La fascinación por «Todo sobre mi madre» y una pasión que en muchos sentidos empezó a girar en torno del cine (y la figura) del director manchego.
Por Camila Dulce
Hace un tiempo leí una frase de Pedro Almodóvar que decía que “la realidad necesita de la ficción para rellenar todos los huecos, para hacer la vida más vivible”, y me pareció absolutamente cierta. No me imagino la vida sin ficciones: sin películas, sin literatura, sin canciones, sin ballets. Pero por “ficciones”, Almodóvar no se refiere solo a cosas tan complejas como podrían ser grandes obras literarias, sino también a las ficciones que forman parte del día a día, de nuestra vida cotidiana. Él aprendió esa lección de su madre, cuando era muy chico y vivía en un pequeño pueblo de La Mancha. Muchos de sus vecinos eran analfabetos y, entonces, la madre de Pedro se ofrecía a leerles las cartas que recibían. Así descubrió que lo que leía su madre en voz alta no correspondía exactamente con lo escrito en el papel: ella inventaba gran parte del texto. Los vecinos no lo sabían, pero siempre quedaban encantados luego de la lectura porque lo que inventaba estaba muy conectado con lo real. Esos detalles o pequeñas “mentiras” eran lo que los demás querían oír, lo que quizás les alegraba el día. Esa idea de la ficción y su relevancia me parecen conceptos hermosos, y encuentro que son una bella explicación de por qué conectamos tanto con sus historias.
La primera película que vi de Pedro Almodóvar fue Hable con ella. Llegué a ella por mi otra gran pasión: la danza. Sabía que incluía fragmentos de coreografías de la gran Pina Bausch, que había sido un personaje fundamental en mi formación como bailarina contemporánea en su momento. La película me sorprendió totalmente. Era una forma de hacer cine que no había visto antes: mezclaba personajes sumamente polémicos, situaciones muy enredadas, una narración completamente envolvente, plot twists sorprendentes, mucho melodrama de estilo muy “de telenovela”, pero con una estética diferente a todo lo visto, exagerada pero refinada, y atravesada por una sensibilidad única. Así, esta fue la película que me abrió las puertas al extravagante mundo “almodovariano”.
Antes de caer en este universo de colores y pasiones, mi contexto cinéfilo se limitaba a una mirada marcadamente masculina. Mis referencias eran grandes directores estadounidenses como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Quentin Tarantino, Woody Allen, y veía bastante cine de acción y de superhéroes. Muchas eran películas excelentes, sí, pero en ellas las narrativas femeninas se sentían bastante limitadas a arquetipos. Me había acostumbrado a la femme fatale, la madre perfecta o la «Pick Me Girl«. Almodóvar me mostró una manera muy diferente de hacer cine, una donde los personajes femeninos eran complejos, sinceros y tenían problemas reales. Fue un quiebre que me permitió sentir empatía e identificación por esas mujeres que eran retratadas desde una perspectiva muy honesta, desde la que el autor no las juzgaba, sino que a veces hasta las homenajeaba y abrazaba sus momentos más oscuros. Me atrapa esa mirada tan particular sobre el mundo femenino. Con una habilidad única, Almodóvar consigue introducir temas serios y profundamente relevantes (como la identidad, la pérdida, la fe), sin caer en un tono pomposo, solemne o de golpes bajos. Su cine es un equilibrio perfecto: aborda la tragedia con una ligereza que desarma e intercala siempre un humor afilado y una crítica social precisa. Sus heroínas son auténticas porque los relatos son honestos, valientes y libres de prejuicios.
Poco después me encontré con Todo sobre mi madre. Hay películas que marcan para siempre, y esta es una de ellas. Sinceramente ya no recuerdo dónde ni cuándo, pero sé que desde entonces la veo al menos una vez al año, y siempre me emociono como si fuera la primera vez. Siento que algo diferente de la película me moviliza cada vez que la veo, según el momento personal que esté atravesando, porque, también citando a Almodóvar: “Son tus ojos los que han cambiado, cariño, la película es la misma” (como dice el personaje de Cecilia Roth en Dolor y gloria).
La protagonista de Todo sobre mi madre es Manuela (encarnada por la gran Cecilia Roth), una mujer cuya vida da un vuelco luego de ver morir a su hijo Esteban, de 17 años, en un accidente de tránsito, mientras intentaba conseguir el autógrafo de Huma Rojo, su actriz favorita. Eso la empuja a volver a Barcelona, después de muchos años en Madrid, para tratar de encontrar al padre de Esteban, que nunca supo de su existencia. Y, a medida que la búsqueda se convierte en autodescubrimiento, nosotros, como espectadores, vamos conociendo a otras mujeres que intervienen en la historia: Agrado (una vieja amiga trans que es prostituta), la hermana Rosa (una joven monja muy inocente), Nina (pareja de Huma, que tiene problemas de adicción).
Podemos decir que es una película de mujeres, sí. Pedro nos abre las puertas a un mundo femenino sumamente ecléctico y variado, con mujeres que en principio parecen tener muy poco en común, pero que con el correr de los minutos van forjando relaciones, hermandad y, principalmente, familia. En las películas de Almodóvar es muy común ver que las familias no son las de sangre, sino las que los personajes eligen. Uno de los puntos principales de la película es la actuación, pero no solo como profesión, sino como modo de vida, y eso se relaciona directamente con la frase inicial sobre la ficción. En un momento, Manuela, ante la pregunta de Huma de si sabe actuar, responde: “Sé mentir muy bien, estoy acostumbrada a improvisar”. A veces de manera más sutil o, en otras, más obvia, el director nos cuenta que actuar para la mujer es un acto cotidiano y un recurso para la supervivencia: pretender que todo está bien cuando no lo está y ser convincente puede ser algo de todos los días. A veces se actúa como mecanismo de defensa, se finge para salvar la paz del hogar, se improvisa con lo que hay. Vivir es actuar, y todos actuamos más de lo que admitimos.
Otra cosa que me fascina de la película es lo rica que es su intertextualidad y los homenajes con los que juega: A Streetcar Named Desire (Un tranvía llamado deseo), obra de Tennessee Williams llevada al cine en 1951; All About Eve (La malvada), la película de 1950 de Joseph Mankiewicz protagonizada por la icónica Bette Davis; la fuerza catalizadora de la escena inicial de Opening Night , de John Cassavetes, recreada en esta película; y un fragmento de Bodas de sangre, de Federico García Lorca, entre otros. Un tranvía, una de mis obras de teatro favoritas, atraviesa la película y la vemos en escena. Es una obra muy compleja sobre, entre otras cosas, el miedo a la soledad: un tema que está muy presente en esta cinta de Almodóvar, hasta dicho literalmente por Manuela: “Las mujeres hacemos cualquier cosa con tal de no estar solas”. Pero lo bueno de Todo sobre mi madre es que en esta historia las mujeres no están solas, sino que forman una red y se tienen una a la otra. Almodóvar de alguna manera reimagina la trama de Un tranvía llamado deseo y les da otro final a sus protagonistas. Lo mismo sucede con All About Eve, de la que claramente toma el título y lo modifica, y toma esa rivalidad entre mujeres como elemento inicial para la relación entre Manuela y las actrices Huma y Nina, para luego transformarla en una amistad “todo terreno”.
De la ficción a la realidad
En algún momento mi pasión por este cine se desbordó de la pantalla a la realidad y podría decir que me impulsó a vivir mi propia trama. De forma totalmente inesperada, en 2023, en Madrid, tuve mi primer encuentro con mi autor favorito. Me quedé en Chueca, y por ahí todo me hacía pensar en su cine. Recorrí intencionalmente varias de las locaciones de sus películas más icónicas, vi su película más reciente en un típico cine de la ciudad, y hasta descubrí una librería especializada en cine que tenía objetos originales de su filmografía. Todos los caminos parecían llevarme a Pedro, pero nada me había preparado para ese encuentro casi casual, en la Feria del Libro del Parque del Retiro, donde él iba a presentar y firmar ejemplares de su último libro. La ilusión era tanta que ni la lluvia me detuvo (y doy fe de ello, terminé empapada). Conocerlo y poder charlar un ratito superó cualquier expectativa.
Luego, en 2024, esa pasión se convirtió en planificación. Me esforcé mucho para regalarme la experiencia de ir al Festival de Cine de San Sebastián. Tenía la corazonada, basada en mi propio análisis de calendarios, de que Pedro presentaría su nueva película allí. Mucho antes de que saliera la programación, ya tenía mis pasajes. En lo que parecía una peregrinación, me encontré en aquella ciudad que todos los años se viste de cine por unos días y se convierte en el hogar de grandes cineastas y actores de todo el mundo. Estar presente en la Gala en la que recibió el Premio Donostia en reconocimiento a su trayectoria es un momento que va a quedar en mi recuerdo y en mi corazón para siempre, un sueño hecho realidad.
El personaje Agrado en Todo sobre mi madre finaliza un divertidísimo monólogo diciendo: «Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma». Esa es mi frase favorita de la filmografía de Almodóvar y me dejó una de las enseñanzas más importantes: a veces la vida depende de cómo actúas, y si trabajás cada día para parecerte, aunque sea un poco a lo que quieres para vos, los sueños van a estar más cerca. Yo, mientras tanto, espero ansiosa mi próximo plot twist que involucre a Pedro Almodóvar.




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