De cómo el film de Michael Haneke impactó a un niño de 12 años que hacía zapping en la TV.
Por Vladimir Soriano
Es curioso cómo las imágenes que uno presencia en edad formativa pueden quedarse impregnadas en la memoria de por vida. Hay películas que, de tanto ser transmitidas por televisión o porque en la infancia tendemos a querer regresar a nuestras historias favoritas de forma ininterrumpida, se alojan en un lugar especial de nuestra mente, pues las recibimos con los brazos abiertos en cada nuevo visionado.
Y luego están las obras que se quedan contigo por sensaciones un tanto opuestas. Algunas personas lo llaman “trauma cinematográfico”: la muerte de un personaje en pantalla, una tonada que encontramos inquietante o el presenciar una escena de terror. Creo que mucha gente de mi generación se quedó con la muerte de Mufasa en «El Rey León» («The Lion King», 1994) y, si bien era una escena que me ponía también triste, no la pondría en ese ranking de momentos traumáticos.
Venía ya curado de espanto, pues una de las primeras películas que tengo el recuerdo de haber visto de cabo a rabo fue «Pollitos en Fuga» («Chicken Run», 2000), y por encima de cualquier secundario recuerdo el nombre de Edwina, un personaje que aparece solo para ser decapitado por los villanos. De hecho, revisionando la película ahora, en esos breves segundos que vemos a Edwina, se puede descubrir a través del diálogo de los demás personajes la verdadera tristeza de todo, que el encierro le ha quitado a la pobre gallina la voluntad de vivir y se está inmolando. Crudo inicio para una película infantil, rara vez visto estos días.
Era una de las tantas películas transmitidas por señal abierta de forma continua. Siguiendo en la misma línea de “momentos traumáticos”, hay dos escenas que me gustaría destacar, ambas relacionadas a villanos y también películas que vi repetidas veces en la infancia: «La Máscara» («The Mask», 1994) y «Spider-Man» (2002). Creo que estas cintas, junto con otras adaptaciones de cómics claro está, son a mi generación lo que antes fueran «Star Wars» o «Los cazafantasmas». De hecho, todas las comedias de los años ’90 con Jim Carrey tienen su lugar especial en mi vida, pero «La Máscara» es especial, pues se vale del formato policial soft/superheróico de la época para entregar una caricatura de los Looney Tunes con actores reales, y un Carrey legendario que carga a sus espaldas la cinta, que se va en un suspiro.
A lo que voy, la escena “traumática”: qué impresión me dejaba la transformación de Stanley Ipkins (Carrey) en su alter ego verde, cuando se ponía la máscara por primera vez mientras gritaba y su perro Milo se escondía detrás del sofá, pero, sobre todo, no podía ver la escena del villano, Dorian, colocándose la máscara y una tormenta negra se forma sobre su cabeza, para luego mostrarnos que su versión “máscara” es un rostro deformado y con los ojos rojos; ¡Era lo opuesto a la transformación de Ipkins! Lo que más me aterraba era saber que la máscara no hacía distinciones: No importa si cae en las manos equivocadas, siempre va a volver realidad el ideal de quien la usa. No había una serie de reglas como en otras historias de este estilo, la única limitante era que el objeto funciona solo de noche.
Coincidentemente, otra escena de un villano transformándose me causó igual o más impresión de niño: La transformación de Norman Osborn (Willem Dafoe) en El Duende Verde, en «Spider-Ma»n de Sam Raimi. Una secuencia que parece poco en comparación al historial de cine de terror de su director, pero para mi yo de 6 años, ese Dafoe enfurecido, convertido en un monstruo psicópata, lograba aterrarme únicamente con su actuación. Ni efectos especiales ni ningún añadido, solo una magnífica interpretación de la que no se habla lo suficiente.
Para cerrar, la experiencia cinéfila que marcó un punto y aparte en mi infancia de ver películas por señal abierta: Ver «Caché. Escondido» (2005), de Michael Haneke, por el canal del Estado, con 12 años. Se la he puesto hace poco a mi novia y lo único que ha atinado a decir es “¿Pero esta paciencia tenías tú a los 12 años?” Yo le respondo que sí, y que además la estaba viendo con mi abuelita. Fue un primer visionado extraño (y no solo por la naturaleza de la historia), sino porque tengo este TOC que no me deja ver películas si ya tienen, aunque sea, unos minutos de empezada. Pero con «Caché» la cosa fue diferente. Recuerdo pasar con el mando el canal del Estado como quien no quiere la cosa y resulta que ¡estaban pasando una película! No solían tener ninguna en su programación por ese entonces, ya luego se echarían un ciclo de Charles Chaplin que les voy a agradecer toda la vida. Ahora sumemos al hecho que aterrizo en una escena en la que muestran un dibujo muy burdo de un niño echando sangre por la boca, para mostrar a corte una oscura sala en una casa… ¡con un niño real echando sangre por la boca y mirando de reojo al espectador! Quedé enganchado, pensé que estaban pasando una de terror. Mi abuela se unió después de un rato, cuando le dije que estaba viendo una película de miedo se quedó a hacerme compañía.
De más está decir que me quedé confundido y perplejo con el final. No entendí qué acababa de ver, solo la historia de un hombre que volvía a ser torturado en su madurez por una cosa malvada que hizo de niño (que tampoco terminé de entender en ese entonces). Tampoco tenía Internet en casa en 2008, así que después de muchos años pude buscarla (sin saber el título, me tomó un rato) y entender el contexto socio-político de la obra.
Aun así, recuerdo la sensación de ver «Caché» como algo perturbador, que no terrorífico. Quería saber quién estaba mandando esas cintas al protagonista y si en algún momento encontraría al supuesto camarógrafo. Ahora aprecio la serie de decisiones que Haneke tomó en cuanto a edición, fotografía y la elección de calidades de imagen/formatos para darnos pistas que al final del día no llevan a una solución convencional, de ahí que la encontrara frustrante. Es una película sobre las culpas internas y cómo nuestro entorno familiar-social-económico nos puede aprisionar si no tenemos el carácter de confrontar nuestros privilegios, que el ciclo se puede repetir con nuestros hijos (¿o no?) y tantos otros temas. Fue la primera vez que veía una película tan diferente al resto, y por eso también es una de las películas de mi vida.
Confesión: Este iba a ser un texto originalmente sobre «Caché». Pero el título “Película de mi vida” me remitía cada vez menos a “película favorita” y más a momentos, escenas, imágenes que nos definen para el resto de nuestras vidas. Tal vez en unos años, echando una mirada hacia atrás, encontraré nuevas conexiones entre mi presente y las películas que sigo y seguiré descubriendo (y redescubriendo).




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