Siempre hay espacio y aspectos para (re)pensar uno de los clásicos más notables de la historia del cine.
Por Guillermo Ferrer
Siento que la tarea de escribir sobre ”La película de mi vida “ debería ser fácil. Se supone que uno conoce bien la película de la que hablará y, sobre todo, conoce de su vida. Pero no, lo admito: me pregunto de qué hablar.
Quizás no ayude que Psicosis, de Alfred Hitchcock, sea una de las películas más estudiadas y reverenciadas en la historia del cine. Su trama es conocida por todos: la chica que roba un dinero es asesinada por un psicópata con doble personalidad, que será finalmente encerrado. Desde 1960 hasta la actualidad se ha hablado acerca de ella a través de libros, ensayos, críticas, documentales y charlas. Se la ha pensado técnicamente, históricamente, simbólicamente y comercialmente.
Podría empezar contando sobre mi primer visionado. Una prueba de que el arte puede atacar sin importar dónde y cómo. El escenario fue estar sentado sobre mi cama, con una ilegal página de Internet, viéndola casi por descarte. No sé si fue por el poder de ese póster azul (que luego usaría de remera), o por su título (que ya había sentido nombrar), pero lo cierto es que la vi.
Desde ese día me pregunto: ¿Por qué es la película de mi vida? ¿Por qué siento la necesidad de verla todos los años? ¿Por qué, como un enamorado , veo su rostro en otras películas? ¿Por qué me empujó a pensar y hacer cine? ¿Por qué me da felicidad?
Entre cada uno de sus visionados hay decenas de películas vistas por primera vez. Son aprendizajes y miradas nuevas sobre el cine donde Psicosis sirve para repensar todo lo que se vio en ese lapso. Y también es verme a un espejo. Medirme con mis pensamientos al identificarme con un personaje distinto. Como a Marion Crane en la lluvia, las luces del motel Bates me arrastran hacia su interior para encontrarme con el dolor, la inseguridad y la oscuridad propia .
Voy a intentar recordar cuales fueron los elementos narrativos que más me impactaron de mi último visionado. Podría pensar en el uso de las líneas horizontales y verticales en los interiores. En el no uso de la música en las escenas que siempre recuerdo musicalizadas. En los planos detalles, cortados muy rápidamente, honrando al surrealismo del director. En la obsesión de todos los personajes porque la causa de lo trágico sea el dinero y así no poder ver más allá. En los ojos de Janet Leigh asustada y asustándonos. En cómo se filman los objetos filosos.
No sé si pensarla a través de un análisis crítico o autobiográfico (que quizás sea lo mismo). Intentaré entrarle de la forma más intuitiva que se me ocurre.
La primera escena que viene a mi mente es, probablemente, la más banal del film. Esta sensación es nueva, nunca me había interesado en ella. Pasado un poco más de una hora de metraje, tanto el novio como la hermana de la mujer desaparecida comienzan su búsqueda al visitar al alguacil Al Chambers. Es de madrugada y éste los recibe junto a su esposa en la casa. Esta escena de interiores con muy pocos movimientos de cámara, es lo más cercano a un policial corriente de los ’50. Sirve tanto para poner en claro la información que los personajes poseían antes de llegar, como para agregar nuevas capas de misterio en relación al personaje de Norman Bates. Podría parecer una escena de transición, filmada a través de diez planos con varios tamaños y encuadres. Comienza con dos planos que dividen a los familiares de los Chambers. Lo curioso es que en ambos se repite, en el fondo, la figura frontal de la Señora Chambers, siendo quien unifica el espacio. Ella escucha la conversación, suele agregar comentarios simpáticos y bien intencionados que terminan confundiendo más a los personajes.
Esta escena es casi un espacio negativo de la película. No solo plantea la alternativa de un mundo más simple, amable y lógico en el que habitan los Chambers , sino que ellos son el punto de respetabilidad social que Marion Crane intenta alcanzar al comienzo del relato. Es el momento más insulso del film, donde el ritmo parece estancarse y el espectador se despierta de la pesadilla vivida en la hora anterior. Todos los miedos, tentaciones, obsesiones y contradicciones que previamente estaban, parecen no existir en este hogar donde la mujer y el hombre son uno solo en sus respuestas. Forman el punto de acceso al pasado del pueblo, pero nada más. Hay que mencionar que es norma del policial que en la investigación se revelen datos a través de personajes que cumplen solo esa función. Pero lo interesante es que en un film tan rupturista y provocador lo más genérico sea resuelto a través de personajes tan corrientes. Esto sin tener en cuenta que los datos que aportan sirven para muy poco, son una excusa más para distraer y engañar al espectador. Esta escena me desconcierta.
Imagino a los Chambers sentados en un cine viendo la película. Seguramente, al salir, estarán afectados, impactados. Tratando de olvidarla, dirán que el director era un personaje indecente y retorcido. Pensarán en ir a la iglesia al otro día más como una obligación que una decisión.
Psicosis es una película que nos obliga a ver lo que no desea ser visto . Muestra lo que pasa puertas adentro entre una pareja y entre una madre con su hijo. Es una búsqueda constante sobre lo que ocultamos de nosotros mismos. Nos cuestiona. Es por esto que no entiendo qué estarían haciendo los Chambers a esas horas de la madrugada recibiendo gente en su casa. Me hacen acordar a la amabilidad inicial de Norman Bates. Algo en el plano de la mujer, invadiendo el de los demás no me cierra. No sé por qué me pregunto esto, pero me lo pregunto.
Sigo sin saber bien de qué hablar, pero de algo estoy seguro: por todas estas interrogantes, que aún no puedo responder, Psicosis es la película de mi vida.




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