Festival de Mar del Plata 2023 – crítica de “Partió de un barco llevándome”, de Cecilia Kang (Competencia Internacional): El trauma como herencia

La directora de «Mi último fracaso» cuestiona en este documental los mandatos tradicionales que someten a las mujeres de la comunidad coreana en Argentina y bucea tanto en la Historia como en un caso familiar.

Por Isaías Amado

No quiero ir, nada más, que hasta el fondo”. Alejandra Pizarnik (1972)

En la pasada edición del BAFICI se presentó un documental japonés («Educación y Nacionalismo», de Hisayo Saika) que trataba sobre la reescritura de los libros de textos escolares nipones con el objetivo de ocultar hechos que la Historia oficial consideraba contrarios a la formación de la identidad y el orgullo de los jóvenes en aquel país. En particular, uno de los episodios que más se buscaba disimular era el robo y reclutamiento de mujeres coreanas durante la ocupación japonesa de la península para llevarlas a las llamadas “casas de consuelo”. Ese término, no era más que un eufemismo de prostitución forzada y esclavitud sexual en el que se cree que 100.000 jóvenes y adolescentes de Corea fueron sometidas por parte de la milicia imperial.

Esta edición del Festival de Mar de Plata nos trae el segundo documental de Cecilia Kang («Mi último fracaso», 2017) que vuelve sobre el tema, pero en esta ocasión, desde la óptica de una familia coreana que vive en Argentina. Más específicamente, la cámara registra a Melanie Chong, una joven de 26 años que estudia teatro y trabaja junto a su madre en un local de venta de ropas en el barrio porteño de Flores. Por momentos se comunican en su idioma natal y se observan costumbres típicamente asiáticas, sobre todo en lo culinario, pero de ambas brota un porteñismo asimilado que genera algunos momentos de risa y la hacen reconocible al espectador (por ejemplo, cuando en una charla con su madre ésta afirma “los coreanos no putean”).

Lo que vemos en pantalla es a la protagonista ensayar un monólogo basado en el testimonio de una sobreviviente de las “casas de consuelo”, y al mismo tiempo se desliza la posibilidad de que esa historia que está contando se relacione con su pasado familiar. Melanie no tiene una actitud pasiva, sino que, a medida que va incorporando ese relato como suyo, crece su curiosidad por develar los entresijos de la historia y de mantener viva la llama de la memoria de sus antepasadas. Comparte esta narración con otros, desde lo íntimo con su madre, con alguna amiga, en un casting teatral con Julio Chávez, llegando hasta lo público, en un “micrófono abierto” durante un evento en el local La Pulpería.

El título de la película proviene de un poema de la “escritora maldita” Alejandra Pizarnik, quien se suicidó con 36 años en 1972 dejando tras de sí una vasta obra que en el siglo XXI ha sido releída y redescubierta a la luz del fortalecimiento del movimiento feminista en todo el mundo. La poeta bonaerense fue una de las más lúcidas a la hora de escribir desde el arte sobre la locura partiendo de su experiencia vital. Es así, como en un verso de “Árbol de Diana” narra que el sacar sus emociones afuera, más que una necesidad, es algo natural. Un barco que sale de ella, llevándola. En Melanie Chong podemos ver esa naturalidad interior de ir en busca de su pasado y de los traumas heredados de su generación. No lo vemos como una necesidad, sino como algo que fluye desde dentro de ella.

Esta es una de las virtudes del documental de Kang; abrir heridas del pasado, cuestionarse cuánto uno puede decir y testimoniar cuando de lo que se habla ya ocurrió, pero también demostrar cómo esos traumas se heredan en una comunidad como la coreana, que desde la diáspora busca aún resolver sus conflictos.

No conviene adelantar mucho hacia dónde la va a llevar la búsqueda a Melanie, pero sí cabe prestar atención a otro mérito de la documentalista y es el retrato íntimo que genera en cada diálogo que la protagonista entabla con sus afinidades. Pareciera que la cámara no existiera, o que quienes están delante de ella no se dieran cuenta de su presencia. Ese trabajo que realizó la directora con los retratados da cuenta de la confianza generada entre ella y las personas filmadas, logrando así verdaderos momentos de intimidad, revelaciones, llanto, algunas risas y una legítima emoción que se agradece ya que no constituyen golpes bajos de manual.

El límite de la película están su propia elección. Lo que en un primer momento parecía que se transformaba en un retrato coral de diferentes testimonios de inmigrantes coreanas en Argentina, da paso al seguimiento de una sola de ellas. Esto puede llegar a dejar una sensación de búsqueda individual más que colectiva de la historia de las mujeres de una nación. Y, en definitiva, con esa promesa inicial, puede llegar a defraudar que tan solo nos quedemos con una de las miradas, cuando el cuadro podría enriquecerse un poco más a partir de la primera secuencia.

De todas formas, puestas en discusión ambas películas, la que mencionábamos más arriba estrenada en el BAFICI y esta de la directora Kang, la lección es que por más esfuerzos que haga el poder de turno para ocultar la Historia o redirigirla de acuerdo a sus intereses, siempre, en algún lugar del mundo, aunque no sea más que en la “lejana Argentina”, puede haber una heredera de ese trauma que salga en búsqueda de su pasado para devolvernos esas palabras que el poder quiso callar y, en definitiva, ir hasta el fondo.

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