La película de mi vida: “Sunset Boulevard” / “El ocaso de una vida”, de Billy Wilder

El clásico de 1950 con Gloria Swanson y William Holden regaló al autor de este texto una experiencia cinéfila irrepetible.

Por Angel Muratore


No encontré otro camino para mi rebeldía adolescente que el cine. No fui un joven ruidoso ni estridente, más bien todo lo contrario. Pero, o quizá por eso, el cine me dio la posibilidad de encontrar espacios antagónicos a los que conocía. Fue (¿sigue siendo?) el medio inconscientemente elegido para escapar a un mundo que sentía normativamente duro: católico, tradicional, moralmente rígido. Entre videoclubes (pocos pero inspeccionados hasta el cansancio), canales de televisión (gracias I.Sat) y revistas de cine (sí, El Amante), se fue construyendo una cinefilia que bebía de aquello que pudiera despegarme de lo que me rodeaba. El cine me permitía volar pero también crecer en muchos otros aspectos. La juvenil convicción de ver y consumir aquello que quizá muchos no recomendarían. O, por lo menos, eso no lo sabía en ese entonces, aquellas personas que yo conocía.

El cine usado como herramienta de transformación individual. Claro, las películas en la mente de un adolescente pueden ser un lápiz que escribe sobre un papel en blanco. Ese trazo marcando una linea sobre mi conciencia que me estimulaba a consumir más y más. Me daba también, y no es menor, el orgullo esnob de tomar posición ideológica sobre diversos temas: todavía recuerdo cuando vi El secreto de Vera Drake y sentí que podía discutir con altura ante mis amigos, compañeros y profesores sobre un tema como el aborto. La violencia de las películas de Takashi Miike y Quentin Tarantino (claro) como un placer prohibido. Y el sexo, por supuesto, presente siempre, consumido con pudor y fascinación: cada escena de Crash, de David Cronenberg, con volumen bien bajo en mi habitación.

En ese entonces, conocía a Billy Wilder solo de nombre, uno importante pero no mucho más que eso. Solo había leído en alguna parte esa histórica frase de Fernando Trueba tras ganar el Óscar con Belle Époque: “Quisiera creer en Dios para darle las gracias, pero sólo creo en Billy Wilder, él es mi verdadero Dios. Gracias, Mr. Wilder”. Suficiente como para tenerle cariño pero nada más. Nada sabía del Hollywood clásico. Ni siquiera reconocí a Buster Keaton en aquel histórico cameo de la película. Aún así, Sunset Boulevard probablemente fue la película que más me cautivo en esos años. Y permitió entusiasmarme con el cine clásico más allá de El Ciudadano y algunos pocos títulos vistos más por un sentimiento casi litúrgico que por gusto.

Claro, mis obsesiones recurrentes de esos días tenían otros protagonistas. Ya había visto otra película crítica de Hollywood por aquellos años: amaba El camino de los sueños, aunque había entendido poco (¿acaso es importante eso con David Lynch?). Repetía los diálogos de Antes del atardecer queriendo ser partícipe de ese encuentro que marcó mi adolescencia. Me impactó Tiempo de revancha y con Roma, Adolfo Aristarain me unió a su vida casi para siempre. Pero Sunset Boulevard tenía algo en especial: era hipnótica como las que más me gustaban aunque no era de «este tiempo». Entretenida como pocas, formalmente llamativa 50 años después, disruptiva y oscura como todo lo que buscaba aquel adolescente a mediados del 2000.

El desborde psíquico y emocional de Norma Desmond descendiendo de las escaleras en ese museo personal construido a fuerza de megalomanía histérica no se parecía en nada a lo que había visto. «¿Cómo pudo Wilder haber realizado esta locura en aquel tiempo? pensé». Tan descarada, tan crítica, tan insolente. Explorar la industria desde adentro y aún así ganar un Oscar. Recuerdo la angustiante sensación tras ver el final: los ojos desorbitados de Norma, sus gestos ampulosos, sus icónicas frases mientras mira las cámaras por ultima vez.

¿Cuántas veces se puede ver una secuencia inicial sin cansarse? Deben haber sido más de 20. Me sigue pareciendo tras un nuevo visionado perfecta: nombre de la película impreso en el cordón de la calle, travelling hacia atrás, patrullas de frente, narrador iniciando la que inmediatamente descubriremos es su historia. De repente aparece una casona monumental, paneo hacia izquierda y plano de policías corriendo por el patio delantero. El protagonista muerto visto desde el piso mismo de una piscina, flotando sobre el agua cristalina mientras policías y fotógrafos lo esperan detrás. La muerte en la piscina resume para Wilder la paradoja misma de la historia: objeto de estatus, notoriedad y de placer convertido en pesadilla.

Es gracioso cuán gentil la gente puede ser cuando estas muerto

Wilder le dio a Sunset Boulevard su característico humor cínico a partir de Joe Gillis. Gran parte del tono (y gracia) de la película se basa en el narrador mismo acotando el rechazo que le produce Norma, sus críticas a la industria, los chistes sobre su muerte y lo paradójico de intentar vivir de escribir guiones en Los Angeles. Es él quien le da distancia a los hechos haciéndolos mas llevaderos. Un infeliz desplazado contando la historia de otros en situaciones similares. “Pobre tonto, siempre quiso una piscina. Bueno, al final se consiguió la piscina”, dice Joe al final de la película.

Cómo Sunset Boulevard construye su intertextualidad con el cine mudo es algo que me sigue sorprendiendo. “Tuvimos mucha suerte, todo cayó en mi regazo, todo estuvo simplemente bien”, dijo años mas tarde Wilder. Actores (más Erich Von Stroheim) representando su propia decadencia en una industria que los había reemplazado, condenándolos a leyendas de un tiempo pasado cuando no menor. Pero son ellos mismos los que se hacen cargo, y toman por asalto la industria nuevamente. Como pasa con los grandes maestros, muchas películas de Wilder siguen dando esa sensación de que todo estuvo en su lugar, en el momento indicado. Que supo captar el momento de su época y retratarlo con audacia, lucidez y elocuencia, poniendo al servicio su maestría cinematográfica.

Soy grande, son las películas las que se hicieron pequeñas

Sigo disfrutando del cine y eso se agradece, pero el tipo de emoción que sentí al descubrir por primera vez Sunset Boulevard o muchas de las películas de aquellos años, simplemente no se va a repetir. Lo acepto y quizá está bien que así sea. Pero es inevitable sentir nostalgia por un tiempo más inocente, de descubrimiento absoluto, de enorme entusiasmo. Parafraseando a Norma Desmond, podemos decir que ahora soy más grande y las películas se hicieron más pequeñas para mí.


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