star Wars desde el piso del comedor, en aquella pantalla luminosa, en aquella ventana a otro mundo.




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