De Andy Warhol a Philippe Garrel, pasando por Lou Reed y Nico, el autor propone un viaje personal que es a la vez una reivindicación de la contracultura neoyorquina y parisina.
Por Javier Carrizo
Existe en la ejecución artística un desempeño que apropia los saberes de la habilidad técnica, y que se coordina con un sentimiento de fe inusitado. Esa creencia que es determinada por la confianza en la consumación no es más que la acción de hacer algo sin preparación previa y la que conlleva al estado más puro de la creación.
De allí que la película de mi vida encuentra en la improvisación, la circunstancia adecuada en el momento adecuado, y el hecho fáctico de que la expresión que deviene de la inspiración puede también ser una manera de vivir.
En mi aventura esto comienza a principios de este siglo, en la noche en que una tormenta eléctrica que azotó a la Ciudad de Buenos Aires sirvió de contexto a la banda estadounidense Sonic Youth, para presentarse por primera vez en nuestro país. Esa colosal sinfonía noise que se adapta a la perfección a las condiciones climáticas, ruge entre rayos y centellas, y endulza mi imaginación para lo que vendrá. El resultado del influjo, es Macarena’s Summer, una agrupación de rock psicodélico en clave de ruido, de la cual fui fundador y guitarrista, y en la que el camino de la improvisación no sólo se erigía como su principal cualidad, sino que además abría el sendero de mi interés por la acción y efecto de lo que no se contempla previamente.
Pero la verdad es que todo lo mencionado tiene un antecedente y se trata de la probable mayor influencia del grupo liderado por Thurston Moore, Lee Ranaldo y Kim Gordon. Todavía usaba un guardapolvos blanco cuando por primera vez llegó a mis manos el famoso disco de “la banana”, The Velvet Underground & Nico. Ese, quizás el disco más replicado de la historia del rock, me hizo replantear varias cosas que hasta ese momento, no eran más que muchas preguntas y una despampanante curiosidad sobre el fenómeno. Esa música que parecía improvisada y que con el paso de los años sí descubrí que lo era en su formato en vivo, en la época en que casi todavía no existía Internet, me llevó hasta la Biblioteca Nacional para descubrir un libro de Víctor Bockris sobre la banda.
Casi al mismo tiempo, al cumplir 18 años, el padre de uno de mis mejores amigos un día nos compartió varios números de la revista «Cerdos & Peces», de Enrique Symns (porque según él ya teníamos edad como para someternos a esa lectura), y lo que había empezado como un cuestionamiento, para esa instancia ya era mucha información al respecto, y una adicción a esa cultura underground neoyorquina de mediados de la década del ’60. En las páginas de la revista, Lou Reed y John Cale hablaban de intercambios de sangre por el uso de poderosos estupefacientes, y el primero admitía: «Estamos siendo desalojados, y estábamos tocando de nuevo hoy y por segunda vez vino un policía y nos amenazó, pero a él no le gusta la música y nos dijo que nos fuéramos al campo si íbamos a tocar de esa manera o ser de esa manera. Él también nos paró una vez en la puerta y nos acusó de tirar mierda humana por la ventana. Y lo que es peor es que nosotros pensamos que era posible».
El razonamiento colonizado de admirar a la controvertida y transgresora cultura norteamericana, que en este caso tuvo su amanecer con el surgimiento del New American Cinema, cuando las vanguardias cinematográficas cruzaron el Atlántico después de la Segunda Guerra, para que así emerjan artistas como Maya Deren, Jonas Mekas, y Kenneth Anger, entre otros; encontró en mi incipiente forma de apreciar lenguajes inusitados, el carácter que la improvisación le imprimió a la película de mi vida. El Gatopardo de San Telmo, fue uno de los primeros lugares que cual juguetería para un niño, me deslumbraba por un auspicioso y desconocido catálogo por mí hasta entonces, que en sus filas resguardaba una copia en VHS de «Flesh» (1968), de Paul Morrisey, protagonizada por el modelo y actor Joe Dallesandro.
Años después, en la Sala Lugones sería testigo de un ciclo de películas de Andy Warhol, que entre sus filas presentaba la improvisada «Chelsea Girls» (1966). De esa manera mi vínculo con lo ejecutado sin preparación previa, a esa altura ya contenía el sustento de dejarme impresionar cada vez más por una forma artística que ya concebía en la práctica musical, pero que además alimentaba mi desaforado interés por esa cultura underground estadounidense.
En el film codirigido por Andy Warhol y Paul Morrissey, la pantalla dividida en dos remitía a la estética inferida por «Napoleón» (1927), de Abel Gance, para que en un blanco y negro que por momentos pasaba a color, personajes como Christian Pafgenn (más conocida como Nico), estrellas del universo warholiano como Brigid Berlin, Edie Sedgwick, Mary Woronov, Ingrid Superstar, Papa Ondine, Angelina “Pepper” Davis, Marie Menken, Mario Montez y Gerard Malanga desfilaran en la oda underground experimental de duración maratónica, que los hallaba compartiendo sustancias, bebidas y a veces filosóficos diálogos, en diversas situaciones, en las habitaciones del mítico Chelsea Hotel.
Para la reproducción de la extensa cinta se le dio la libertad a los proyeccionistas de que intercalaran las partes a gusto, y de silenciar y darle voz por medio del sonido repentino a los segmentos, otorgándole así a la obra un inaudito sentido de la experimentación como consecuencia de la improvisación en la escena, y también en el articulado del mecanismo. La exploración dogmática que conjuga en sus escenas a lo controvertido, dispuesto por la presencia de masculinos homosexuales posando en ropa interior sobre una cama, mientras la cámara se preocupa por hacer un primer plano de uno de ellos chupando el gajo de una mandarina, de travestis, o de irreverentes drogadictos que en su viaje discuten o mantienen ásperos diálogos en escena, contribuyen a esa expresión que se conforma como la película de mi vida y cómo a esa búsqueda desobediente que en una rebeldía obsecuente se construía bajo el manto de una irreverente fijación.
Pero en este caso, la película de mi vida se cimenta en la conectividad de un puente que traza la obra de Warhol y Morrissey, con el último eco de la nueva ola francesa, que propone «Los amantes regulares» (2005), de Philippe Garrel.
Resulta que el viudo de Nico, el eslabón extraviado de la nouvelle vague tardía, no contiene entre sus características principales a la improvisación como jerga, pero sí un estilo surrealista con la participación de la cantante como actriz en películas como «La cicatriz interior» (1971), «Un ange passe» (1975) y «La cuna de cristal» (1976). Así es como el ecuménico de Warhol encuentra en la obra de Garrel un nexo y una excusa que traslade la película de mi vida al lugar que tenían las vanguardias antes de cruzar el Atlántico.
Además, como en «Los soñadores» (2003)m de Bernardo Bertolucci (también protagonizada por Louis Garrel), y como en «Después de Mayo» (2012), de Olivier Assayas, la temática que se replica es la avanzada que involucra a la Cinémateque Française, el búnker de la revuelta del Mayo Francés, como el sintagma que aúna y refiere al l’amour du cinema.
Es allí que la erudición neyorquina vive una cuasi temporal realidad paralela, con los acontecimientos que tienen lugar en la París que pregona por una imaginación al poder. De la improvisación a la creatividad en un vínculo que no solo lo concilia Nico, sino también la contracultura y eso que el amor resignifica al oponerse a la sociedad del consumo. Sea quizás por ello que en la segunda parte del film de Garrel, cuando culminan los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, el personaje protagonizado por su hijo Louis descubre el amor libre y despojado de mandatos, mientras suena la voz de su adorada Nico. De la heroína y la depresión post-ruptura con la cantante, Garrel ingresa a un período de mayor narratividad para consolidar a un cineasta que en su oscuridad alberga a un poeta maldito.
Al igual que el amor, lo que surge sin preparación puede ser una expresión artística, siempre ligadas a lo epifánico, como también a la oposición de los valores y a los modos de la cultura dominante. El proceso neurológico que se expresa en la privacidad para aferrarme a lo sucedido en el instante es un viaje que comienza en las periferias de lo que me une a lo manifiesto por la comunicación de ideas y de emocionalidades que sugieren los movimientos contraculturales para hacer de la película de mi vida una consecuente devoción por las tendencias y formas sociales que desafían a las establecidas por la sociedad.




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