Ensayo sobre autoras / Paula Hernández: El cine de los vínculos

Minucioso recorrido por las claves de la filmografía de la realizadora de “Herencia”, “Lluvia”, “Un amor”, “Los sonámbulos”, “Las siamesas” y “El viento que arrasa”.

Por Ana Lucía Alva

Explorar los vínculos es un camino recurrente para el cine contemporáneo. La familia, el amor, la amistad y la pertenencia son pilares de una construcción humana que, hoy en día, queda libre al estudio, muestra e interpretación de cualquier campo artístico.

La directora de “Los sonámbulos” (2019), “Las siamesas” (2020) y “El viento que arrasa” (2023), entre otros films, pone frente a la cámara distintas formas de adentrarse en uno mismo, reconociendo a la familia y las relaciones interpersonales que uno construye a lo largo de la vida como punto de partida sobre cualquier proceso de introspección. ¿Qué me pasa? ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? Y finalmente, ¿Qué hago con eso? Todas estas son preguntas clave dentro de la filmografía de Paula Hernández.

Su ópera prima, “Herencia” (2001) muestra el cruce de Olinda (Rita Cortese) una inmigrante italiana, cocinera y dueña de un restaurante, y Peter (Adrián Witzke), un alemán casi treinta años menor que viaja en busca de un amor del pasado. Ambos, con edades, nacionalidades y propósitos distintos, se encuentran el uno al otro y despiertan una genuina relación amical que lleva por encima la reinvención de uno mismo, las ganas de partir, de quedarse, de conocerse y sobre todo de volver a sentir.

Esto no es más que una carta de apertura e invitación al peculiar cine que ella empezaría a trabajar, con diversos cambios, redirecciones y sobre todo afirmaciones, durante ya más de 23 años.

La palabra “Herencia” significa “un conjunto de bienes, derechos y obligaciones que, al morir alguien, son transmisibles a sus herederos o a sus legatarios”. No es gratuito pensar en el nombre de esta primera película como algo que nos dejará a lo largo de su trayectoria. Para Hernández, la herencia de los vínculos y la familia son un conjunto de traumas, sellos, derechos y formas impuestas que dejan huella dentro de cada uno y que, a lo largo de su filmografía, los irá desatando cual nudo.

Hernández construye personajes en los cuales su existencia se levanta a través de los vínculos con los padres. La relación familiar, en especial madre-hija, es el arma principal en sus funciones. Existe un claro ejemplo en su cuarta película, “Las siamesas”, donde el sostén principal de la obra es una relación maternal que, a través de un viaje en bus, explora y sostiene caminos de tristezas, toxicidades y obsesiones. También podemos verlo reflejado en “Los sonámbulos”, film anterior, donde una madre obstruida por tanto que decir, intenta escarbar en la vida de su hija adolescente mientras todo a su alrededor se derrumba.

Es curioso pensar cómo hasta en las demás películas, donde no está presente una postura materna en sí, tales como “Herencia”, “Lluvia” (2009), “Un amor” (2011) y “El viento que arrasa”, la maternidad se construye a través de la figura inexistente del existir, y habla e importa por su ausencia.

¿Cómo una relación y/o persona hace que nos vinculemos con el resto de cosas? Dentro de lo expuesto y las ausencias, existe también el entorno que engloba el conflicto y cómo los personajes se comportan con ello, independientemente de lo que cada uno carga de por si. Los vínculos idealizados caen en manos de la directora para que ella pueda destruirlos y con ello aportar verosimilitud y realidad a sus obras.

Los traumas, formas y marcas que sus personajes llevan a lo largo de la película no son netamente problemas actuales, sino bombas de tiempo que cargan en sus cuerpos desde hace mucho. Y es que el cine de Hernández es eso: una bomba de tiempo alojada en un bar, un auto, un pueblo, una cena familiar, un bus, etc.

Para hablar de conflictos familiares, tenemos que ahondar en el tesoro más preciado de la autora: sus personajes, fuertes, tiernos, crudos y profundos. Personas que cargan peso en sus rostros, en sus palabras y movimientos. Ninguno de ellos es liviano, ligero o plano, todos cuentan algo, ocultan mochilas, y tienen un pasado con el que están lidiando y que se hace cada vez más evidente en el presente, universo del film.

Ella explora desde diversas formas, manteniendo siempre una distancia efectiva para el espacio que el mundo interior de cada uno necesita. Aprieta pero no ahorca.

Un enfoque distinto a los films ya mencionados anteriormente es “Lluvia”, su segundo largometraje, el cual no termina por aclarar dentro de sus 110 minutos de duración que es lo que realmente le sucede a Alma (Valeria Bertuccelli) y a Roberto (Ernesto Alterio) sus protagonistas, pero sostiene exitosamente un clima de situaciones interpersonales que cada uno de ellos carga, las cuales como espectadores no terminamos de entender al 100%, pero que son suficientes para ser el punto disparador por el cual estos individuos se conocen e intercambien vidas.

Los conflictos personales que son arraigados por los personajes desde sus raíces familiares no terminan por resolverse del todo. La autora plantea un ciclo de exploración del ser a través de la trama; es decir, no se traza un conflicto para ser resuelto, sino para explorar y profundizar en él, como si tuviera mucha más riqueza mostrar diferentes gamas del mismo humano a razón de los vínculos que el recorrido de una situación por resolver. No obstante, esto no quiere decir que los ciclos abiertos en sus largometrajes no lleguen a un punto de cierre, es decir, el viaje en bus en “Las siamesas” culmina, pero ¿qué sucede realmente con Clota? Las fiestas se acaban en “Los sonámbulos” y Luisa y Ana se van del campo, ¿Dónde queda Emilio? ¿Qué pasa con el conflicto familiar y lo que este desencadenó? Lisa y Lalo se reencuentran en “Un amor”, ¿permanecen juntos finalmente?

Estas y muchas otras dudas quedan sueltas en las obras de Hernández, generando una resignificación de las relaciones humanas y dándonos a entender, de una forma psicológica y maestra, cómo los temas personales que cada uno trae dentro suyo por su misma historia de vida no se resuelven en un abrir y cerrar de ojos, sino que cada uno de ellos jala un hilo por tejer, y luego otro, y finalmente otro, desenmascarando una red de posibilidades y planteando sus películas como un recorrido por un mapa de emociones y secretos guardados.

Al abordar tanto el tema “familia”, y tener como clave principal el desarrollo de sus personajes, la directora le da una cuota de importancia al hecho de “tener que moverse” de cualquier forma. En todas sus películas, los personajes tienen la necesidad de volver a algún lugar, o vienen también de algún tipo de migración. Siempre alguno de ellos necesita retornar a esa herencia natal y vincular como parte de la estructura del guion. Otras veces alguien llega de viaje, como Peter en “Herencia”; en otras oportunidades, uno es nuevo en un pueblo, tal como Lisa en Entre Ríos; o, si no, cuando la madre e hija viajan a la Costa, o tal vez una familia entera moviéndose al campo, etc. La realizadora presiona sutilmente el contexto que envuelve su guion para que los personajes suelten y exploren aún más sus rincones interiores. El movimiento sacude los vínculos, destapa realidades, renueva energías, obliga a dejar y, por ende, a mirar con profundidad lo que uno lleva consigo mismo. Es como si la directora supiera qué hilo jalar exactamente, para destrabar los traumas.

Habiendo examinado y mencionado lo que cuenta la autora a lo largo de su teoría fílmica y los pilares que plantea en la construcción de cada una de sus historias, es importante entender como lo cuenta, ¿de qué forma retrata y acompaña Hernández el proceso de exploración entre las relaciones y su alma mater, los personajes?

El universo estético y narrativo que maneja suele rozar con lo estático, lo comprimido, lo realista y encarnado. Sus personajes sienten todo el tiempo, no hay ninguno que se libre de la emocionalidad del existir. Es así como Hernández no nos presenta una estética exuberante ante el planteamiento cinematográfico en sus obras, tampoco utiliza una cámara vertiginosa que narra por sí sola con sus movimientos, o que se adelanta al diálogo para mostrar lugares y secretos ocultos. Por el contrario, aporta más que nada con la composición de sus encuadres. Cuando para algunos directores es muy importante construir un lenguaje audiovisual ligado a lo sensorial y a los indicios mediante la herramienta de la cámara o el sonido, Paula pone el fuerte en la composición fija de la imagen.

Es muy impactante el reconocer cómo la directora utiliza planos completamente asfixiantes en el noventa por ciento de sus películas; cómo prefiere contar escenas de largos diálogos con aires invertidos, y en algunos casos, hasta mostrando de espaldas a sus protagonistas. Ella nos acerca a sus personajes regalándonos primeros planos como herramienta principal, donde notamos un gran logro actoral en cada uno de ellos. Encuadres claustrofóbicos que generan y transmiten mucha incomodidad contenida, lo que potencia la herramienta de la “bomba del tiempo” que cada uno lleva dentro tan solo por formar parte de este planeta tierra, y sobre todo, por haber pertenecido a un red de intercambio social desde el nacimiento, la familia.

Así como el punto fuerte en sus guiones es el mundo interno de los personajes, anclando sus propias vivencias y los vínculos, el “as bajo la manga” en la narrativa de la directora son los diálogos. Sus películas están sostenidas por diálogos extensos, incómodos, fuertes y a la vez tiernos, donde existen las palabras necesarias para expresar traumas, heridas, miedos y sentimientos. En sus obras se encuentran conversaciones larguísimas con las cuales el espectador es invitado a surfear la ola de la psicología mediante la deconstrucción. Es certero pensar que al decir tanto y sostener tal nivel de densidad en las historias de cada uno, la cámara prefiera estar sujeta a la disposición de los personajes y lo que estos van transitando.

Se dice mucho y aun así las palabras juegan bastante con la herramienta del indicio, no logramos entender ni conocer por completo a sus protagonistas, son misteriosos. Esta es una herramienta netamente aceptable en el universo de la directora, quien toca con mucho respeto y realidad las historias que cuenta, casi como una sesión de terapia, donde ninguna duración llega a ser suficiente y siempre quedan cabo sueltos por atender.

Otra herramienta narrativa para rozar el indicio, más allá de lo dicho y no dicho, es el instrumento del “objeto” y el “recuerdo”. Desde su primer largo, vemos el uso de la fotografía como construcción del pasado. Peter y Olinda portan fotos que les recuerdan tanto lo que fueron como lo que buscan. En “Lluvia”, Alma tiene en manos una prueba de embarazo desde aproximadamente los 10 primeros minutos de película ¿Qué nos quiere contar con ello? Clota, en “Las siamesas”, lleva un collar colgado de dos muñequitas juntas, pero solo tiene una hija. De esta forma, se logra construir y seguir tejiendo la expectativa de que hay más allá de los conflictos extensamente tratados y hablados en sus películas.

El universo sonoro es fielmente verosímil, pero si hay algo que destacar es el uso de la música instrumental de forma extradiegética para atmosferizar aún más la escena. Dentro de todas sus obras, en cierto punto, arranca una música netamente instrumental en los momentos más oportunos, ya sea para acentuar la incomodidad, la tristeza o el humor. Este elemento también juega una parte importante en la caracterización de Hernández como autora, pues no es música que los personajes colocan dentro de la diégesis del film, sino una cuota de sensorialidad que es agregada por la directora desde fuera, desde el mundo omnipotente para ambientar y claramente, acentuar la puesta escena.

El uso repetitivo de actores a lo largo de sus peliculas muestra cómo ella misma tiende a construir vinculos y ahondar en ellos. Un director y un actor, en el transcurso de un rodaje se conectan, construyen y sobre todo, se conocen. El trabajo que la realizadara realiza con los intérpretes es profundo y delicado, que decida repetir ciertos rostros protagónicos en distintas etapas de su carrera habla también de la construcción de una relación y la idea de una complicidad intima.

No se puede culminar sin mencionar un artilugio importante en su filmografía: el clima. Casi como un protagónico más, el clima tiene mucha relevancia dentro de este conjunto de obras. A veces es un verano soleado y repentino, donde llega a hacer tanto calor que los personajes no pueden dejar de sudar, transpirar, botar, incomodarse y beber, o simple y llanamente existe una lluvia torrencial donde se ven atrapados dentro de un auto, obligados a conversar, o mucho más feroz, un viento que arrasa con todo y los obliga a parar en medio de la ruta. La directora maniobra la atmósfera gestionando algo externo a los problemas, tal como lo es el clima, para generar aún más intensidad y controversia.

El cine de Paula Hernández no es más que un pantallazo que muestra la importancia de poder llevar la vida hacia adentro, poniendo en suspenso lo humano y adentrándose al río más caudaloso que pueda existir, la tierra de las emociones sostenidas. La historia, como dicen muchos, es una herida con la que nacemos todos.

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