Curioso y ecléctico recorrido cinéfilo que arranca por “Karate Kid” y llega hasta “Madre e hijo”, de Aleksandr Sokúrov, con etapas intermedias en “Rocky III”, “Testigo en peligro”, de Peter Weir; y “Cuento de verano”, de Eric Rohmer.
Por Ástor Ballada
La consigna es clara. No obstante, antes de abordar el tema, hago hincapié en el relativismo de la elección desde el presente, principalmente si de emoción se trata. Uno tiene grandes recuerdos dentro de lo que podría denominarse el arcón de la memoria sensible, cuyo contenido podría parangonarse con un aroma que nos lleva a un lugar idílico de nuestra historia personal. Lo cierto es que, desde el hoy, esa verdad que enuncia ese recuerdo puede avergonzarnos, pero es irrefutable, admitámoslo. Es más, habiendo abordado de manera personal/autodidacta una suerte de camino cinéfilo, aquellos recuerdos me dicen claramente: qué importante son los buenos estímulos. Pero uno debe ser honesto con su propia historia y validar los recuerdos por su sola condición de tales.
Habiendo hecho esta aclaración debo decir que la película de mi vida, o una de las películas de mi vida es “Karate Kid”. Tengo mis años, así que la vi en el cine, no sé con quién, pero recuerdo esto perfectamente: salí de la sala y ya en la calle pensé para mí mismo algo así (y lo digo desde la soberbia que observa a aquel niño que cursaba la primaria que era yo): “Esto que acabo de vivir, esas sensaciones, son inmejorables”. Trato de entenderme. Por entonces, en el nuevo cole al que me habían mandado vivía situaciones que hoy podrían definirse como soft bullyng. Aquella reivindicación final de Daniel LaRusso me instó a proyectarme en él, en su revancha final, que ahora veo también como una oda al triunfalismo. Cierto. Uno podría ponerse peyorativo con el film, pero no podría dejar de admitir que es bastante efectivo, redondito, lo que no resulta poca cosa.
Pienso entonces en una de las clases grabadas de Maia Debowicz, donde mencionaba la prosecución discursiva de la saga “Rocky”, donde se señalaba que la primera de la saga podría tener el sabor de la derrota del sueño americano que significó Vietman o las complejidades urbanas de las ciudades occidentales de entonces; mientras que, ya en los ’80, y como “Karate Kid”, “Rocky III” sería un alarde del triunfalismo imperante en esos años desde el impero. Esta última, “Rocky III”, precisamente es mi segundo mejor recuerdo de película. Aunque, en este caso, lo que más me lleva a la elección fue el recuerdo de que fue mi padre el que nos llevó al cine a verla, con mis hermanos. Ese hecho sensible, llevar a los chicos al cine, no estaba en la expresión de afecto machista de aquel señor, quien siempre se sintió avergonzado, me parece, a la hora de comunicarse con nosotros, sus hijos, desde algún tipo de sensibilidad. Hoy me pregunto si en lugar de machismo no era sano pudor lo que atemperaba su demostración de afecto. Ya no está. Nunca lo sabré.
La tercera película que desde la memoria emotiva evoco es “Testigo en peligro”. La vi también en el cine, pero con mi padrino/tío un día de mi cumpleaños. Estaría cursando los primeros años de la secundaria. Esa película la destaco sobre las anteriores porque de alguna manera me encendió la alarma: el cine podía ir más allá de entretenimiento, podía hablarnos de traiciones, de injusticias, de intriga y de afectos contenidos por las circunstancias. Podía hablarnos del arte, me digo hoy, y pienso en lo pensado al respecto por Oscar Wilde. Una validación que se da en la decodificación de las herramientas del propio cine, que uno celebra en tanto lenguaje único. Sea casualmente o no, detrás de esta película, a diferencia de las otras dos, había un autor, Peter Weir, de cuya filmografía no me canso de vindicar una película subvalorada por el canon: “Capitán de mar y guerra”.
Habiendo hecho estos reconocimientos, me gustaría mencionar una peli que desde mi actualidad podría considerar la película de mi vida. Nueva aclaración, así como cuando se hacen las encuestas de los mejores algo de la historia (en este caso mi historia), me sumo al lugar común: hoy es este film, otro día podría sacarlo o incluir a otro, y en caso bajarlo o subirlo del “ranking” que todos los cinéfilos tenemos en la cabeza. La película a la que me refiero es obra del más conservador de los Cahiers du Cinéma, Eric Rohmer, como confirmó en alguna clase Roger. Una película chica dentro de la filmografía del francés. Hablo de “Cuentos de verano”. ¿Qué me gustó de la peli?: cómo las charlas y las reflexiones, al igual que en otros de sus films, toman por asalto la peli sin volverla esquemática, lo que da cuenta, me parece, de que eso es verdadero cine. Pero lo que más me conmovió de “Cuentos de verano” es la forma en que es tratado y comprendido el joven protagonista: cuando se evidencian sus miserias, el film invita a entenderlo, en lugar de distanciarse de él. Un acto de nobleza artística que va más allá de las ideologías, me parece.
Para cerrar la parábola, voy a sumar una más reciente que me conmovió mucho: Madre e hijo, de Aleksandr Sokúrov, peli que conocí gracias al taller. Es, me parece, un gran ejemplo para cerrarle la boca a los que hablan sobre la lentitud de algunas películas como defecto. Celebro cada segundo de más sostenido en los sonidos y las imágenes (principalmente en las primeras). Recursos más o igualmente artificiales que los utilizados en las de Marvel y del estilo (seguro alguna debe haber muy buena; todavía no la vi), me parece. Eso sí, el resultado, digámoslo, es distinto.




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