La película de mi vida: “Perdidos en Tokio”, de Sofía Coppola

El film con Bill Murray y Scarlett Johansson marcó de adolescente al autor de este texto y hasta motivó un viaje a Tokio en busca de algún tipo de «iluminación», revelación o respuesta.

Por Lautaro Romani

Vi esta película cuando tenía 17 años. Verla en la adolescencia, me generó varias preguntas y pensamientos en cuanto a la forma que tiene de mostrar un tipo de vinculación distinta, una conexión real que atravesaba las cuestiones de edad, físico o contacto íntimo en un período de la vida en el que muchos de los vínculos que tenemos pueden ser efímeros y los contactos, pasajeros (aunque se sientan eternos). Cuando la vi a esa edad, me dejó particularmente pensativo, pero creo que no entendí exactamente por qué, simplemente fue una sensación que tenía algo mucho más profundo adentro y que se fue decantando con los años, ya que uno tiende (a veces más, a veces menos) a volver a los lugares simbólicos que nos plantearon preguntas, conflictos o dudas.

En la época en la que vi el film toda cuestión relevante para mi educación cinematográfica pasaba por la página web FilmAffinity, estaba constantemente buscando películas “famosas” de los años ’90 o principios de los 2000 y en ese mismo portal había leído que esta era la “obra maestra” de Sofia Coppola y además transcurría en Tokio (ciudad que siempre me gustó y me despertó cierto interés), por lo que no existía la posibilidad de que no terminara viéndola en ese momento.

Lost in Translation es el título original, el cual no tuve muy en cuenta en su momento (a veces los títulos son dejados un poco de lado), pero pasados ciertos años volví a pensar en el mismo, el cual comenzó a llamarme mucho más la atención y me llevó a reflexionar sobre la relevancia que tiene en cuanto a la conceptualización de que en una traducción siempre está implicada una pérdida, siempre hay algo que falta en el pasaje de un idioma al otro, siendo sistemas de símbolos a decodificar pero que implican nuestra única forma de vincularnos. La traducción no es solo de un idioma a otro, puede ser inclusive dentro del mismo idioma. El mismo gesto puede significar algo completamente distinto, dependiendo de quién lo observa y la entonación que se le otorgue. ¿No es acaso esa pérdida inherente al tratar de entender al otro, al tratar de traducirlo, lo que provoca los desencuentros y malentendidos?

El subtítulo que figuraba en dos de los posters promocionales con Bob (Bill Murray) y Charlotte (Scarlett Johansson) era “Everyone wants to be found” y también comenzó a llamarme la atención. Una frase que problematiza todo lo que gira alrededor de la perspectiva de por qué uno hace lo que hace; ¿todo gira alrededor de que alguien “descubra” mis supuestas virtudes? (como le decía Celine a Jessie en la maravillosa Antes del amanecer), ¿mis defectos están incluidos en ese hallazgo? Hallar a alguien, en el sentido que co-crear una conexión y un vínculo no implica necesariamente una gran cantidad de tiempo cronológico, sino que es un aspecto que corre por otras aguas y actúa de forma irremediable en cuanto a que no hay una vuelta atrás: uno es hallado y también halla en el otro algo que es susceptible de ser perdido. Todas estas ideas están expresadas en la película de forma más o menos directa, pero fueron aspectos que descubrí mucho tiempo después, ya que los dejé pasar o no les di mucha relevancia.

Esta fue una de las primeras películas donde noté la gran importancia de los pequeños gestos y de lo valioso de que los mismos sean transitorios y efímeros, ya que ese es uno de los motivos que les da un valor aún más grande. Apenas tocar los dedos de otra persona en la cama quedándose dormido, apoyar la cabeza en su hombro, pasarle un cigarrillo o un trago, abrazar en público, hablar al oído, compartir la canción en un karaoke, una comida, un paseo por la ciudad, todas acciones y gestos bellamente retratados por Coppola con un acercamiento natural y sutil.

Como si fuera en parte una sinfonía de ciudad, la contemplación de Tokio y sus contrastes, sus luces de neón, su choque cultural, la forma en la que está filmada la ciudad, provoca una cautivación (como la escena de Charlotte en el taxi), un aire contemplativo inunda la mirada de los personajes (en ocasiones es una contemplación triste) para con la urbe que se contagia al espectador: uno vive Tokio a través de los ojos de los personajes de Bill Murray y Scarlett Johansen, uno siente esa mezcla de fascinación, extrañeza y descubrimiento.

Los personajes tienen durante los eventos de la trama una revelación en cuanto a sus momentos vitales, relaciones y su propio lugar en el mundo. Al encontrarme con otras historias parecidas, con las que siempre me involucraba personalmente, comenzó a surgir un deseo de viajar a estos lugares, siempre presentados con esa mirada tan particular y construida con una intención de la directora (en este caso) que cautivó mi propia mirada. La fantasía de ir a Tokio a encontrar algo revelador, una suerte de “insight” a través de la experiencia del contacto con un mundo en el que habita una diferencia radical en cuanto a un idioma, una cultura y a una gran distancia geográfica. Por hechos fortuitos, casuales, y un poco de decisión sin pensarlo demasiado, la fantasía se terminó haciendo realidad.

Hoy en día valoro el privilegio de haber tenido esa experiencia, pero creo no es necesario recorrer 20.000 kilómetros para tener algún tipo de “iluminación” (si fuera así pobres los que sufren de aerofobia). A la luz del presente, recuerdo con mucho interés la idea de viajar para encontrar sensaciones, irme con una pregunta, ganas de descubrir algo y volver con algún tipo de realización. En su momento, era un tiempo en donde me encontraba en una encrucijada en cuanto a aquello que había estudiado durante varios años y cuál iba a ser mi forma de llevar el tiempo que vendría. No fue solamente esta película la que me influyó en aquellos días, pero fue relevante y muchas ideas me surgieron a partir de reverla y entender cómo ver las cosas a partir de diferentes perspectivas. En el fondo, todo es cuestión de perspectiva.

Conecté nuevamente con estas ideas de forma muy reciente, ya que resurgieron durante la realización de este taller, leyendo la carta de Gilles Deleuze a Serge Daney (“Optimismo, pesimismo y viaje”) donde éste remarcaba la relación del crítico francés con los viajes y el cine, planteándole que “llegó a ir usted a Japón a buscar el movimiento de los árboles en los films de Kurosawa”. Sin querer emular ni acercarme a esta poética frase de Deleuze, me identifico con la idea que buscar impregnar los viajes y el conocimiento de los lugares y las personas con la esencia de ciertas películas y Lost In Translation está envuelta de sensaciones que me resultan apasionantes.

Otro aspecto que se trabaja muy bien en la película de Coppola es la sensación de nostalgia y también de melancolía, del pesar melancólico (la directora misma ha dicho que la melancolía es algo que le fascina pero no sufre). Hay algo que falta, pero no se entiende muy bien qué es, no es algo fácilmente descifrable si no que está encriptado, fuertemente relacionado con la noción de soledad y aislamiento. Al igual que la directora, son temas que me convocan para pensar, escribir y estudiar sobre ellos. El cine tiene esa capacidad increíble de generar asociaciones múltiples entre las imágenes, la verdad subjetiva, la realidad, entre las distintas artes y además tiene consecuencias impensadas en diferentes aspectos de una vida. Si uno se involucra completamente, puede modificar las formas que tenemos de relacionarnos con el mundo y nuestra manera de conocerlo. Ese es el poder que tienen las grandes obras de arte.

Una última cosa que me gustaría remarcar tiene que ver con el final y ese fuera de campo del dialogo principal, en el sentido de que no escuchamos aquello que Bill le dice a Charlotte. Final abierto, habla de la incertidumbre, del desconcierto y de la duda como un parámetro vital que nos acompaña a cada paso que damos. Cada espectador rellena los fuera de campo como más le gusta, así como en la vida armamos la narrativa de nuestro propia historia como queremos y a veces como podemos.

Hay una forma muy hermosa que tiene la directora de trabajar sobre un vínculo de plena empatía, en un mundo desconcertante y que funciona a un ritmo constante de producción y generación de actividades que, valga la redundancia, produzcan algo. Esta es una de esas películas que funciona como contracara de cierta realidad de alienación que se repite en los grandes centros urbanos a nivel global, más allá de las diferencias socio-culturales. A pesar del contexto en el que vivimos y la forma en las nos vinculamos muchas veces, me cuesta dejar de tener cierto idealismo y esto es gracias, en parte, a historias sensibles y empáticas como la que nos regaló Sofia Coppola.

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