El impacto que este film sobre viajes en el tiempo provocó en un niño de 8 años se convirtió en obsesión (y disfrute) para toda la vida.
Por Lionel Pasteloff
La memoria suele ser caprichosa. Tanto que, cuando algo permanece inalterable en ella, le damos un estatus especial. No podemos recordar todo lo que quisiéramos, por eso el espacio se divide entre eventos como un primer beso, algún gol importante, ciertas frases y muchas pavadas que canjearíamos gustosos por otros momentos más relevantes.
Pero, a veces y solo a veces, hay un correlato entre la importancia del hecho rememorado y su relevancia. Eso me pasa con la primera vez que pude ver Volver al futuro. Recuerdo el contexto, el lugar geográfico y hasta detalles menores. Todos alrededor de la película, ya que por fuera de ella todos los implicados y sus circunstancias fueron arrojados al olvido.
Fue allá por 1992 cuando dentro de unos grupos infantiles a los que asistía en un club nos convocaron en la casa de uno de los coordinadores: ese día tocaba una actividad especial. En lugar de los habituales encuentros de sábado destinados a gastar energías, íbamos a cerrar un viernes viendo una película.
El nombre no me llamó la atención, ya que mi vínculo con el cine se limitaba a lo que me pusieran enfrente y no diera mucho miedo. Pero esa noche fue diferente. Si bien hubo un silencio generalizado (algo inusual en un grupo de chicos de 8 años) yo recuerdo particularmente lo absorto que estaba, inmerso en la trama. ¿Cómo podía ser que un muchacho viajara en el tiempo? ¿Y que viera a sus padres? ¿Y que alterara la existencia de la humanidad? Encima, había comedia, enredos, confusiones, aventuras. Un cóctel irresistible a tan corta edad.
Luego nos dispersamos, comimos porquerías propias de un cumpleaños y se hicieron preguntas sobre la película. Hubo consultas con genuino entusiasmo y se reflexionó sobre los viajes en el tiempo y sus paradojas. Luego, los padres comenzaron a llegar y nos fuimos.
No pasó mucho tiempo hasta que me enteré de que aquella pieza tenía no una, sino dos secuelas. Desafiando mi anterior falta de iniciativa como espectador me propuse verlas. Por supuesto, me fascinaron. Aún así, quizás por el halo mágico de la primera vez, la que dio inicio a la saga siempre fue mi favorita y destinataria de la mayor parte de mis pensamientos. Pasaba largos ratos disertando conmigo mismo sobre qué podría hacer si dispusiera una máquina capaz de ir a otra época. Qué modificaría, qué podría salir mal. Hasta me permitía agregar innovaciones tales como frenar el tiempo para todos excepto para mí. Luego reparaba en que yo envejecería mientras otros permanecían inalterables. Esa inquietud hasta me hizo leer si algo de eso era factible. Florecieron hectáreas de curiosidad en mi cabeza estimulada por semejante herejía como la planteada por Bob Gale y Robert Zemeckis. Obviamente no fui el único con esas dudas: encontré incontables cálculos, explicaciones y razonamientos acerca de qué tan cierto era lo expuesto y qué tantas posibilidades reales existían de que algo de esto se concretara. El resultado podía ser decepcionante, pero jamás concluyente como para dejar de soñar.
También fue la primera vez que indagué sobre una banda sonora. Aún recuerdo el nombre de Alan Silvestri (habitual colaborador de Robert Zemeckis) por haber mirado con atención los títulos en el final. No sabía mucho del tema pero sentía que las melodías eran perfectas: transmitían heroísmo, tensión, intriga. Acompañaban en los sentimientos a los espectadores de manera impecable, algo de lo que no muchos pueden jactarse. Hasta la música de Huey Lewis se ganó mi corazón y me resulta imposible desligarla de esta película desde entonces.
Fueron pasando los años pero nunca dejé de verla. Comencé a consumir cine en su idioma original, pero jamás me molestó verla doblada al español, tal como la había conocido. Aún así, también la disfrutaba en inglés. Supongo que ese privilegio bilingüe solo se le permite a films que están anclados a uno desde lo emocional. También la disfruté en la pantalla grande, ayudado por el florecimiento del reestreno de clásicos. Debí conformarme con verla un sábado a la mañana en un shopping lejano, pero no estaba dispuesto a resignar la chance. Uno hace esos sacrificios solo por algo que le resulta significativo, estimo.
Como si fuera un agregado que sumé para este texto, los últimos días descubrí un comic que “ampliaba” la historia que vimos en la trilogía y proponía nuevas aventuras. Lo consumí vorazmente por medios digitales y hace días busco la forma de hacerme con la historieta en papel. Eso, creo, da cuenta de cómo el relato conecta con mi parte lúdica e infantil, a la que generalmente nos gusta volver si las circunstancias lo permiten. Porque Volver al futuro es una película sobre viajes en el tiempo y a su vez representa eso mismo para más de una generación: la oportunidad de regresar a épocas de puro juego, disfrute, imaginación y libertad. Es el DeLorean que muchos tenemos a disposición para trasladarnos sin escalas a sábados a la tarde en el hogar natal, sin mayor preocupación que ver a un adolescente y un científico loco lograr por vez número 150 la misma hazaña de las 149 veces anteriores. Otro trayecto para el que (parafraseando al Doc Brown) tampoco necesitamos carreteras.




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