Ensayo sobre autores / El cine de Miguel Gomes: entre lo real y lo imaginario, la vida es una aventura

Las claves del cine del realizador portugués, creador de films como «Tabú» y «Grand Tour», que le valió el premio a Mejor Dirección en el Festival de Cannes 2024.

Por Carlos Javier Caramantin

Dentro del cine europeo, el realizado en Portugal no suele tener los mismos reflectores que el francés, inglés, italiano o español, pero ha sabido ganarse un lugar en los principales festivales del mundo y, a largo de los años, han aparecido de sus tierras nombres muy importantes e influyentes como Manoel de Oliveira, Rita Azevedo Gomes, João César Monteiro, Pedro Costa, Paulo Rocha y João Pedro Rodrigues, entre otros. Podemos incluir también en este grupo a Miguel Gomes (n. 1972), un director que inició su carrera en el cine como crítico, y ha sabido desarrollarse como un realizador sofisticado que combina la espontaneidad con lo exploratorio, lo satírico con lo exótico, y los sueños con las vivencias reales: y es que sus historias tienen el poder especial de trasladarnos a mundos de imaginación en medio de recuerdos verdaderos, vidas de aventura y sitios hermosos, pero también reflexionan sobre la memoria histórica, el presente y sus contradicciones, y las posibilidades concretas y abstractas que tiene el ser humano de forjarse un futuro. Una ficción nunca separada de la realidad.

Precisamente, en una entrevista con Roger Koza para Con los ojos abiertos sobre la trilogía de “Las mil y una noches”, estrenada en 2015, Gomes hace referencia a este punto diciendo que “a una ficción ruin se la debe llamar mentira. La ficción en el cine no es —o no debe ser— ese tipo de ficción en la que se finge que lo que vemos es la realidad. La ficción así entendida no encubre la realidad a través del imaginario; la ficción aquí tiene que ver con expresar los anhelos y los miedos que estamos viviendo. Es por eso que creo que es posible documentar un tiempo —sobre todo un tiempo de crisis— en donde los miedos y los deseos surgen con mayor vehemencia. Es posible reunir lo imaginario y lo real”. Sobre esta mirada tan particular de Gomes es natural reflexionar tras ver la película más reciente del autor, “Grand Tour”, presentada en la Competencia Oficial del Festival de Cannes, donde obtuvo el premio a Mejor Director.

En “Grand Tour”, Gomes nos presenta a Edward, un funcionario inglés que huye de su compromiso matrimonial e inicia un viaje por diversos países de Asia para escapar de su novia Molly, quien quiere encontrarlo (sea como sea) para que se case con ella de una vez por todas; así que empieza a perseguirlo. La película se divide en dos para hablarnos de cada uno de ellos, todo en los primeros años del siglo XX, combinando la narración con imágenes actuales de los países asiáticos que visitan los protagonistas. La película resulta ser una obra ingeniosa y desafiante donde la ficción y el documental etnográfico hallan fuertes y adorables puntos de encuentro para hablar del poder de la aventura, pero que, sobre todo, invita al espectador tanto a imaginar esa aventura como a vivirla.

Mucho del desarrollo de los personajes, quienes tienen razones muy humanas para haber decidido emprender ese gran viaje, no es visto como tal en pantalla, es más bien una voz en off la que nos va relatando los detalles y las grandes revelaciones, mientras se muestran los maravillosos paisajes, casi siempre en blanco y negro, del sudeste asiático y las expresiones culturales de sus personas. Edward y Molly representan una imaginación palpable, confrontados por una realidad que los lleva a buscar la libertad. Pero una libertad plena y verdadera, no ese concepto extraño que se ha vuelto bandera de los conservadores.

“Grand Tour” conversa mucho con otra película del director, la aclamada “Tabú”, estrenada en el Festival de Berlín 2012. También se divide en dos partes y, como es común en la filmografía de Gomes, vemos cruces entre los conceptos de vida y muerte, la imaginación y la memoria, lo ficticio y lo real. En “Tabú”, el director logra ingresar en la historia colonial de Portugal, pero no se queda en simplemente hacer observaciones o jugarse por la denuncia, sino que lo integra como pieza tanto funcional como alegórica. La primera parte de la película nos sitúa en la actualidad, en un siglo XXI que se percibe algo triste y donde uno se siente perdido y nostálgico (de hecho, la primera mitad se llama ‘Paraíso perdido’), para luego trasladarnos a una segunda parte llamada ‘Paraíso’ en la África de los años sesenta, en una jugada artística muy arriesgada de Gomes, pues le hace un corte muy sorpresivo al desarrollo narrativo que teníamos hasta el momento. De primeras, llegando a sentirse inconcluso. Sin embargo, esto funciona porque las historias terminan guardando paralelismos. Lo que vemos en la segunda parte no solo es un flashback para que nos enteremos de las cosas que marcaron la vida de Aurora, una de las protagonistas: se trata de la creación de un mundo de memorias. No por nada está carente de diálogos y solo tenemos la narración de uno de los involucrados y el sonido de la naturaleza.

A Gomes le gusta simular a nivel cinematográfico el cómo funcionan nuestros recuerdos en la mente, lugar donde las imágenes están mucho más marcadas que las voces; y combinando eso con el blanco y negro y la fotografía sobria pero delicada, “Tabú” y “Grand Tour” funcionan también como grandes homenajes al cine más clásico. Gomes nos intenta decir, de esta manera, que el cine es una de las formas de arte más humanas que existen, donde sueños y memorias confluyen para generar experiencias, como las de Edward, Molly o Aurora, quienes sienten que tienen derecho a vivir más allá de los esquemas que les dictan sus sociedades: en este caso, las sociedades abusivas, colonizadoras. En ellos recae esa sensación de que el tiempo corre más rápido y toca aprovecharlo, cómo ocurre siempre en los sueños y en nuestras memorias.

En esta línea es imposible no hacer referencia a “Aquel querido mes de agosto” (2008), la película que consiguió colocar a Gomes en el ojo público. En aquella producción, que surgió de los problemas de financiamiento que tuvo el director para sacar adelante una película diferente, Gomes entrelaza tres líneas: una historia de romance; los pormenores del agosto lleno de fiestas en pueblos de la Sierra de Arganil (en Portugal), donde la gente se divierte a lo grande antes de decirle adiós al verano; y, finalmente, las peripecias reales de Gomes y su equipo para poder realizar la película. Fue con esta obra donde se entendió que el director hacía algo más que solo observar; Gomes reconstruye y busca que el espectador reinterprete la realidad. Es una reconstrucción donde no se manipula ni se engaña, sino que se le ofrece un poder narrativo a lo misterioso, a lo divertido, a lo complejo de la vida real: una captura muy sincera de la magia detrás de lo cotidiano para transformarla en imágenes admirables que nos recuerdan cómo funciona la vida. El cine desplegando humanidad.

Además de la trilogía de “Las mil y una noches”, otras dos producciones destacadas en la filmografía de Gomes son el largometraje “Diarios de Otsoga” (codirigido con su pareja Maureen Fazendeiro), de 2021, y el cortometraje “Redemption”, de 2013. La primera es una película con una narración invertida filmada durante la pandemia que reflexiona sobre las complicaciones que cargan consigo las producciones independientes, con o sin restricciones de seguridad; mientras que la segunda explora a modo de cartas los sentimientos y emociones de gente que vivió de cerca muchos de los más grandes hechos históricos del siglo pasado (una gran revelación es descubrir de quiénes se trata). Ambas películas están concentradas en contextos vigentes, que permiten debatir sobre las formas en las que el mundo funciona y cómo actuamos para fortalecer el futuro.

¿Es el cine de Miguel Gomes algo exigente con el espectador? Quizás. Pero ahí está su gracia, en su poder de estimular la imaginación, en el recuerdo, en la reflexión, en el riesgo, en el amor que sentimos por nosotros mismos y los lugares que habitamos, y que nos permite sentirnos vivos y regalarnos aventuras: un Grand Tour antes de que sea tarde.

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