Del aburrimiento y el rechazo a la fascinación y la obsesión, ese es el camino que el autor de este texto fue transitando desde los 15 años hasta la adultez con un vínculo que fue mutando por completo respecto de la obra maestra estrenada en 1958 por el maestro del suspenso.
Por Emilio Sillero
La primera vez que vi Vértigo me dormí. Habré tenido 15 años.
En mi caso, el cine es una pasión solitaria que fui descubriendo (como muchas cosas) por cuenta propia, y que no se vincula a un interés grupal, ni a una tradición de sangre (que en todo caso, y a pesar de la gran colección de DVDs que ostenta la familia, tiene más que ver con la literatura). De niño no tuve epifanías en salas de cine, ni tuve cinematográficos romances veraniegos en mi adolescencia, tampoco un tierno momento con mi abuelo vinculado a una película (aunque sí sé que le encanta High Noon/A la hora Señalada, de Fred Zinnemann).
Sin embargo, y no sé muy bien por qué, ni cómo, ni cuándo específicamente (salvo que tuvo que ser cuando tenía quince) se me dio por amar al cine.
Ahí estaba, entonces, en mi despertar cinéfilo viendo Vértigo. No recuerdo el día, salvo que eran las tres de la tarde y tenía muchísimo sueño. Con mi hermano (que, para mí, era fanático de Alfred Hitchcock) veíamos la película a un volumen bajísimo porque en ese entonces era ley dormir la siesta y no se podía hacer ruido. Recién empezaba la película (era esa mítica secuencia donde Scotty sigue a Madeleine) cuando me entró a dar sueño. El resto de esa tarde se me hace esquivo, con la excepción de que, como muchas otras cosas en mi adolescencia, decidí odiar fervorosamente al film por el terrible crimen de haberme parecido aburrido.
La segunda vez que vi Vértigo tenía 17. Fue en el subsuelo del Museo Provincial de Bellas Artes Franklin Rawson, en el centro neurálgico de mi pequeño San Juan. La sala diminuta, que en realidad es de teatro, en ese entonces era capaz de contener más magia que cualquier cine de shopping de los que hay en estos pagos. Tenía lugar allí un cineclub (primero y único que conocía en estos pagos) organizado por Daniel, uno de esos tantos mentores cinéfilos que rondan en el mundo. Tocaba, entonces, un ciclo de Hitchcock (Vértigo, Marnie y Los pájaros si mal no recuerdo) y yo, que no había perdido todavía ese carácter terrible y testarudo, ya había decidido antes de la función que, sin importar qué pasara, la película no me iba a satisfacer. Poco sabía de cine y de la vida. Me resistía, inútilmente, al amor y a la locura. Si bien pude reconocer incompletamente los valores técnicos la película (por qué Madeleine se vestía de verde o cómo hicieron el dolly zoom de las escaleras), seguía sin entender la obsesión de Scotty y el dolor de Judy. Esos sentimientos, hijos del amor y la tragedia, me resultaban extraños, lejanos y alienígenas. Hoy en día me resulta evidente que el marciano no era Hitchcock, sino yo mismo.
Tuvieron que pasar años para volver a la silueta de Madeleine, muchos, demasiados. Entre tanto, estudié cine, me enamoré (con el inevitable sufrimiento), conocí gente nueva, olvidé gente vieja. Quiero decir: dejé de ser ese adolescente que se había aburrido aquella lejana siesta. Algo dentro mío cedió y dio paso a lo que siempre había estado ahí oculto y sometido, eso que no había estado ahí las otras veces que vi la película. Una sensibilidad particular.
La tercera y cuarta vez que vi Vértigo fueron bastante cercanas, con apenas días de diferencia. No recuerdo qué me llevó a volver a verla. Sí sé que, con el paso del tiempo, fui teniendo la intuición de que la película albergaba algo que antes había rechazado con pasión pero a lo que ahora, misteriosamente, podría acceder. Así que volví.
Vértigo, por supuesto, no había cambiado en lo absoluto: seguía ostentando un ritmo pausado perfecto para esa historia de amor y locura; los rostros de James Stewart y Kim Novak conservaban un esplendor glorioso, quizás ahora más bellos; la espiral descendiente seguía siendo la misma, la mejor. Yo me había transformado, mis ojos eran los distintos. Una obra de arte renovada se abría frente a mi pero porque finalmente se lo permití.
Soy incapaz de escribir una crítica sobre este film, o de realizar cualquier juicio analítico que no esté vinculado al trance en el que caigo al verlo. Esta es, creo, la cualidad más importante y llamativa de la película: Madeleine parece estar poseída por el espíritu de Carlotta Valdes, Scotty por su obsesión por Madeleine y Judy por su amor por Scotty. Yo, por mi parte, estoy poseído por Vértigo.
Antes de escribir este texto, y a raíz de la lectura de otros, me preguntaba, qué película representaría mejor mi vida y cuál de todos esos personajes sería el más parecido a mí. Fracaso absoluto. Nunca tuve, muy a mi pesar, una vida muy espectacular, ni me vinculo con personajes excéntricos. Tampoco funciona para mi esa idea de “verme representado” por las películas, no encuentro en el cine personajes con los que pueda mirar a la pantalla y gritar “¡Ese soy yo!” (aunque de haber uno con seguridad es el C.C. Baxter de Piso de soltero / The Apartment, de Billy Wilder). Entiendo ahora que tampoco lo necesito, que mi vínculo con las imágenes y las historias es más libre y abstracto, son las emociones (todas profundamente humanas) las que me unen con un millar de películas y personas. Vértigo, en todo caso, es el ejemplo que más lo demuestra.




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