La película de mi vida: “Metrópolis” de Fritz Lang – “¿Y si el cambio nace del encuentro, no del poder?”

Una familia cinéfila concurre a ver el clásico del expresionismo alemán en una copia única y con música en vivo, una joven estudiante se fascina por los festivales. Tiempos de amor, felicidad y descubrimiento.

Por Lucía Pittaro

Corría más o menos el año 2001 o 2002 cuando, una tarde en mi casa con mi mejor amiga de aquel entonces, practicábamos una de nuestras coreos de algún tema de la época. Es entonces cuando se nos ocurre pedirle a mi hermana que nos grabe con la cámara de video de mi viejo. Mi viejo; un aficionado a la imagen desde que tengo memoria. Hijo de una pintora y de hermano, un fotógrafo. Siempre actualizado sobre las últimas novedades en sistemas de home video. En unas vacaciones familiares que hicimos a Cataratas, en 1995, recuerdo vívidamente cuando, yo de seis años, esperaba en el auto junto con mi hermana y mi mamá que él adquiriese la Canon L2 recién salida al mercado. Fue con esa misma cámara y en formato Hi8 que mi hermana, años más tarde, nos grabó la coreo. En ese contexto de risas al vernos luego reproducidas en la TV se me ocurre: “Y si le sacamos la música y en vez de bailar, actuamos?”. Valga la redundancia, con quien hacíamos estos videos, era mi compañera de teatro durante esos años.

Pruebas, ensayos, diálogos, algún boceto de texto y a grabar. Así hicimos casi una docena de cortos, aumentando la producción con el paso del tiempo (vestuario de mi mamá, edición de mi papá con el viejo y querido Pinnacle, musicalización, etc.). Después mi viejo me regaló una Handy-cam para más practicidad. Aprendí a editar y agregar los créditos.

En ese contexto, y ya estando en los primeros años de secundaria, estaba segura de algo: quería estudiar cine. Recuerdo que mi viejo me llevó a la Escuela Pronvicial de Cine y TV de Rosario para averiguar si, aún no habiendo terminado la secundaria, podría arrancar cursando algún taller. La respuesta fue que no, que sólo dictaban la carrera terciaria. Así que tocó esperar.

2008, mi primer año estudiando cine. Al principio no fue lo que esperaba; en ese entonces, el primer año estaba más enfocado en el cine documental y todavía no era de mi devoción (uno mira para atrás y se lamenta tantas cosas, no?, pues, la experiencia…). De todos modos, no pensaba en dejarla. Tenía profesores más simpatizantes de sus materias que otros, y recuerdo que alguno de ellos nos había invitado a no perdernos la experiencia de habitar los festivales de cine.

En mi ciudad teníamos el por ese entonces llamado Festival Latinoamericano de Video Rosario (ahora su nombre de Video se reemplazó por el de Cine); fue mi primer asistencia a un festival de cine. Ahí descubrí realizadores que admiro al día de hoy, como Raúl Perrone, Benjamin Ellenbenger o Paulo Pécora.

No recuerdo si fue dentro del marco del festival, pero hay una función especial que me intrigó mucho: se proyectaba Metrópolis, de Fritz Lang, musicalizada en vivo. Fue en el Teatro La Comedia. El responsable fue Fernando Martín Peña; había programado la función para revivir una copia de la película recientemente encontrada en -me pongo de pie- mi país, con 26 minutos inéditos hasta entonces. Yo aún no la había visto, lo cuál era una ventaja, porque se trataba de todo un acontecimiento. Fui con mi viejo y mi tío, el fotógrafo; ya la habían visto hacía tiempo, aunque no en el cine. La experiencia fue completa con la musicalización en vivo, la sala llena, vívidos aplausos.

Ese futuro distópico ubicado en 2026 que propone Lang, con una impronta expresionista, acompañada por diferentes tonos de cuerdas, maquetas, luces y sombras, la increíble Maria (Brigitte Helm), a quien llevo tatuada en mi pierna derecha como bandera de resistencia poética, de la voz contra las máquinas, me deja aún hoy con más preguntas e inquietudes que certezas, lo humano duele, y el arte es el grito.

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