La película de mi vida: “París, Texas” de Wim Wenders. “Dondequiera que vayas, allí estás”

Hace 41 años, Wenders ganaba la Palma de Oro en Cannes por este film con Harry Dean Stanton y Nastassja Kinski que desde la pandemia 2020 se convirtió en el favorito del autor de este texto. Un antídoto cinéfilo.

Por Santiago Fioravanti

15 de marzo de 2020. El por aquel entonces presidente de la República Argentina, Alberto Fernandez, decreta la cuarentena nacional para combatir la expansión del COVID-19 en el territorio nacional. Lo que originalmente serian 14 días de aislamiento social, termino extendiéndose, de forma periódica y fragmentada, por todo el año y los primeros meses del 2021, en medio de tantas idas y vueltas. La melancolía y desesperanza se hace carne en todos nosotros, el augurio de una realidad a la que estábamos acostumbrados se escurre como arena entre nuestros dedos. Es en este turbulento e insociable contexto en el cual me lanzo a una cinefilia más enfocada y, por consecuente, menos casual a lo que venía acostumbrado para aquel entonces.

El cine forma parte de mi vida desde el día de mi nacimiento, allá por el comienzo del nuevo milenio. Mi hogar aún alberga un ya averiado e inoperante reproductor VHS, pieza inicial y fundamental para iniciarme en el séptimo arte. Casetes que incluían films animados, como Pinocho y Peter Pan, o los comienzos de la saga de Harry Potter, son algunos que se infiltran en mis recuerdos mientras escribo con una sonrisa dibujada en mi rostro rememorando aquella mágica y cálida niñez.

Los pasillos de los videoclubes en mi barrio eran sede de incontables horas en las cuales, junto a mi hermana mayor, transitábamos, debatíamos y, en algunas ocasiones, peleábamos infantilmente sobre qué DVD alquilaríamos para nuestras noches de desvelo.

Creciendo como un ser introvertido en gran parte de mi niñez, el cine siempre fue, de manera inconsciente para aquella época, mi gran aliado a la hora de poder sentirme acompañado. Mirando en retrospectiva, ya desde una muy temprana edad solía revisar todos los jueves la sección de estrenos de cine en los diarios, con el fin de elegir la siguiente aventura a la cual me llevarían mis padres y/o abuelos maternos el fin de semana. Ahí mismo me sentía seguro y a salvo, junto a mi familia y un cúmulo de extraños cuyas sombras se encuentran a contraluz con el reflejo de la pantalla. La magia ocurría desde el minuto que aparecían los anuncios y publicidades hasta horas más tarde en un restaurante, donde con mi familia conversaríamos sin cesar acerca de la película que acabábamos de ver y cuánto más o menos nos había simpatizado.

El tiempo y los años pasaron de manera vertiginosa. Las salas de cine continuaron como telón de fondo en el transcurso de mi adolescencia y primeros pasos hacia la adultez. Mi búsqueda, hasta ese entonces, no era una de carácter sustancial, sino más bien una proveniente y focalizada en una necesidad imperiosa de entretenerme y olvidar la mundana cotidianidad. Sin embargo, el aislamiento social generó tales niveles de desesperación que el cine prácticamente se convirtió en lo único que disponía a mi alcance para permanecer atado a tierra y mantener la cordura dentro de un oscuro y desolador panorama.

Es en una de las tantas e introspectivas trasnochadas de julio de aquel desdichado año que mi camino se entrecruza con un póster de Nastassja Kinski vistiendo un suéter de un llamativo e intenso color rosado, perteneciente a la desconocida para mí, en aquel entonces, París, Texas. Desconozco si fue la vívida imagen cromática de aquella prenda de vestir o la ineludible belleza de la reconocida actriz, pero dicha ilustración me resultó tan hipnótica e intrigante como para confiar a ciegas y reproducir la película sin siquiera saber nada de su trama. Suelo volver el tiempo atrás en mi cabeza rememorando ese momento de fascinación y curiosidad previa, atesorándolo y queriendo con tantas ansias volver a revivir aquel primer visionado de esta obra que cambiaría mi mundo para siempre.

Si bien persiste en el inconsciente colectivo de aquellos cinéfilos la idea de que todo está dicho sobre películas tan renombradas y aclamadas, creo que es un arte bastante complejo el exponer las razones de la conexión impalpable que surge entre alma y obra. Un film puede ser infalible en su virtuosismo técnico y plagado de estrellas en su reparto, pero aun así generar indiferencia en el espectador. El ser humano, de la misma forma que no puede elegir de quién enamorarse, no tiene poder de decisión sobre aquello que lo conmueve o atraviesa su alma. A veces, nuestro sentir corre a pasos agigantados mientras que las palabras se arrastran con morosidad. No obstante, haré mi mayor esfuerzo para condensar una breve síntesis de los motivos que impulsan mi más profunda admiración hacia la magnum opus de Wim Wenders.

París, Texas parte de una premisa analítica sobre la dicotomía del ser humano en su carácter físico y espiritual. Travis Henderson es un personaje estático y arcaico que pasa los minutos de su vida en un exilio voluntario, moviéndose sin cesar hacia un rumbo sin final. Su vestimenta al estilo cowboy, su inhabilidad de viajar en medios de transporte modernos y su nula capacidad de conexión con otros individuos genera una construcción de un ser inmóvil, una falla en tiempo y espacio con forma humana si se quiere. Su cuerpo vive en constante estado de traslación, desempeñando una función de vehículo para un alma que ha quedado en el pasado, atascada en un tráfico de memoria y dolor tras haber destrozado su vínculo con su esposa Jane y su hijo Hunter. “Dondequiera que vayas, allí estás”. La idea de que la única constante en nuestra vida sea nuestra conciencia y memoria, hospedándose en un cuerpo que envejece y pierde su valor gradual de forma progresiva.

Travis, interpretado por Harry Dean Stanton en su primer y más destacado rol protagónico dentro de su extensa filmografía, es un hombre preso del impulso y de su ego. Dichos atributos lo han llevado a su frívola actualidad, y también harán emerger una heroicidad y estoicismo algo cuestionable una vez concluya el largometraje. A fin de cuentas, su accionar no contrarresta el hecho de que, de la misma forma que ha quebrantado su familia y fallado a la hora de ejercer el rol arquetípico de padre de la época, ha provocado una fractura análoga en el vínculo de su hermano y su esposa al quitarles a Hunter, siendo estos últimos los únicos que optaron en apadrinar al hijo producto de la caótica relación entre el protagonista y Jane.

Lejos de querer asignar esferas opuestas de comportamiento en sus personajes, lo cierto es que no hay un dictamen que permita etiquetarlos como buenos o malos. No prevalece un dominio autoritario de la pureza dentro de Travis o en el resto de los personajes, pero tampoco se haya implantada una malicia o visión nihilista dentro de sus psiques. Hay un despliegue de naturaleza humana al desnudo, plenamente espontánea y libre de cualquier juicio y moral. Cada acto tiene su consecuencia, y esta base es el cimiento del intricado orden por el cual se rige el mundo y nuestra cosmovisión.

Los planos captados por el lente de Robby Müller mixturan una dualidad simbiótica entre lo onírico y lo terrenal. El trabajo exhibido por el oriundo de Curazao es una tesis que rinde culto y logra encapsular toda la historia del realismo estadounidense en 147 minutos, cuyas raíces son homologables a los lienzos de Edward Hopper. Imágenes bellas y pregnantes, tridimensionales y alegóricas, cuya vigencia y legado permanecen intocables 41 años después de su estreno. El mundo actual ha heredado numerosos y falsos profetas que confunden el trabajo fotográfico, persiguiendo solo estilo y belleza con un chato contenido resonante y evocativo. Es en tales momentos de carácter dichosos cuando más debemos alejarnos de sofismas tentadores, y abrazar a aquellos que buscan retratar verdades dentro del campo que capturan, cargadas de gracia divina y materia para blindar su inmortalidad, y cuyas huellas sean potenciadoras de voces latentes que deseen prevalecer en lo trascendental.

Si bien las dos horas y media están plagadas de un humanismo y amor del más puro jamás captado en fílmico, hay dos escenas las cuales me gustaría destacar. La primera es cuando Travis se topa con el montaje de su familia grabado en Super 8, con la magnífica interpretación de Canción Mixteca (en un colosal y consagratorio trabajo de Ry Cooder en la banda sonora) acolchonando ese atesorado recuerdo. Un hombre frente a frente con su pasado y una nostalgia ampulosa que se filtra en los pensamientos del protagonista. Un horizonte utópico, pretérito y cada vez más lejano, fiel al emblema de que todo tiempo pasado fue mejor. Tal es el impacto de dicho inasible recuerdo que florece de las entrañas de Travis el deseo de volver a ser para seguir construyendo, desestimando de forma consciente o no que el mundo ha avanzado y ese momento en el tiempo ya se ha desintegrado.

Pero si los caracteres fueran limitados y solo se pudiera extraer un solo fragmento de esta pieza artística, nulas son mis dudas a la hora de elegir la segunda y última confrontación entre Jane y Travis dentro de la cabina del peepshow (mi escena favorita en la historia del cine). Siguiendo mis convicciones de que todo en esta vida pasa por algo, creo fervientemente que los hermanos Lumière inventaron el cinematógrafo para que un día Wenders pudiera dirigir y retratar los rostros Harry Dean Stanton y Nastassja Kinski uniformizarse a través del cristal que los separa. Las hipnóticas composiciones musicales de Ry Cooder se despiden y brillan por su ausencia. Un montaje tan delicado y fino, con movimientos de cámara tan exiguos como efectivos y suaves, y dos de las mejores actuaciones jamás filmadas orquestan posiblemente los 20 minutos más intensos y emotivos que hayan sido captados por mi retina alguna vez. Son escenas como estas las pruebas vivientes de que la realidad no puede anteponerse a la ficción, dado que siempre acudiremos al arte en nuestra búsqueda infinita de comprender la base de nuestra existencia.

París, Texas sigue viva en mí, resucitando en pensamientos y apariciones etéreas, recordándome que aquella cicatriz benigna que una vez supo dejar sigue abierta de la misma forma, o incluso más, que el primer día. Su impacto visual y místico ha sido detonante de una emoción tan avasallante que hasta mis 20 años desconocía que el arte pudiera llegar a provocar. Mi alma viaja al pasado para exiliar de mi cuerpo y visualizar a mi yo entre lágrimas mirando una televisión donde el último crédito ha llegado a su fin, de la misma forma que Travis observa devastado la familia y sueños que destruyó.

Y es por eso que, a día de hoy, la sigo considerando como la película de mi vida, ya que despertó una imperatividad interior de buscar esa sensación todos los días que me queden por vivir. De explorar las superficies del cine, la música y la fotografía en búsqueda constante de aprendizaje, reflexión y verdades. De fabricar odas internas hacia caminos de emoción pura, cuyos senderos permitan olvidarme de lo efímero de la vida y profundizar sus contenidos. Quizás, en los años venideros, la película de mi vida sea otra completamente dispar, pero es insoslayable el hecho de que esa hipotética ficción jamás hubiese asomado por la ventana de mi alma si no me hubiese topado a Nastassja Kinski mirando mis ojos a través de un poster fílmico a mis 20 años.

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