La película de mi vida / «Juan Moreira», de Leonardo Favio: El cine como memoria

Un padre taxista que ingresó de forma fortuita al universo de Favio y un niño de cuatro años impactado por unos regalos. Recuerdos que jamás se olvidan.

Por Diego M. González

“Un hombre cuenta sus historias tantas veces que al final él mismo se convierte en esas historias. Siguen viviendo cuando él ya no está. De esta forma, el hombre se hace inmortal”. The Big Fish / El gran pez, Tim Burton.

Debo confesar algo. Cuando me propusieron escribir este texto, las primeras películas que se me vinieron a la cabeza fueron otras. Uno anda llevando siempre como una suerte de diskette mental que contiene rankings de libros, discos o films favoritos para tener a mano y, si surge la ocasión, poder comentar, debatir e incluso discutir acaloradamente en alguna ocasión de reunión social.

Otra confesión: esos rankings nunca son definitivos ni esculpidos en piedra. Hoy mi ranking de libros, películas o discos favoritos pueden ser tales o cuales y mañana cambiar o alternar esos nombres como si nada. Sin ir mas lejos, las películas que arribaron a mi cabeza apenas enterarme de la consigna fueron «In the Mood for Love» / «Con ánimo de amar» y «Pulp Fiction» / «Tiempos violentos» por diferentes motivos.

Sin embargo, algo estaba dando vueltas por mi cabeza y no podía identificar qué era. Pasaron los días y al fin pude averiguarlo: aquello que rondaba sin cesar era un recuerdo. Lejano. Muy lejano. Pero son como esas huellas de las arrugas que denotan el paso del tiempo. O como los tatuajes en la piel. Están en la memoria, en el cuerpo, para siempre. Ese recuerdo, decía, era el siguiente: un niño sentado frente al combinado musical con apenas cuatro años de edad, y en sus manos el vinilo de la banda de sonido de la película «Juan Moreira», de Leonardo Favio. Ese niño, claro, era yo.

La cosa es así: muchísimos años atrás mi papá en ese entonces trabajaba de taxista. En uno de los viajes conoce a uno de los productores de lo que iba a ser la nueva película de Leonardo Favio. Charla de esto, charla de lo otro, al final del viaje este hombre le pide el teléfono a mi viejo para ofrecerle un trabajo. Y se despiden. A la semana mi papá recibe un llamado de la productora de Favio y le ofrece trabajar para el estreno de «Juan Moreira» y sus posteriores proyecciones, como una suerte de inspector de taquillas vendidas. Así fue que mi viejo ingresa al mundo de Leonardo Favio desde ese rol y viaja por los pueblos de la provincia de Buenos Aires y por varias provincias junto a los rollos de fílmico para proyectar en las salas de cine. A su regreso vino con un montón de regalos entre los que había posters, afiches, fotos que se pegaban en las puertas de vidrio de los cines, revistas (a todas esas cosas hoy se le dice memorabilia) …y el disco de la banda sonora de la película.

Pero es aquí donde se concentra el núcleo de esta historia: el poder de la imagen (fotos, revistas, afiches) y el sonido (banda de sonido de la película) que operaron en mí de una manera fuerte, profunda, misteriosa; una poderosa sensación ambigua de atracción pero al mismo de sentir un miedo muy fuerte. Claro, las imágenes eran muy impactantes: fotos de escenas de la película donde se lo ve a Rodolfo Bebán joven, barbudo y con pelo largo, con cuchillo entre los dientes, peleando con algún otro gaucho; o con la espalda repleta de ventosas (modo campero de curar algún tipo de enfermedad) y, por sobre todo, las fotos de las escenas finales donde eran primeros planos de Bebán en la piel del héroe popular sangrando y a punto de morir, como por ejemplo la tapa del disco de la banda sonora; y la música generaba esa sensación de coros celestiales y ampulosos que preanunciaban la muerte del protagonista.

De esta manera Favio inauguraba su denominada trilogía color, con el posterior estreno de «Nazareno Cruz y el lobo» y «Soñar, soñar»: un cine absolutamente potente, barroco, emotivo y que fue inmensamente popular. Si la trilogía blanco y negro integrada por «Crónica de un niño solo», «El romance del Aniceto y la Francisca» y «El dependiente» remitía a la estética y formalidad del nuevo cine europeo (Truffaut, Antonioni, Bergman, etc.), este nuevo período del director tenía influencias cercanas al folletín, a los cuentos y mitos populares, a la estética de Pier Paolo Pasolini, Fellini y Buñuel entre otros.

Perdón por la digresión. Volvamos al recuerdo. Decía entones que la sensación de ambigüedad que me generaba esas imágenes y ese sonido se magnificaban porque dichas imágenes me remitían a mi papá. Recordemos la fecha de estreno de la película: 24 de mayo de 1973, un día antes de la asunción de Héctor Cámpora como presidente de la Argentina. 17 años de proscripción del peronismo que se terminaban. Una efervescencia popular en las calles muy pocas veces vista. Y el montonerostyle en la moda de los hombres como marca de aquella época: pelo largo, barba, bigote…igual que mi viejo! igual que el Juan Moreira de la película.

Esa impregnancia tan fuerte recorrió toda mi infancia y mi adolescencia. Ese temor que me generaba ver las fotos o escuchar el leit motiv de la banda sonora de la película siguió toda mi vida. Volví a ver la película algunos años después de la muerte de mi viejo. Y tuve la misma sensación de siempre, la de ese cosquilleo temeroso que seguía estando dentro mí. Pero pude identificar y visualizar claramente algo muy importante: ese momento tan marcado en mi niñez fue el motivo por el cual muchos años después me impulsó a estudiar cine, a envolverme en su universo y a adquirir las herramientas necesarias para su análisis, su escritura, su disfrute.

Le preguntaron una vez a Leonardo Favio cómo definía su pasión por el cine. Y Favio, de modo simple, humilde y poéticamente, contestó: “Este es nuestro oficio…testimoniar el llanto, testimoniar la historia, cantarles a la pasión, a la poesía: ser memoria.”.

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