Esta ópera prima fue todo un descubrimiento para un adolescente que comprobó que una historia de amor gay podía ser divertida y feliz.
Por Martin Alesandro Migani
Si me preguntan por mi película favorita la respuesta no cambia: Titanic. La historia monumental de James Cameron logró traspasar el tiempo y sigue tan vigente como en el día de su estreno. Pero no puedo decir que sea la película de mi vida, esa que me marcó un antes y un después definitivamente es otra.
Mi acercamiento a las películas fue hogareño. De chico iba muy poco al cine (todavía recuerdo esa función de SpiceWorld como si fuera ayer), así que veía lo que se alquilaba en familia o encontraba en televisión, pero el tamaño de la pantalla no importaba y quedaba inmerso en cada historia. Como niño de los ‘noventa’90 crecí viendo las clásicas de Disney, la inolvidable Mi pobre angelito, y las infaltables comedias románticas (si encuentro una repetición de Jamás besada o Tienes un e-mail en televisión seguramente me quede a verlas). Hay nombres que conocemos todos (Tom Hanks, Ben Stiller, Meg Ryan, Julia Roberts) y los hemos visto encontrar el amor una y otra vez, pero aunque siempre disfruté de esas historias nunca me sentí más que un mero espectador porque ver a esas parejas heterosexuales encontrando el amor era muy bonito, pero yo no me sentía así y no sabía si eso era posible para mí.
Por supuesto que en ese momento no sabía lo que era ser gay o heterosexual. No fue hasta noviembre de 2001 cuando casi por casualidad me encuentro en I-SAT con un capítulo de Queer as Folk (la serie gay por excelencia) y todo cambió: ellos me dieron las palabras para nombrar lo que sentía y finalmente me sentí parte de lo que estaba viendo. Evidentemente no era un programa para niños, pero la fascinación de ver una historia que me representaba era tal que cada semana estaba pendiente de grabar los programas para verlos en otro momento como si se tratase de algo prohibido: a escondidas, con poco volumen y siempre con el control remoto en la mano listo para cambiar de canal.
Si bien esa serie era un respiro no dejaba de parecerme una excepción solo de la TV de cable porque en el cine ese mundo que tanto me fascinaba aparecían personajes gays como decorado, de amigo de la protagonista o, peor, sufriendo la mayor de las tragedias. Todavía me faltaba ver esa película con una historia de amor que pudiera sentir propia, que me transmitiera la ternura y el romanticismo que tanto caracterizaba a esos grandes amores heterosexuales. Hasta que en mi adolescencia, y gracias a las bondades de Internet, finalmente apareció.
Buscando películas de temática gay, una captó mi atención: Trick. Estrenada en 1999, fue producida por Fine Line Features, una división de películas especializadas de New Line Cinema, y dirigida por el debutante Jim Fall. Después de un paso limitado por festivales y salas de cines, tuvo su lanzamiento comercial en Estados Unidos y Europa, pero no parece haber llegado a tierras argentinas. El título nunca fue traducido de forma oficial (para México le agregaron el subtítulo Una historia diferente) pero una traducción apropiada sería «levante», porque la película trata nada más ni nada menos que de un levante.
Bajo la consigna de “dos tipos tratando de hacerlo en la gran ciudad”, compartimos una noche en Nueva York con Gabriel (interpretado por Christian Campbell), un introvertido compositor que busca una oportunidad en el mundo de los musicales, y Mark (J. P. Pitoc) , un estudiante de periodismo que se gana la vida como bailarín Go-Go gracias a su escultural figura. Durante 90 minutos los acompañamos desde un primer encuentro en un boliche, un intercambio de miradas en un subte con la intención de un encuentro sexual, hasta terminar despidiéndose con un beso la mañana siguiente. Las ganas de concretar ese momento de intimidad están latentes a lo largo del film y todo el tiempo parece que va a suceder pero la pareja es interrumpida una y otra vez por distintos personajes, atravesando una innumerable cantidad de situaciones. Un levante callejero que pretendía durar pocos minutos se termina convirtiendo en una historia romántica clásica donde el sexo no era más que una excusa para cruzar los caminos de nuestros protagonistas.
Para muchos será una película más, pero para mí significó una ruptura: por primera vez veía una película con personajes gays donde nada terminaba en tragedia y un final feliz parecía posible. Ni siquiera era una película cargada de sexualidad, simplemente eran dos jóvenes divirtiéndose y disfrutando de la vida como cualquier persona de su edad. Podía verme en ellos, entender sus ilusiones y sus sentimientos: ellos eran yo. Desde aquel momento Trick forma parte de mi vida y siempre vuelvo a verla. El tiempo que compartimos con estos personajes es breve, pero al terminar me quedó claro que no eran los mismos que unas horas antes, que ese encuentro significó mucho para ellos y también para mí.




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