La película de mi vida: “25 watts”, de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll. Ayer, hoy y siempre

En tiempos de profunda crisis socioeconómica, con todas las contradicciones propias de la adolescencia y el paso a la vida adulta, apareció una ópera prima que marcó la vida del autor de este texto y redefinió al cine uruguayo.

Por Isaías Amado

Dicen que las pasiones definen a una persona. El cine, la Historia y el fútbol son las mías. Pero me costaría mucho establecer una fecha precisa en la que cada una de ellas se convirtió en lo que hoy me define frente a los demás. Aún así, cuando hago el ejercicio en perspectiva de mirar hacia atrás, parecería ser que hay un momento fermental de mi vida como adolescente en el cual las tres empiezan a cruzarse.


2002: nuestro año terrible

Nunca fui un buen alumno. Más bien, diría lo contrario. Si por el “rol del estudiante” se define a aquel que “es y parece ser” en un salón de clase, mi actuación en la secundaria era regular con tendencia a deficiente. No estudiaba ni tampoco demostraba en el aula que me interesara lo que estaban enseñando los docentes. Sin embargo, hay palabras o términos que se utilizaban en las clases que me dejarían una marca, que seguramente en el corto plazo no iban a tener mucha utilidad, pero que podía aplicarlas en la vida cotidiana adaptándolas a mi entorno.

Durante la primera mitad de 2002, mi único interés real era saber mediante qué medios iba a poder ver el mundial de fútbol de Corea-Japón. No era un acontecimiento deportivo cualquiera. Sería la primera vez que iba a ver a la selección de mi país, Uruguay, jugando ese evento, ya que en la anterior (Italia 1990) tenía solo tres años. Sabía el fixture, los horarios y las sedes. Con mi hermano teníamos un pizarrón en el cuarto en el cual íbamos contando los días que faltaban para ese 31 de mayo. A los 15 años jamás me podría importar que el primer partido se jugara a las 6 de la mañana; o el segundo a las 8; o peor, el tercero a las 3:30. Íbamos a ver todos los partidos: desde un China- Costa Rica hasta Argentina-Inglaterra que prometía ser lo mejor de la primera fase. Pero existía un elemento dramático en todo el asunto: dónde se iban a televisar los partidos. La crisis que se instaló en el país desde principios de año amenazaba con llevarse por delante la transmisión de los partidos, ya que ningún medio tenía los derechos comprados. Acá es donde entra la Historia.

La temática del curso de 3ro del liceo versaba principalmente sobre historia uruguaya. En una de las primeras clases la docente explicó la crisis de 1890, a la cual los contemporáneos la llamaron, “el año terrible”, en alusión a un libro de Víctor Hugo. Puede que haya sido la intención de la profesora o no, pero muchos de los que estábamos en esa clase sentíamos que vivíamos nuestro “año terrible”. 

Las noticias que a fin del año anterior llegaban desde Argentina eran preocupantes: revuelta social, saqueos, corralito, corridas bancarias, un presidente huyendo en helicóptero, seis presidentes en una semana. Para mi cabeza de adolescente todo esto tenía una sensación de lejanía, pero de saber que se estaba “escribiendo” la Historia y, por ende, cierto goce de espectador. Esa lejanía no era tal para mis padres. Se notaba en cada conversación y en cada gesto un tono de angustia. Sabían lo que yo no sabía: tarde o temprano la crisis cruzaría el Río de la Plata. Aún así, en diciembre de 2001 apostaron a una mudanza que cambiaría nuestras vidas y serviría de puerta de entrada a la adolescencia. De un pequeño apartamento, en el céntrico barrio de Cordón, a una casa de dos pisos en el barrio La Blanqueada, que tenía como característica un pequeño muro en el cual muchos del barrio se juntaban a conversar: mis padres, mis tres hermanos y yo, junto a mis abuelos paternos, quienes requerían de mayores cuidados por una avanzada enfermedad. 

Efectivamente, la crisis llegó en 2002. Destruyó proyectos y arruinó familias. La incompetencia de un gobierno que no controló a los bancos y que fieles al credo liberal dejó hacer y dejó pasar. Mis padres vieron cómo esa apuesta arriesgada se derrumbaba sobre sus cabezas. Como trabajadores de la salud privada sus empleos pendían de un hilo. Palabras como “asamblea”, “paro”, o frases del estilo “nos deben el salario vacacional y el aguinaldo” se hicieron frecuentes en las conversaciones telefónicas que mantenían con compañeros del trabajo. Pero las que iban adquiriendo un ribete más complejo eran “deuda” y “clearing”. En ese contexto, el gesto de mi padre llegando un día de una feria en la cual había adquirido un dispositivo que permitía ver los canales internacionales, y por ende, el mundial de fútbol debe ser leído como un acto de amor. Así como cuando en aquellas gélidas madrugadas se levantaba para armar el fuego en la estufa a leña y que no pasara tanto frío mirando los partidos. 

Pero las cosas en casa se hacían difíciles. Era inevitable que esas frustraciones que vivían día a día en el trabajo las llevaran al hogar. El mal humor campeaba, y en ocasiones, había verdaderos estallidos de violencia. Estar adentro era cada vez más insoportable. Por eso, el estar afuera se fue convirtiendo en una mejor opción. El barrio me dio esa oportunidad. Conocer nuevas personas, tener charlas banales y evasivas, largas madrugadas a la intemperie, algún amorío con final doloroso, los primeros bailes, las primeras cervezas, volver con la salida del sol y dormir mucho, para repetir el ritual al otro día. Nuestro “año terrible” se hacía más soportable al calor del murito de mi casa, o en cualquier muro que nos prestara el barrio para poder seguir viviendo. Aquella crisis la sobrevivimos con la certeza de estar protagonizando la Historia, pero con la sensación de que esos días eran los que nos estaban haciendo crecer.


2001: odisea del cine uruguayo

Un libro de reciente publicación como “Los nacimientos del cine uruguayo”, de Álvaro Lema Mosca (1) vuelve a poner en la discusión de los estudios cinematográficos en Uruguay un viejo problema: ¿Cuándo nació el “cine uruguayo”? “Nunca en ningún país el cine nació tantas veces, lo que lleva a la sospecha de que los cineastas emergentes nunca habían visto cine de su país o bien que ese cine moría después de cada película y había que empezar de nuevo.” (2)

La primera dificultad a la que se enfrentan quienes realizan este tipo de investigaciones está en definir cuál es el elemento “uruguayo” en el cine. Si nos guiamos por una producción realizada en el país, desde 1919 existen largometrajes de ficción. Pero la cuestión estriba en los aspectos estéticos y de contenido. Hasta comienzos de la década del 2000 ninguno de esos elementos tuvo un carácter original que permitiera definir la “uruguayez” de la producción fílmica local. Los géneros se importaban desde Hollywood, las realizaciones documentales, aunque con destaques en las películas de Mario Handler, seguían en el formato y las preocupaciones temáticas del cine latinoamericano de las décadas de los ’60 y ’70 y no existían preocupaciones estéticas propias. 

Es por ello que 2001 parecería representar el origen de un cine uruguayo o, al decir de Rosario Radakovich, un “boom” (3). Ese año se estrenan dos películas que van a marcar el camino de la producción nacional en las siguientes dos décadas. “En la puta vida”, de Beatriz Flores Silva; y “25 watts”, de la dupla Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella. Habría que sumar “Aparte”, de Mario Handler (aunque estrenada en 2002) para completar un trío de tipos de producción, preocupaciones estéticas y contenidos que orientaron la forma de concebir a lo uruguayo en el cine.

Además, en ese año confluyen otros factores que fueron importante para el surgimiento de un verdadero cine nacional. Radakovich señala la existencia de factores institucionales y políticas públicas de incentivo al sector, los cambios tecnológicos, el impulso a la profesionalización y el éxito de algunas producciones en el circuito de festivales y a nivel de taquilla nacional, como las causas preponderantes para explicar el “boom” del cine uruguayo a partir de los años 2000. La paradoja de este auge es que a la vez que se afianzan como “nacionales” las condiciones de producción habilitan y utilizan cada vez más la herramienta de la coproducción, especialmente a través de programas de financiamiento con empresas del sector argentinas y españolas. Sin embargo, hay otro factor que no deberíamos despreciar y es la astucia y el talento de nuevos directores de una generación de cineastas que se formó en la década de los ’90 con las primeras escuelas de cine y que logró capitalizar su producción con fondos audiovisuales dirigidos desde el Estado al sector. 

Entonces, ¿por qué estas tres películas que señalábamos antes constituyen un parteaguas en la historia del cine uruguayo? Porque las tres señalan caminos distintos en las búsquedas estéticas y de contenido que guiarán la producción local en el siglo XXI. “En la puta vida” representó el primer éxito de taquilla nacional (400.000 entradas vendidas) y un estilo de producción y temática exportables que permitieron configurar un verdadero “cine de género” apto para consumo de un público internacional y que orientó a otras exploraciones genéricas dentro del cine hecho en Uruguay (películas como “Reus” en el cine policial, “La casa muda” en el terror y “La Redota” como ejemplo de género de corte histórico). De hecho, el film de Beatriz Flores Silva fue el primero en ser enviado en representación de Uruguay a los premios Oscar de la Academia de Hollywood. 

En el caso de “Aparte”, del veterano director Mario Handler, supuso la existencia de una vertiente de documental crítico emparentado con el nuevo cine latinoamericano de la década de los ’60 y ’70, y que permitió para el caso de la primera década del siglo internarse en la temática de la Historia reciente, en la cual los noveles directores no eludieron los traumas del pasado dictatorial.

“25 watts”, en cambio, abrirá un camino de exploración que podríamos enmarcar dentro de un cine de autor, pero cuya estética y estilo de filmación remite también a un imaginario nacional reconocible para el público. De allí su éxito y su carácter de película fundacional. Por primera vez el uruguayo veía una forma de ser, comportamientos y temáticas que remiten a un ser nacional. Aun así, la historia de la recepción del espectador frente a las películas del país se dividió entre quienes celebraron casi de manera ritualista la aparición en cartelera de “la nueva película uruguaya” y aquellos que despreciaron este cine por considerarlo “gris”, “lento” y “bajón”. 

La película de la dupla Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll narra las peripecias de tres jóvenes que transitan las calles de la ciudad de Montevideo entre un sábado de mañana y la madrugada del domingo. Los tres vienen de una noche de juerga y se juntan en un muro de un barrio para conversar sobre lo que viven y sobre lo que está por pasar. Los tres parecen estar en una etapa fundamental y de decisión. Pero si hay algo que los caracteriza es no tener la energía necesaria para tomar esas decisiones. El “Leche” (Daniel Hendler) tiene que rendir un examen de Italiano para poder terminar la secundaria, pero su verdadero interés es lograr que su profesora particular, Beatriz, salga a tomar algo con él. Javi (Jorge Temponi) se debate entre pasar el fin de semana tirado en su cama arreglando las cosas con su novia y ponerse a trabajar en un auto-parlante, cuyo dueño es amigo de su padre y no deja de darle sermones sobre la responsabilidad; mientras que Seba, el más callado de los tres, tiene un objetivo bien concreto: alquilar una película porno para ver que tal son. Las 24 horas que transcurren en la película, bien podrían ser un resumen de la etapa vital en la que se encontraban: indecisión, no querer asumir compromisos, charlas banales, falta de ganas. En el medio se encuentran con otra fauna de personajes barriales de Montevideo: un hippie místico que habla hasta por los codos contando sus experiencias con las drogas, un familiar del “Leche” con problemas de salud mental que perdió a su perro, el dueño del videoclub que está obsesionado con los récords Guinness y un vendedor de droga que arrastra a Javi por el mal camino.

Cuando la película tuvo su estreno en el festival de la Cinemateca en abril de 2021 los directores y el montajista Fernando Epstein se vieron sorprendidos. La recepción fue notable, la gente entendía y se reía de los chistes en pantalla; en definitiva, se sentía identificada. 


2005: el descubrimiento

El temporal de la crisis había capeado. La llegada de la izquierda al poder, por primera vez en la Historia, representaba un soplo de aire fresco y una luz de esperanza para la generación que por primera vez había votado en las elecciones de 2004. Los índices económicos mejoraron y en mi familia las discusiones, aunque dejaron su huella, de a poco iban desapareciendo en el horizonte.
Ya sobre el final de mi vida colegial se reforzaba mi autonomía y mis días de andar por las calles o volver a casa con el amanecer daban paso a la toma de decisiones sobre el futuro. Decidí hacer un curso de periodismo deportivo, lo cual me permitió tener mi primera experiencia en radios y en prensa escrita, pero fue el profesorado de Historia lo que decidí estudiar. Seguramente, el interés por la Historia surge de preguntas muy profundas y personales que buscan responder a qué pasó en ese 2002.

Las exigencias del estudio y el trabajo hicieron que algunas clásicas salidas veinteañeras fueran sustituidas por planes más tranquilos. Entre ellos, con mis amigos del liceo (un grupo heterogéneo en nivel socioeconómico, preferencias y género) nos juntábamos una vez cada tanto con una consigna: cada uno debía alquilar una película y nos pasábamos la noche mirando y comentando las elecciones de cada uno. Así, gracias al gusto por lo bizarro de mi amigo Tony, descubrí un cine clase B y Z. Pero la decisiva fue una noche de abril en la que otra amiga, Micaela, llevó “25 watts” para compartir con nosotros. 

Esa noche me vi por primera vez en una pantalla. Cada uno de los personajes del film, cada una de las situaciones de la película, remitía a un episodio que podía reconocer como propio, que me identificaba y que me hacía volver a aquel terrible 2002. 

Esos tres caminantes que volvían de una noche de salida y se sentaban en un muro a hablar de bueyes perdidos, se resignaban a retornar a sus casas a encarar las responsabilidades que implican un trabajo, una relación de pareja o un examen. Alargaban la jornada con una cerveza más, se encontraban con otro amigo que les contaba sus experiencias místicas en algún balneario de la costa de Rocha y mientras lo escuchaban hablar, por dentro, pensaban en otra cosa. Otros personajes aparecían como el dueño del coche altoparlante que se creía un “self made man” por tener su propio emprendimiento y daba lecciones de ética laboral. Una abuela al cuidado de uno de ellos, que bastaba con sentarla frente al televisor o si era necesario hacerla sostener la antena para que se pueda ver bien. 

A su vez, me fascinó el blanco y negro que daba cuenta de una existencia gris y lacónica, que buscaba significar una existencia que vacilaba entre la preocupación por el crecimiento de las responsabilidades y el impulso por mantener esa forma de vivir en la que el tiempo no pasa más. De hecho, la forma en la cual se retrata el paso del tiempo en la película me pareció formidable. La cámara estática fue el recurso utilizado para retratar el paso del día y cómo el barrio se activaba. Pero en los interiores, hay dos escenas en donde el encuadre y la posición de la cámara nos dice mucho más de los personajes de lo que hablan. Una de ellas, es cuando se muestra el cuarto de Javi desde abajo de su cama: el desorden que imperaba en esa habitación y los escasos movimientos de los personajes desde arriba de la cama nos muestran un desdén del mismo por avanzar en su vida y una falta de energía para encarar sus asuntos. La otra secuencia, más genial aún, es cuando el “Leche” se decide a estudiar para su examen de Italiano con una botella de vaya a saber uno qué sustancia contenida. La cámara lo muestra en una posición muy poco proclive al estudio. Pero de repente, lo vemos levantarse, se acerca a la cámara, saca un disco y lo coloca en un tocadiscos. La cámara empieza a girar en 360º simulando ser ese reproductor de discos. Mientras sigue rodando vemos como Hendler pasa de una postura de estudio a seguir el ritmo de la música y termina simulando ser un integrante de la banda que suena. No quiero dejar de mencionar que al igual que los personajes del film, supe salir corriendo de algún bar sin pagar las cervezas tomadas, algo que hoy cuento con poco orgullo. 

Todas las situaciones de “25 watts”, así como sus diálogos y las formas de filmar las escenas, las creí como propias de lo nuestro, lo uruguayo. Por primera vez, reitero, una película me hablaba a mí y me contaba lo que yo ya había vivido: las noches de joda, las pocas ganas de volver a casa, las tardes de estudio que al rato se cambiaban por la escucha de un disco de mi preferencia, el interés amoroso fracasado, la banalidad de conversaciones que no llevan a ningún lado. Y todo en un paisaje bien montevideano. De hecho, al poco tiempo supe que esos muros que visitaba el trío protagonista quedaba a escasas cuadras de la casa de mi adolescencia.

“25 watts” llegaba para quedarse como una película fundacional, como la película de mi vida. Aquella en la que se retrataba la crisis y la temprana juventud desde una perspectiva costumbrista, sin didactismo.

Una vez vista, corrí a ver “Whisky”, la otra película filmada por la dupla Rebella-Stoll. Si bien, el retrato generacional correspondía a una etapa vital que no era la mía, supe reconocer nuevamente la existencia de lo uruguayo en el film y entonces entendí que dos talentos habían aparecido para retratar nuestra existencia con estilo y contenido. El cine uruguayo había nacido por fin.
Lamentablemente, un año después, en una mañana de junio, nos desayunamos con la noticia del suicidio de Juan Pablo Rebella. Al evidente impacto de la muerte de alguien que por hacer dos películas ya lo sentíamos tan nuestro, siguió un momento de estancamiento, o esa fue la impresión inicial. Aún así, el cine uruguayo siguió creciendo y hoy ya no tenemos que estar esperando “la” película uruguaya del año, sino que hay una oferta de variada temática, estilo, géneros y por supuesto, calidad. 


2021: 25 watts, 20 años después

Para celebrar los 20 años del estreno de la película de Rebella y Stoll, el Cine Universitario del Uruguay organizó en febrero de 2021 una proyección al aire libre. La calle Canelones se llenó de gente joven, seguramente muchos ya la habían visto, otros la verían por primera vez. Lo cierto es que fue una oportunidad de revisionar una gran película que, saliendo de los tiempos oscuros de la pandemia, nos devolvió el inevitable gregarismo que tiene el cine: el de verlo en compañía de otros. Hubo miradas cómplices, carcajadas, comentarios del estilo “no me acordaba de esta escena” y, una vez más, la sensación de que la película me estaba hablando a mí. Solo que esta vez, en esa compañía de anónimos desconocidos, me di cuenta de que la película le habló a todo una generación. La generación que a principios de los 2000 tuvimos que tragarnos una crisis, cuando nuestras preocupaciones eran banales en comparación a las de nuestros padres, en la que preferíamos las largas horas de la calle a la inseguridad del hogar. 

Si hay algo que me dejó ver “25 watts” 20 años después fue sabor a poco, podría criticar que me hubiese gustado que durara más. Pero, en definitiva, aquellos días de 2002, cuando los recuerdo en perspectiva, también me hubiese gustado que durasen más. Porque a veces me da la impresión de que esos días de nuestro año terrible solo fueron 24 horas de un sábado cualquiera.


Notas:

(1) LEMA MOSCA, Álvaro. “Los nacimientos del cine uruguayo. Una historia completa”. Sujetos editores. 2023.

(2) MARTÍNEZ CARRIL, Manuel y ZAPIOLA, Guillermo. “La historia no oficial del cine uruguayo (1898- 2002)”. 2002

(3) RADAKOVICH, Rosario (coord.). “El cine nacional de la década. Industrias creativas innovadoras”. PRODIC-CSIC-FIC-UDELAR/ ICAU-MEC. 2014

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