La película de mi vida: «Licorice Pizza» y el amor dentro y fuera de la pantalla

El film de Paul Thomas Anderson como disparador de una relación afectiva que continúa hasta hoy y como reflexión sobre la pasión cinéfila.

Por Natasha Zamorano Pozzi

-Do you go to the movies?
-Of course I go to the movies

Licorice Pizza (Paul Thomas Anderson, 2021)

Mis primeros recuerdos están necesariamente asociados al cine: en alguna sala cerca de Callao y Corrientes (esa intersección quedó grabada en mi memoria desde esa vez, a mis tres años), mi abuela me toma de la mano, me compra unos Sugus confitados y junto a ella me sumerjo en ese maravilloso mundo de las películas.

Un tiempo más tarde, vamos a ver «Manuelita», esta vez con mi hermano. Él debe tener dos y yo cinco. Se apagan las luces de la sala y él se incomoda. ¿Ya nos vamos?, pregunta. No le gusta la oscuridad. A mí tampoco, pero yo aprendí a sentirme cómoda con ella, a disolver mi subjetividad y volcarla en la pantalla. Juntos nos vamos de Pehuajó a París, primero en globo y después en ese barco cantando con las ratitas.

El videoclub: todos los sábados iba con mis padres a elegir qué íbamos a ver esa noche. El programa siempre incluía alguna película para chicos y otra para ellos. Primero fue Blockbuster, luego otro más de barrio pero con un mucho mejor catálogo. En general era yo quien elegía. Me movía entre ficheros y pasaba póster tras póster; el ritual de elegir podía volverse casi tan entretenido como la propia película. Llegar a casa y poner el cassette en el reproductor de VHS, que si tuviera que usar ahora, no recordaría cómo hacerlo.

La adolescencia: el canal I.SAT, películas que aparecieron medio por arte de magia y fueron parte de mi educación sentimental y me abrieron los ojos hacia el mundo de los adultos. Mi coming of age fue acompañado de muchos otros que sucedían en la pantalla. Me apropiaba de esas experiencias cinematográficas como si fueran mías, apuntalando mis horizontes y expectativas. ¿Cómo se fuma? ¿Cómo se enamora a alguien? ¿Cómo se da un beso? ¿Cómo se es joven? Mi yo, al crecer, se fue conformando con las respuestas (y también las preguntas) que me dejaba el cine.

Iba mucho al cine con mi familia, mis padres, mi hermano, mis abuelos. Empecé a reconocer directores por su nombre y apellido: Woody Allen, David Lynch, Sofia Coppola. Sin saber demasiado por qué decidí estudiar dos carreras: Antropología y Cine. Como guiada por un impulso vital que me hizo reconocer que el cine había estado siempre ahí, y yo quería estar en el cine. Encontré que lo que motorizaba ambos intereses era una profunda curiosidad y búsqueda por conocer lo otro y a los otros como una manera también de comprenderme a mí misma.

Un recuerdo que no es mío: mis abuelos, en los sesenta, bailando al ritmo del dabadabada de la banda sonora de «Un hombre y una mujer». Cuando encontramos el vinilo en la casa que fue de ellos mi tía me narró esta imagen, que pasó a mi memoria e hice propia. Una imagen que nunca vi pero se me aparece seguido: el centro porteño, la calle Lavalle repleta de gente que entra y sale de las numerosas salas de esa zona. Las luces y el amontonamiento de cuerpos ávidos de cine. La cinefilia a veces me aparece asociada a una nostalgia por momentos que no viví, pero también me une con otras personas, de otras épocas, de otros lugares, que vieron lo mismo que yo.

Una historia que comienza en 2022: Vengo siguiendo hace un tiempo la filmografía de Paul Thomas Anderson. En pandemia desarrollé una fascinación por la música disco y los ‘setenta’70 en general, y eso me llevó a películas como «Boogie Nights: Juegos de placer» o «Vicio propio» / «Inherent Vice». Cuando se estrenó «Licorice Pizza» en Argentina no dudé ir a verla. Primero iba a ser con una amiga, como no concretábamos fecha fui sola, algo que rara vez hacía. Pero no me la quería perder.
Salí fascinada. Nuevamente aparecen los ’70, pero esta vez dan espacio para la historia de un amor, de amistad y aventuras de adolescentes en medio de la crisis del petróleo. La película comienza con un travelling en el patio de un colegio en California, suena Nina Simone, y se nos presenta el encuentro entre Gary Valentine, un estudiante de 15 años y Alana, que tiene 25. Ella ofrece peines y espejos en la fila para tomarse la foto. Él parece el único en fijarse en su presencia. Ella tal vez esté un poco perdida, sin ser todavía adulta pero tampoco niña. Del otro lado, Gary se comporta como adulto, no para de trabajar y de emprender proyectos que le permitan tener la vida que sueña. Y la quiere a Alana al lado suyo. Juntos se embarcan en diversas aventuras: venden marihuana, fundan una empresa de colchones de agua, que luego se funde, realizan spots fílmicos de un político, hasta finalmente abrir un local de fichines. Sin duda la película es sobre el enamoramiento, retratado también a través de esos pequeños gestos, miradas, acciones.

Salgo de la sala y tomo una foto del póster, la subo a mis redes. Un rato más tarde, llega un mensaje de un chico que me gusta hace tiempo. Dice: «Salís con ganas de correr». Contesto: «Mientras baja el sol». Responde: «Habría que enamorarse más seguido». No puedo evitar que el corazón me lata fuerte. Sigue la charla y en unos días llega una invitación a salir. Nos habíamos conocido hacía dos años en un rodaje, no paramos de hablar de películas en ese momento. Para la segunda cita me propone volver a ver «Licorice Pizza» en el cine, que seguía todavía en cartelera. La disfruté tanto o más que la primera vez y me pasé gran parte de la película pensando cuándo me iba a dar mano. En la secuencia donde suena «Let Me Roll It» (con esa increíble y potente línea de bajo de McCartney en Wings, banda que adoro), los personajes se rozan las manos sobre un colchón de agua, una luz los ilumina desde abajo. Entonces él hace lo mismo. Y desde ese momento no dejamos de tomarnos las manos en el cine, hasta el día de hoy. Y vamos mucho al cine, muchísimo. Volví a ver «Licorice Pizza» un año más tarde; nuestra relación cumplía un año, hacía un mes habíamos comenzado a vivir juntos. Como sorpresa, Julián consiguió una sala de cine para que la volviéramos a ver, en una especie de función privada. Otro año más tarde, colgamos el póster de la película en un pasillo de nuestro departamento.

¿Pero, qué tiene la película que quedó tan grabada en nosotros? Por un lado, la importancia que tiene la música es una de las cosas que la vuelven tan disfrutable. Desde el título que alude a los discos de vinilo, hasta la banda sonora y las bellísimas secuencias en donde las canciones se despegan y nos hablan, suspendiendo un poco el transcurrir de la trama pero sin dejar de narrar y transportarnos a ese mundo de los personajes. La puesta en escena que por momentos baila con la música, que cuenta maravillosamente, que nos hace vibrar con ellos, los travellings que corren tanto como los persona. Y la fotografía en 35mm: todo se ve más lindo en fílmico. La historia de un amor que tiene su base en una amistad.

Tal vez la pizca justa de nostalgia, que si bien aparece, creo que lo hace sin romantizar el pasado, sino armando un relato desde los ojos de una juventud que desea, que sueña, juega y disfruta en un momento que no deja de estar cargado de problemáticas. Suena Bowie y los personajes corren entre un mar de autos varados sin combustible, en lo que para ellos parece ser el fin del mundo. En este sentido el film no deja de hablar del presente, un presente post pandémico (el estreno en Argentina fue a principios de 2022, cuando todavía usábamos barbijo en interiores), donde las relaciones sociales, la economía, la política, incluso los vínculos más incuestionables parecen rotos. Se puede trazar un vínculo entre esos setenta donde caen las promesas de la sociedad más libre que prometía la década anterior, con el momento que atraviesa nuestra contemporaneidad. Y ante todo eso Anderson nos recuerda, con sorprendente frescura, lo que se siente estar enamorado, tener ganas de hacer cosas con alguien más, tener ganas de correr al atardecer mientras todo alrededor parece perder importancia.

El presente: vinimos al festival de Mar del Plata. Dos veces Julián me agarró la mano y tiró de ella para que corramos por la rambla, como en esa escena de «Licorice Pizza», como en «Asalto frustrado» / «Bande à part», como en tantas otras películas. ¿Qué tendrán las escenas donde la gente corre que atraen tanto? Son momentos donde tal vez no se esté contando tanto, pero no hay nada más hermosamente cinematográfico que un personaje corriendo, como si allí se jugara todo lo que importa. Varias veces nos hemos visto, queriéndolo o no, recreando situaciones que hemos visto un sinfín de veces en películas: abrazos, corridas, besos que parecen detener el tiempo. Tal vez nos hayan quedado tan grabadas que la distancia entre la realidad y la pantalla se diluye, se disuelve en un continuo donde nosotros imitamos las películas, y ellas a nosotros.

Cinefilia: El cine atravesó y sigue atravesando nuestra relación y la vida de cada uno de nosotros individualmente. Juntos nos animamos a asistir a todas las funciones que podamos. Nos movemos entre el MALBA, la Lugones, el Gaumont y eternas jornadas de festivales desde la mañana a la trasnoche. Y cuando estamos en casa jugamos a que el otro nos programe la película para ver junto al gato, desde el sillón. Compartimos muchísimas cosas. Pero una de las cosas que más nos iguala es la disposición a ver cine, nuestra cinefilia siempre abierta a querer ver todo, a no perdernos nada, a hablar de cine, a discutirlo, a que nos mueva.

Pero no somos los únicos, somos parte de un grupo grande de gente que sigue yendo al cine, que lo disfruta, que como puede mantiene viva la tradición de la cinefilia porteña.

¿Por qué el cine? En mi caso, es parte de una herencia que levanto orgullosa. La experiencia de ver películas, de ir al cine, la comparto con mis abuelos, con mis padres. Me fascina encontrarme con películas que ellos vieron en otro momento, en otra época, saber que compartimos esas imágenes, que de algún modo estamos conectados a través de ellas.

Voy al cine porque creo que allí se nos abren mundos, ideas, universos. Porque me permite conocer lugares, voces e idiomas lejanos, conectarme con diversas realidades y principalmente porque ver películas, para mí, significa poder poner en práctica el ejercicio de la empatía. Porque todavía pienso que las imágenes tienen la capacidad de cautivarnos, conmovernos, de cambiarnos. De proponernos preguntas y posibles respuestas sobre quiénes somos y cómo vivimos en este mundo

Deja un comentario

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑