La película de mi vida / “La sociedad de los poetas muertos”, de Peter Weir: “Gracias, profesora”

Incluso en el ámbito más restrictivo como la clase de religión en un colegio católico, un film como el de Peter Weir puede cambiar para siempre la vida de un niño de 12 años.

Por Carlos Javier Caramantin

En mi país, el curso de religión es obligatorio en la educación pública. Se han realizado varios proyectos para volverlo opcional o eliminarlo, pero ahí sigue. Ahora imaginen llevar el curso de religión en una escuela católica. Bueno, ese fue mi caso. El lugar donde cursé parte de mi primaria y toda la secundaria fue un colegio administrado por una organización cristiana española, por lo que mi educación académica elemental fue de la más conservadora posible, con todo lo que eso conlleva. Mis nacientes intereses artísticos y las conversaciones con mi padre cuando venía a casa de vacaciones hacían un balance en mi vida, pero era imposible escapar por completo de la avalancha de adoctrinamiento que recibía a diario de profesores ultra religiosos. Pero hubo un año donde apareció una luz en medio de todo: una maestra muy especial y una película que quiso compartirle a un grupo de adolescentes.

Tenía 12 años cuando noté un gran cambio en el modo de ser de mi profesora de religión. Quien en años anteriores solía ser alguien muy rígido y autoritario era ahora alguien más amable, una persona más graciosa, más feliz. Nunca supe la razón exacta de ese cambio de personalidad, pero con ella cambiaron también sus formas de dar clases, obviamente. Ya no teníamos los clásicos sermones atacando las tendencias progresistas de inicios de los 2000, ahora veíamos y comentábamos películas. Algunos compañeros celebraron el cambio porque eso significaba “no hacer nada”, pero yo lo vi como un reto interesante para mi muy naciente cinefilia. Solo que, al inicio, me resultó un poco decepcionante. Las películas que escogía la profesora solían ser biopics de santos de la iglesia católica o de otras figuras importantes de la fe cristiana, así como cintas muy inofensivas con mensajes remarcados sobre ser buenas personas.

Recuerdo de aquella época películas como “Los coristas”, de Christophe Barratier; o “Romero”, de John Duigan entre las que generaron algo más de interés entre mi grupo de compañeros, pero a mí me daban un poco igual. Todo cambió cuando la profesora nos proyectó “La sociedad de los poetas muertos”, de Peter Weir. Tengo presentes muchos de mis recuerdos de infancia asociados al cine; como la primera vez que fui a una sala para ver “Space Jam”, con Michael Jordan, el día que descubrí “Star Wars” en la televisión gracias a mi madre, o haber conocido toda la filmografía de Bruce Lee y Jackie Chan en casa de mi abuelo; pero lo de aquel día en el colegio fue algo especial. Para describirlo en pocas palabras, creo que fue la primera vez que sentí que una película me hablaba directamente.

La película captó la atención de todos desde el principio por la rápida aparición de Robin Williams. Se sintió la felicidad con aplausos. El actor, asociado por lo general con la comedia, representaba aire fresco después de semanas de cine religioso. Nadie suponía lo que vendría después, que terminaríamos con el corazón tan roto. Al finalizar la película, a diferencia de otras ocasiones, no hubo conversación posterior y nos mandaron al recreo. Era un ambiente extraño, pero creo que la mayoría lo superó muy rápido y siguió con su día. Menos yo. Sentía que había visto algo magnífico, en muchos aspectos. No solo porque creía que era una buena película, sino porque claramente cuestionaba el tipo de educación que veníamos recibiendo. Tenía que conversar con alguien sobre esto.

Reflexioné mucho sobre cómo la película interpelaba al público sobre lo restrictivos que pueden ser los centros de estudio, sobre el hecho de que padres vivan a través de sus hijos puede tener consecuencias fatales; pero también de que hablase sobre cómo descubrir, disfrutar y realizar obras artísticas puede llevarte a conectar con otras personas y darle paz a tu alma. Llevaba tiempo con dudas sobre qué tenía que esperar del futuro, y esta película me dio un impulso tremendo para comprender que había decisiones que me correspondían solo a mi en aquel trayecto de encontrar mi vocación. Recordaba a los personajes, los momentos de felicidad que compartían y cómo reaccionaron cuando los atravesó la tragedia. Pensaba en cómo atreverse a sentir y compartirlo a través del arte era una de las formas más puras de mostrar nuestra humanidad.

Lo primero que hice en casa fue preguntarle a mi madre si la había visto, pero ella no estaba segura. ‘Creo que sí, pero no sé’. Mi padre no estaba, así que tuve una idea obvia: hablar con la profesora al día siguiente. La fui a buscar a la sala de maestros durante el recreo. Me recibió con buen ánimo, me preguntó qué quería. Le empecé a contar los detalles de la película que me habían impactado, desde la educación alternativa que impartía el profesor Keating, hasta la relación tan profunda entre los personajes de Ethan Hawke y Robert Sean Leonard, y cómo el triste final de Neil representaba los peligros de educar a los chicos en base al miedo y la intimidación. Estuve cerca de decirle “como en este colegio”, pero me contuve. Me sentía feliz porque pensé que estaba hablando con alguien que me entendía, y fue bastante decepcionante escucharle decir “no entendiste la película”.

Fue una sensación extraña. Era un adolescente en busca de validación, pero también era alguien que había sido emocionalmente sacudido por una obra artística, y ahora estaba siendo desacreditado. Según la profesora, la película trataba de lo contrario a lo que yo suponía, el mensaje era que no había que salirse de las reglas, que había que hacer lo correcto y así evitar tragedias. “Si el chico le hacía caso a su papá, no se habría muerto”, concluyó. Para mí no era viable, simplemente me resultaba irreal que alguien entendiera la película como ella me lo estaba diciendo. Pero no me sentía con energía para confrontar, simplemente asentí y me fui. Estaba enojado. Sin embargo, caí en cuenta de que ese sentimiento de frustración agigantaba la película en mi cabeza (y en mi corazón) porque reafirmaba todo lo que había rescatado de ella.

Seguí pensando en la película durante varias semanas. Incluso tomé ‘Nuwanda’, seudónimo del personaje de Gale Hansen, como apodo propio para mi primera cuenta de correo electrónico. El asunto se puso intenso cuando, algunos días después, la profesora nos puso otra película sobre escolares: “El club de los emperadores”, de Michael Hoffman. No era una copia de “La sociedad de los poetas muertos”, pero evidentemente compartían algunos temas. Solo que esta sí tenía una mirada conservadora sobre la educación. La odié. La sentí como una blasfemia. En esta ocasión, sí hubo tiempo para conversar sobre nuestras apreciaciones al final de la película, así que aproveché para decir todo lo que tenía guardado desde la vez anterior y reivindiqué la película de Weir.

Después de eso, las películas que nos pasó la profesora no fueron nunca más obras disruptivas o arriesgadas. Lo de “La sociedad de los poetas muertos” fue una isla en medio de todo. El momento más fuerte fue quizás la vez que se le ocurrió pasar un film tan crudo como “La pasión”, de Mel Gibson, a chicos de 12 años. Qué tal coherencia cristiana. Pero para ese momento, yo había crecido. Quizás no físicamente, obvio, pero sí a nivel emocional. Y es que es raro, dadas las circunstancias, que le muestre algo de agradecimiento a la profesora, pues nunca tuvo la intención de impulsar mi mente, sino que, al contrario, quería restringirla. Sin embargo, creo que aquella decisión terminó siendo clave para convertirme en el adulto que soy ahora: mi pasión por las películas creció, aprendí a cuestionar lo estipulado, y supe a lo que me quería dedicar. Así que supongo que sí: Gracias, profesora.

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