La película de mi vida: “Rey por inconveniencia” (“Le roi de coeur”), de Philippe de Broca / ¿Quién es el loco?¿Quién es el sano?

Estrenado en 1966, este film con Alan Bates, Pierre Brasseur, Jean-Claude Brialy, Geneviève Bujold y Michel Serrault marcó para siempre a la autora de este texto.

Por Nora Madanes

Una película que ha marcado mi vida es «Rey por inconveniencia” (1966), de Philippe de Broca. La vi en mi adolescencia unas 15 veces en el cine Arte de Diagonal Norte y Corrientes. Ver un film 15 veces en esa epoca (fines de los años ’60, comienzo de los ’70) implicaba, claro, ir 15 veces al cine. Era todo un rito: tenía que estar atenta los jueves a la nueva cartelera que publicaba el diario (la cartelera de cines se cambiaba ese día, sobre todo la de las salas no comerciales de la avenida Corrientes como, por ejemplo, el Arte, el San Martin, el Lorca, el Lorraine, el Losuar o el Loire (los últimos se corresponden con los nombres de los importantes ríos de Francia). Tenía que conseguir la la autorización de mis padres pero el dinero no era problema, ya que la entrada era muy accesible y lo ganaba dando clases.

Después era viajar el fin de semana en el colectivo 60 y caminar por Corrientes hasta el pasaje comercial Galería del Obelisco que conecta Corrientes con Diagonal Norte, donde había una joyería con unos hermosos anillos de Pujía, ya cerca de la Diagonal se encontraba la boletería, sacaba la entrada y luego bajaba por las escaleras al subsuelo donde se encontraba el cine para finalmente hacer la cola, entrar a la sala, esperar a que se apagaran las luces (no recuerdo si pasaban las «colas» de futuros estrenos) y empezara la película.

Varias veces me he preguntado qué me llamaba la atención de esa película que me llevaba a verla una y otra vez durante años y elegí, antes de verla de nuevo para averiguar qué es lo que me tanto me había marcado, escribir a partir de lo que recordaba, que es solo una imagen ensombrecida del Rey (Alan Bates) con un ramo de flores, pero antes que esa imagen me surge una inmensa sensación de placer y se me dibuja una sonrisa. Por otro lado, busqué información sobre Philippe de Broca y encontré que además de documentalista fue ayudante de algunos de los directores más destacados de la Nouvelle Vague francesa como Henri Decoin, Claude Chabrol y François Truffaut. Ese dato me hizo pensar; «Tuvo escuela».

El verdadero nombre de «Rey por inconveniencia» es «Le roi de coeur» o «El rey de corazón”, título que por mucho tiempo asocié a la carta de los naipes españoles, pero no al sentimiento al cual hace alusión: amor, afectivIdad, etc.

Además, pensé que el hecho de que actuase Alan Bates me había llevado a verla tantas veces y que podría ser que ese actor me resultaba atractivo pero descarté esa posibilidad ya que recuerdo que en esa época me encantaba Jean-Louis Trintignant, sobre todo en su actuación en «Mi noche con Maud» (1969), dirigida por Éric Rohmer​.

Un hecho que también recuerdo es que una guerra se declaraba por tirar un ramo de flores, pensé en esos momentos que un hecho tan inocente llevaba a la muerte a miles de personas, pero ese razonamiento duró lo que dura tomar un café al salir del cine.

Finalmente, volví a ver la película. Cuenta que en los últimos días de la Primera Guerra Mundial el soldado Charles Plumpick (Alan Bates) es enviado por sus jefes a desactivar explosivos dejadas por los alemanes en retirada en un pueblo francés. El protagonista llega al lugar y se encuentra con que los internos de un manicomio abandonado han tomado el pueblo. A Plumpick lo persiguen los alemanes y se refugia en el neuropsiquiátrico, donde unos pacientes están jugando con cartas y estos se presentan a los alemanes como El duque de tréboles y Monseñor Margarita. Plumpick se hace llamar El rey de corazones y los alemanes huyen gritando «están todos locos». O sea, que mi recuerdo de asociar el nombre con las cartas era atinado. A partir de esa presentación, los pacientes eufóricos gritan: «El rey ha regresado”. Para ellos, en su mundo, el soldado es realmente un rey.

Los «locos» salen del manicomio dado que el pueblo esta vacío, regresan a sus antiguos hogares y se visten acorde a su profesión antes de ser «internados». El centro del pueblo se ve ocupado por estos personajes que transitan de forma alegre y siento afables, gentiles entre ellos y desbordando una inocencia infantil en todos sus actos. La música acompaña recordando melodías de circo. Creo que este comportamiento es el que me hipnotiza amorosamente de la película. Viéndola hoy la asocio con algunas películas de Fellini por el color, lo extravagante del vestuario, los movimiento, la banda sonora.

Volviendo a la película el soldado no olvida su misión y se dirige al contacto, pero éste ha sido asesinado y es sustituido por «un loco» que no puede darle respuestas. Mientras tanto la vida transcurre con estos personajes que recrean a su manera la vida de un pueblo donde conviven el obispo (que declara que «todos deben ser felices») y las prostitutas. Todo conduce a Plumpick a ejercer su rol de rey. Los alemanes envían hombres al pueblo que son recibidos con alegría por los actuales habitantes, por lo cual quedan desconcertados pero luego -como en un juego- los locos toman los tanques y los echan del lugar. El soldado -orgulloso del hecho- se apropia de su papel de rey y grita: «Viva mi pueblo”. Luego le regalan una bicicleta para que se pasee por el pueblo.

Estos gestos cotidianos, cargados de afectividad, me sorprendieron hace muchos años y me vuelven a sorprender ahora. Por otra parte, el ejército británico ha enviado tres soldados camuflados al pueblo cuyos movimientos se parecen más a los de Carlitos Chaplin que a los integrantes de un ejército. Para continuar ridiculizándolos, son neutralizados por los tanques tomados por los locos. Además, los cortesanos deciden elegirle una mujer y la elegida es una prostituta llamada Amapola (Geneviève Bujold) que enamorará a (y se enamora de) Plumpick.

El protagonista no logra descubrir dónde están los explosivos que detonarán a la medianoche y decide llevar sus súbditos a otros parajes, pero estos se niegan a seguirlo fuera del pueblo. Saben que fuera de ese lugar no serían aceptados y su libertad estaría en riesgo: «Hay una pared entre ellos y el mundo de afuera». Plumpick cumple finalmente su misión y evita que el pueblo vuele. De nuevo la música de circo y los pacientes del pueblo se acercan para observa el festejo. La escena que más se hizo esperar es la de la guerra que se inicia por unas flores, que la recordaba siendo el rey quien las arrojaba, pero en verdad es Amapola la que las lanza a los soldados ingleses mientras se retiran del lugar. Un soldado las recoge y de pronto se encuentra con el ejército alemán que entra al pueblo y ambos bandos se enfrentan y se matan entre ellos. Acto seguido, entran los franceses y los pacientes del manicomio deciden volver a él y encerrarse. El final, no lo recordaba y tiene la inocencia y ternura de la película. Plumpick, con la jaula de su paloma mensajera en la mano y condecorados por el presidente, aparece en la escena desnudo de espaldas tocando el timbre del manicomio.

Si bien he visto muchas películas relacionadas con la salud mental específicamente con los manicomios y la locura, y probablemente las haya visto más de una vez, como “La otra cara del amor” (1970), de Ken Russell, con Richard Chamberlain y Glenda Jackson; “Atrapado sin salida” (1975), dirigida por Milos Forman, con Jack Nicholson; “Hombre mirando al sudeste” (1986), de Eliseo Subiela; y protagonizada por Lorenzo Quinteros, Hugo Soto e Inés Vernengo. Pero ninguna me generó tanta empatía y cuestionamientos sobre este tema como “Rey por inconveniencia”. En definitiva, considero que esta película marcó mi vida, dado que el tema de los manicomios y la locura me atravesó a punto tal que uno de los ejes de mi vida me condujo a realizar actividades recreativas en el servicio de Hospital de Dia del Borda y a estudiar Psicologia Social.

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