La directora de «El porvenir», «La isla de Bergman» y «Una bonita mañana» construyó una valiosa filmografía que «dialoga» con el cine de la Nouvelle Vague y especialmente con la obra de Eric Rohmer.
Por Diego M. González
Mi punto de partida es la observación del medio;
dónde están inmersos los actores
y de lo que ellos mismos sienten.
Eric Rohmer.
Si hay un hilo conductor que puede enhebrar las pinturas del impresionismo, la vasta obra cinematográfica de Eric Rohmer y las películas del siglo XXI de Mia Hansen-Løve, es el registro de la realidad tal como se la percibe. A fines del siglo XIX, artistas como Édouard Manet, Pierre Renoir y Edgar Degas, entre otros, eran rechazados por el Salón Oficial de París y, como reacción, salían a las calles a retratar a la gente, las estaciones de trenes, las fiestas populares, los parques, etc. Medio siglo después, Eric Rohmer y sus compinches de la revista Cahiers du Cinéma (Jean-Luc Godard, François Truffaut, Claude Chabrol y Jacques Rivette) hicieron lo mismo dentro del cine francés. Es entonces cuando este grupo de cinéfilos devenidos paulatinamente en críticos de cine deciden no solo teorizar en las revistas especializadas, sino también realizar sus propias películas como reacción al cinéma de qualité reinante en su país hasta mediados de la década de 1950. Hasta ese momento el cine local era acartonado y de grandes estudios cuyo orgullo era lucir pretensiosamente la palabra qualité en desmedro del cine norteamericano, al que acusaban de ser simple, burdo y comercial. La primera y reconocible reacción fue sacar la cámara a las calles de París: el uso de la cámara en mano, rodajes en locaciones reales, registro del sonido directo, diálogos improvisados t actores en muchos casos no profesionales para así crear un nuevo estilo narrativo audiovisual que dio nacimiento a un movimiento cinematográficamente radical denominado nueva ola francesa o nouvelle vague. La obra de Mia Hansen-Løve se apropia de ese legado, especialmente en referencia al cine de Eric Rohmer, tomando varios elementos estilísticos-narrativos del movimiento y en particular de Rohmer. El cine de Hansen-Løve habla de amor y de desamor; de abandonos y de desengaños; de vida; de enfermedades y también de muerte. Retratos de la cotidianeidad: la vida misma.
Plena de reflexiones y preguntas existencialistas, Mia, sin embargo, hace de su cine una obra luminosa. Dice el teórico y crítico francés Jacques Aumont en su libro Las teorías de los cineastas, cuando se refiere a la relación de Eric Rohmer con la pintura: “La tesis es que el cine es una especie de pintura; es pintura no cuando incurre en el ridículo de querer emularla (efectos gráficos o de composición), sino cuando toma de raíz algunos de sus elementos más específicos, como la iluminación o el movimiento”. Como los pintores impresionistas con el registro de la luz en el lienzo de tela, Mia utiliza su cámara (analógica, por cierto, y eso es un gesto no solo estético, sino también una demostración de amor al cine ya que su decisión es la de seguir filmando en 35mm) para retratar; con ella registra situaciones de la vida cotidiana de las personas, poniendo el foco en la luz de cada escena. Hansen-Love meets Gustavo Cerati en Fuerza Natural: “Me puse delante de mis ojos para ver”.
Nacida en París, en 1981, hija de padres filósofos, Mia y su hermano Sven demostraron desde pequeños una inclinación por el arte: mientras Sven eligió el camino de la música, la joven Mia inició sus primeros pasos artísticos en la actuación. Es en ese camino iniciático cuando conoce al director Oliver Assayas, con quien luego se casa y tiene una hija. Después de haber sido dirigida por su pareja en dos películas, Mia incursiona en la crítica de cine como colaboradora en la revista icónica Cahiers du Cinemá para luego ingresar y dedicarse de lleno a la dirección de cine. Entre 2003 y 2005 dirige dos cortometrajes, Après mûre reflexión y Offre Spéciale, para luego sí debutar con su primer largometraje, Todo está perdonado (Tout est pardonné, 2007), la historia de Víctor y su relación con las adicciones y su familia, a la cual abandona por varios años hasta que vuelve para reencontrarse con su hija.
El cine de Mia Hansen-Løve indaga en las cavidades profundas de la tristeza, la soledad o el hastío, pero siempre hay luz al final de sus películas. Siempre hay esperanza. La acompaña en esa tarea Denis Lenoir, director de fotografía de sus últimas cuatro películas. Lenoir entiende perfectamente la idea de Mia y eso se refleja en cada plano. Así como en las películas de Rohmer y de toda la nouvelle vague, el uso del sonido ambiente es uno de los rasgos característicos en las películas de Hansen Løve. Si en Una bonita mañana, Un amor de juventud o El padre de mis hijos el bullicio de las calles envuelve a los personajes en escenas donde están caminando, paseando por un parque o sentados en un bar sin parar de conversar; el silencio, en el campo, o en la isla, funciona de la misma manera en algunas escenas de La isla de Bergman o El porvenir.
Es interesante ver cómo los personajes protagónicos de las películas de Mia Hansen Løve comparten rasgos similares: son hombres y mujeres que atraviesan algún tipo de conflicto que los convierte en personajes taciturnos; reflexivos; con pequeñas dosis de tristeza, insatisfacción; generalmente envueltos en relaciones complejas. Sin embargo, y pese al aura existencialista que rodea a la mayoría de sus personajes, el arco narrativo que desarrollan logra que lleguen al final de cada historia con esperanza y la sensación de que no está todo perdido.
Otro rasgo característico del estilo de Hansen Løve es que sus propias experiencias funcionan como disparadores en cada una de sus películas. En su segundo film, El padre de mis hijas (Le pére de mes enfants, 2009), Mia confirma esta idea del uso de rasgos autobiográficos: así como en Todo está perdonado la referencia era la vida y el posterior suicidio de su tío, en este, su segundo opus, también hay una referencia y homenaje a la vida del productor de cine francés, Humbert Balsan, quien fuera fundamental para que la directora filmara su primera película. Dos años más tarde, Mia estrena su tercer largometraje, Un amor de juventud (Un amour de jeunesse, 2011), en el que habla sobre la experiencia del primer amor. En esta película, al igual que la directora, Camille, la protagonista, es abandonada por su novio, quien se lanza a recorrer el mundo. Tiempo después, junto a Sven, su hermano, emprenden la tarea de filmar un homenaje al garage house, género musical exitoso en la década de 1990, conocido en Francia con el nombre de french touch. Eden (2014), cuenta la historia de Paul (alter-ego de Sven, que fue un importante DJ durante ese periodo), un adolescente que forma un dúo de en paralelo a la aparición y el crecimiento del dúo francés Daft Punk.
A partir de su siguiente película, El porvenir (L’avenir, 2016), se observa una gran maduración en la obra de Hansen-Løve, y los elementos (¿obsesiones?) que nunca faltan en su filmografía – literatura, música, conversaciones, movimientos– adquieren mayor peso dramático. No parece casualidad que, como ya mencionamos, sea a partir de este film que Mia incorpora a su equipo al director de fotografía Lenoir, con quien trabajará en sus tres proyectos siguientes. El Porvenir cuenta la historia de Natalie –protagonizada por la gran Isabelle Huppert– una profesora de filosofía que lentamente ve cómo se desmorona su vida: su matrimonio, su vida profesional, la enfermedad de su madre. Al reencontrarse con Fabien, un ex alumno (interpretado por Roman Kolinka, que tuvo un papel en Eden y que será el protagonista de la siguiente película de la directora), Natalie decide iniciar un viaje de autoconocimiento y reflexión que la ayuda a sortear este período negativo. Hacia el final, los créditos de la película aparecen sobre la pantalla mientras la última escena continúa desarrollándose, en un nuevo guiño al estilo de Eric Rohmer,
La siguiente película es Maya (2018), donde Hansen-Løve continúa indagando en las relaciones humanas y sus permanentes conflictos de incomunicación. En su mayor parte ambientada en la India, es la historia de Gabriel (Roman Kolinka), un joven periodista, reportero de guerra, que es tomado como rehén en la guerra de Siria y posteriormente liberado en Paris. Gabriel regresa luego a su ciudad natal, Goa, en la India, y conoce allí a Maya, la hija de su padrino, con quien comienza un recorrido por gran parte de ese país que, a su vez, se convierte en un viaje interior donde reflexionará sobre lo sucedido y por sobre todas las cosas, sobre su futuro. Una vez más, encontramos rasgos rohmerianos en la obra de Hansen-Løve, plasmados aquí en los extensos diálogos durante el viaje de los protagonistas a través de lugares exóticos.
En sus dos últimas películas, La Isla de Bergman (Bergman ’s Island, 2021) y Una bonita mañana (2022), Mia Hansen-Love encuentra, tal vez, la máxima expresión de su arte. En la primera, retoma el carácter introspectivo de los personajes, como Natalie en El porvenir, o Gabriel en Maya: aquí es una pareja de cineastas que buscan inspiración en la isla donde vivió el mítico director sueco Ingmar Bergman. Otra vez la incomunicación, valga la paradoja, como vasos comunicantes entre la pareja protagonizada por Tony (Tim Roth) y Chris (Vicky Kripps); sus deseos, sus frustraciones (artísticas y sentimentales) y ese carácter profundamente existencialista que atraviesa a su vez cada una de las películas de la directora.
Su ultimo film, Una bonita mañana (Un beau matin, 2022), presenta la historia de Sandra (Léa Seydoux), una mujer que ha enviudado joven, quedando sola con una hija pequeña y con su padre, el señor Kienzler (Pascal Greggory), en el comienzo de una enfermedad neurodegenerativa irreversible. Mientras tanto, Sandra transita los vaivenes del corazón, cuando se reencuentra con Clément (Melvil Poupard, y un nuevo link a Eric Rohmer: Melvil es el protagonista de Cuentos de verano, película de 1996 dirigida por este director) en una relación que no termina de consolidarse. La vida de Sandra parece estar ceñida solo a la crianza de su hija y la atención de su padre, sin lugar para el amor. Y cuando lo encuentra, las indecisiones de Clément la hacen seguir sintiéndose como una persona desdichada. Sin embargo, Sandra toma decisiones para apostar por el camino de la felicidad, entendiendo que hay lazos para empezar a soltar y otros a los cuales aferrarse. El amor como cuestión vital, espiritual, fraternal; la búsqueda de Dios en las pequeñas cosas, la constante exploración del alma humana, tanto en su profunda belleza como en sus pliegues oscuros… es en esta, la última pelicula de Hansen Løve, donde la directora pone el foco en la historia y en el transcurrir de los personajes, y no tanto por asegurar(nos) el destino de cada uno de ellos. El plano final de Sandra, su hija Linn y Clément en el Puente de los Candados (o Puente de los Enamorados), mientras suena la bella Love Will Remain de Bill Fay, se congela para componer una fotografía, en un tiempo que solo es presente, sobre el que caen los títulos finales. Hansen-Løve meets Jorge Drexler: “Amar la trama más que el desenlace / por ahí como en un film de Eric Rohmer / sin esperar que algo pase” (La trama y el desenlace).




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