Descubrir este film de 2003 junto a un padre constituye una experiencia íntima y cinéfila a la vez que permanece en el recuerdo y no deja de crecer.
Por Juana Valva
Disfruto, antes que nada, del ejercicio mental al que nos invita esta consigna. Paseo por los recuerdos de aquellas películas que supieron acompañar momentos importantes y se volvieron, por ello, eternas en mi memoria. Salto por uno y por otro de forma aleatoria, imaginándome frente a cada una de esas pantallas: la tele grande de mis abuelos, un cine platense, el living de algún amigo, una de mis tantas casas. Pero hay uno de ellos que reaparece con fuerza, se impone sobre el resto, y vuelve cada vez con una nitidez casi insolente.
Hay en la mesa un cenicero de madera, que desborda colillas naranjas de Marlboro box. Muy cerca de él, reposa la mano de mi viejo, entre sus dedos índice y medio sostiene un cigarrillo aun encendido que muy pronto morirá en ese mismo cenicero. “La película que viene ahora esta bárbara”, dice un hombre que suele mezquinar las palabras, sin poder anticipar que ese comentario cambiaría mi manera de ver cine para siempre. Aquella película en cuestión es Kill Bill: La venganza – Vol. 1.
Yo que tendría 14 años, quizás 15, y me entrego a la simple tarea de compartir un momento con mi papá. Lo que sigue luego, es una inclasificable lista de emociones que responden, únicamente, a lo novedoso de aquella experiencia cinematográfica. No había visto, hasta entonces, algo similar. La historia, el montaje, los encuadres y la música se inscribían en lo que era para mis ojos algo en principio espectacular.
Si bien ya era alguien con una incontable lista de películas vistas, percibía que en aquel film ocurría algo diferente: existía un concepto, una idea única y particular de cómo contar una historia, de cómo describir un personaje. Todo confluyendo con un ritmo propio, posible solo en aquel universo.
Es que Kill Bill es una clase abierta de cómo el cine puede mezclar géneros sin perder identidad. La película avanza como un ritual hacia la obsesión. La Novia -esa Uma Thurman vestida de amarillo convertida en ícono- se vuelve una figura casi mitológica: es construida desde su ausencia (en esta entrega no sabremos ni siquiera su nombre). El director le regala a este personaje el poder de lo incógnito y el atractivo de lo enigmático.
Para el resto de sus criaturas, en cambio, elige el camino contrario. Nos las muestra al desnudo, desarrolla sus historias con un nivel de detalle casi desmesurado, como si cada antagonista mereciera su propio mundo. No hay sorpresas ni imprevistos en las decisiones que toman. Entendemos los motivos y los deseos que los impulsan a hacer lo que hacen y por ello nos resultan conocidos y predecibles.
Y ahí está el truco: mientras la protagonista se sostiene en el misterio, quienes la rodean exhiben su humanidad más cruda. Esa asimetría no es un descuido, es más bien una estrategia: el mito se vuelve más intenso cuando todo a su alrededor es excesivamente humano.
En un escenario que oscila entre el western estilizado, la tradición del cine de artes marciales y el humor negro, la película propone un modo particular de ordenar el caos. La narración no sigue un orden lineal: retrocede, adelanta, corta y recompone, obligándonos a reconstruir la historia como un rompecabezas.
Con una protagonista que escribe nombres en una lista mientras toma un vuelo hacia su venganza, Tarantino encuentra la manera de ordenar la violencia a partir de una estructura fragmentada, casi episódica, donde cada capítulo funciona como una pieza autónoma. Es, en ese mundo de excesos calculados, en donde la historia encuentra su propia precisión.
A nivel visual, el film despliega una estética deliberadamente artificial: colores saturados, encuadres geométricos y una cámara que por momentos se vuelve quirúrgica y, por otros, indefinida. Los excesos que se permite (baños de sangre, muertes explícitamente violentas, cambios abruptos de formato visual) encuentran coherencia dentro del sistema que construye. La violencia es aquí un recurso expresivo más y no solamente un impacto realista. La película, más que narrar una venganza, exhibe cómo el cine puede llevar una idea hasta el límite sin perder claridad; y es esa decisión la que define el tono: no busca verosimilitud, busca intensidad.
La historia no funciona únicamente por lo que muestra, sino por lo que retiene. Ese resto, encarnado en el vínculo entre nuestra protagonista y el aún etéreo Bill (invisible solo en pantalla, pues su presencia inunda todo el film), es lo que finalmente le da espesor emocional a Kill Bill: La ventanza – Vol. 1 y la convierte en algo más que un ejercicio de estilo y acción.
Tarantino me enseñó con esta película, y mi padre a través de él, dos verdades del cine que hasta entonces no había considerado: que no hay elecciones al azar en la forma en la que se decide contar una historia; y que no podemos controlar lo que una película nos genera, a veces simplemente algo nos fascina, y no sabemos por qué. Ese fue, en verdad, mi primer acercamiento al cine.
Hemos –he- buscado, con el pasar de los años, algún punto de encuentro similar con aquel hombre que suele mezquinar sus palabras. El tiempo supo alargar algunas distancias y acortar ciertos encuentros. No abundan los recuerdos de momentos tan íntimos compartidos, y tal vez por eso este permanece. Lo contemplo como un regalo inconsciente y silencioso.
No podría decir que es mi película favorita, pero sí que es aquella a la que vuelvo cuando las certezas se acaban y busco algún remanso de paz. Dijo un docente, en nuestra última clase del Taller de Crítica, que el cine es también una forma de reconciliación. Kill Bill es, para mí, la prueba de eso.




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